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Tribuna Poética
Romance de la Luna Luna, los terrores ancestrales en el universo lorquiano
Y si la lengua es un producto histórico donde cada signo ha sido fijado por milenios de uso, el poeta es depositario y custodio de ese instrumento heredado.


“La lengua es el receptáculo de la experiencia de un pueblo y el sedimento de su pensar; en los hondos repliegues de sus metáforas (y lo son la inmensa mayoría de los vocablos) ha ido dejando sus huellas el espíritu colectivo del pueblo, como en los terrenos geológicos el proceso de la fauna viva”, dice Miguel de Unamuno en el Capítulo II de En torno al casticismo (1902).

Y si la lengua es un producto histórico donde cada signo ha sido fijado por milenios de uso, el poeta es depositario y custodio de ese instrumento heredado. A veces, la alusión al propio folklor es tan evidente que, sin dudar, los pueblos adoptan al poeta como suyo; pero otras, la carga simbólica de algunos versos resuena en su inconsciente con una fuerza que viene de ignotas raíces.

Esta identificación transfronteriza que los hispanohablantes sentimos al acercarnos a la poesía de Federico García Lorca, y que a menudo se atribuye a su universalidad, tiene que ver sobre todo con una subterránea identificación simbólica, con una visión no expresada, pero que compartimos, en otras palabras, con una cercanía cultural que ha sobrevivido en el tiempo.

Si nos quedamos en la superficialidad argumental, el Romance de la Luna Lunapor ejemplo, narra el terrible accidente en que un niño gitano muere quemado al acercarse demasiado al fuego de la fragua, provocando conmoción, dolor y llanto en todos los miembros de su entorno, que a pesar de su proverbial valentía, han llegado tarde para evitar la desgracia; en este punto es cuando se identifican los elementos característicos del vestuario de los personajes (polisón, collares, anillos) o de la flora y fauna regional (los caballos, el nardo, los olivos o la nocturna y mimética ave zumaya).

Una segunda lectura reelabora el acontecimiento, lo envuelve en un entorno onírico y explica lo ocurrido por la aparición de la Muerte-Luna, un personaje simbólico, femenino y maligno, que atrae a la criatura a la luminosa y redonda boca ardiente de la fragua, donde lo hallan los gitanos con los ojos definitivamente cerrados.

Una lectura más profunda puede identificar los terrores ancestrales de toda nuestra especie a la oscuridad, al fuego, al destino y a la muerte –especialmente a la inesperada–; además de la fascinación por elementos de la naturaleza como el agua y el aire o cuerpos celestes como la Luna, tan presente en la obra del inmortal poeta de Granada.

La Luna vino a la fragua

con su polisón de nardos.

El niño la mira mira.

El niño la está mirando.

En el aire conmovido

mueve la Luna sus brazos

y enseña, lúbrica y pura,

sus senos de duro estaño.

Huye Luna, Luna.

Si vinieran los gitanos,

harían con tu corazón

collares y anillos blancos.

Niño déjame que baile.

Cuando vengan los gitanos,

te encontrarán sobre el yunque

con los ojillos cerrados.

Huye Luna, Luna, Luna,

que ya siento sus caballos.

Niño déjame, no pises

mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba

tocando el tambor del llano.

Dentro de la fragua el niño

tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,

bronce y sueño, los gitanos.

Las cabezas levantadas

y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,

ay, como canta en el árbol!

Por el cielo va la Luna

con el niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,

dando gritos, los gitanos.

El aire la vela, vela.

el aire la está velando. 


Escrito por Tania Zapata Ortega

Correctora de estilo y editora.


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