El Mahâbhârata, la gran epopeya de la India, comprende 100 mil estrofas, generalmente de dos versos cada una.
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Un ejemplo sintético de las ideas de Juan Ruiz de Alarcón (Taxco, Nueva España, 1581–Madrid, España, 1639) en torno al rol femenino se enAcierra en el Tercer acto de Todo es ventura.
No reina en mi corazón
otra cosa que mujer,
ni hay bien a mi parecer
más digno de estimación.
Así comienza Tristán, personaje de esta comedia de caracteres, el famoso parlamento compuesto, como toda la obra, en versos octasílabos y comúnmente citado con el título Loa y defensa de las mujeres. El autor pone en boca de uno de sus personajes la idea de que la mujer ocupa el sitio más elevado entre los “bienes terrenales”; si bien no deja de considerarla objeto –y no sujeto– de estimación, hace a un lado la condena medieval a la maldad femenina, aunque esta valoración no se aparte demasiado de los tópicos de la poesía cortesana de los siglos precedentes; y tampoco los versos que siguen, en los que refrenda la tradición de equiparar la belleza de su amada con fenómenos naturales dignos de admiración, como la primavera y el amanecer; comparación que, por lo demás, se ciñe a los cánones de la época.
¿Qué adornada primavera
de fuentes, plantas y flores;
qué divinos resplandores
del Sol en su cuarta esfera;
que purpúreo amanecer,
qué cielo lleno de estrellas
iguala a las partes bellas
del rostro de una mujer?
Pero si en los versos anteriores ya se notaba un ablandamiento de la misoginia medieval, en los siguientes se aprecia una novedad: el poeta considera a la mujer como compañera imprescindible en el infortunio y la enfermedad, sin importar la condición del hombre.
¿Qué regalo en la dolencia,
en la salud qué contento,
qué descanso en el tormento
puede haber sin su presencia?
Cercano ya de su fin,
un monje santo decía
que sólo mejoraría
oyendo el son de un chaplín.
¡Y era santo! ¡Mira cuál
será en mí, que soy perdido,
el delicado sonido
de un órgano de cristal!
Enseguida, Ruiz de Alarcón desliza un argumento religioso al sostener que incluso Adán prefirió acarrear sobre sí la condena divina antes de contradecir a Eva, con todo y que en el paraíso no había otro hombre que se la disputara.
¿Sabes lo que hecho de ver?
Que el primero padre quiso
más perder el paraíso
que enojar a una mujer.
¡Y era su mujer! ¿Qué hiciera
si no lo fuese? ¡Y no había
más hombre que él! ¿Qué sería
si con otro irse pudiera?
Porque con la competencia
cobra gran fuerza Cupido.
–¡Triste de mí, que he tenido
de esa verdad experiencia!
Así planteado el asunto, y habiendo reconocido que no es superior en osadía y fuerza de voluntad al primer hombre, un novohispano Ruiz de Alarcón reniega elegantemente de la misógina poesía cortesana de vituperio, con la que algunos poetas solían desquitarse de los rechazos reales o imaginarios, pintando a mujeres de todas las condiciones sociales como feas, sucias o promiscuas.
–Según eso, ¿cómo quieres
que yo, que tanto las precio,
entre en el uso tan necio
de injuriar a las mujeres?
Que entre enfados infinitos
que los poetas me dan,
no es el menor ver que están
todos en esto precitos...
La murmuración afea
y siempre están murmurando;
siempre están enamorando
e injurian a quien desean.
Y acto seguido completa el argumento diciendo que si las mujeres son inconstantes en el querer, no son distintas a cualquier hombre antes profundamente enamorado, que muda fácilmente sus afectos.
¿Qué es lo que más condenamos
en las mujeres? ¿El ser
de inconstante parecer?
Nosotros las enseñamos;
que el hombre que llega a estar
del ciego dios más herido,
no deja de ser perdido
por el troppo varïar.
En esta condena a la poesía de vituperio coincide su coterránea, la genial Juana Inés, que en la misma época diría: Con el favor y el desdén / tenéis condición igual, /quejándoos, si os tratan mal, /burlándoos, si os quieren bien. Si la condena a las mujeres es por su avaricia, tampoco son los hombres ajenos a este defecto; y no se puede culpar a las mujeres por acceder fácilmente o mostrarse esquivas a los requerimientos masculinos.
¿Tener al dinero amor?
Es cosa de muy buen gusto;
o tire una piedra el justo
que no incurre en ese error.
¿Ser fáciles? ¿Qué han de hacer
si ningún hombre porfía,
y todos al cuarto día
se cansan de pretender?
¿Ser duras? ¿Qué nos quejamos,
si todos somos extremos?
Difícil lo aborrecemos
y fácil no lo estimamos.
La mujer no es ya demonio o súcubo; pero un tanto arrepentido de este “feminismo del Siglo de Oro”, el dramaturgo retrocede en su implícito reconocimiento de la igualdad entre hombres y mujeres, afirmando que los hombres son “maestros” de “tan hermoso animal”.
Pues si los varones son
maestros de las mujeres,
y sin ellas los placeres
carecen de perfección,
mala pascua tenga quien
de tan hermoso animal
dice mal, ni le hace mal,
y quien no dijiere: ¡Amén!
El Mahâbhârata, la gran epopeya de la India, comprende 100 mil estrofas, generalmente de dos versos cada una.
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Si este rasgo ideológico de Ruiz de Alarcón no bastara para identificar su moderna visión de las libertades femeninas, conviene echar un vistazo al Tercer acto de Todo es ventura
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Escrito por Tania Zapata Ortega
Correctora de estilo y editora.