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Abel Pérez Zamorano
La victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial
En la derrota de Hitler fue realmente determinante el heroísmo consciente del pueblo soviético y de su ejército, así como la creatividad de los defensores de la patria socialista en el diseño y fabricación de armamento novedoso.


El sábado nueve de mayo se conmemoró el 81 aniversario de la victoria soviética sobre la Alemania nazi. Las potencias imperialistas han distorsionado los hechos a su conveniencia, erigiéndose en vencedores de Hitler y minimizando burdamente el papel principal de la URSS.

Pero iniciando por el origen, como dicen historiadores serios, desde los primeros años del régimen nazi, Inglaterra, Estados Unidos y Francia lo dejaron crecer y lo alentaron. Pudieron haberlo frenado cuando era todavía el huevo de la serpiente, pero taimadamente calcularon que al final sólo atacaría a la Unión Soviética, no a ellos. Contemplaron indiferentes y hasta con simpatía cuando en marzo de 1936 (a tres años de tomar el poder), Hitler invadió la zona desmilitarizada de Renania, violando el Tratado de Versalles; le vieron también tomar Austria (la Anschluss), en marzo de 1938, y luego, en octubre, la región checoslovaca de los Sudetes, con la aprobación de los “apaciguadores” del Pacto de Múnich; en fin, el 1º de septiembre de 1939 Hitler invadió Polonia, con la que Inglaterra tenía un pacto de defensa; y salvo una declaración de guerra formal, nada hizo esta última. Así, los gobiernos de Inglaterra y Francia fueron cómplices del ascenso nazi.

Gueorgui Zhukov, mariscal de la Unión Soviética y protagonista de primera línea de la guerra, dice en sus Memorias y Reflexiones: “Mientras las bombas no estallaban en su propia casa (…) retrocedían ante Hitler” (Zhukov, Vol. 1, pág. 173; en lo sucesivo todas las citas corresponden al volumen 2; para comodidad de la lectura indicaré sólo la página). Desde el inicio las potencias capitalistas hicieron un doble juego con Hitler: enfrentándolo limitadamente, pero conciliando en el fondo.

Para ensombrecer y minimizar el triunfo soviético, los ideólogos occidentales han fabricado mitos donde ellos son los vencedores. Arreglan la historia. Por ejemplo, atribuyen un papel determinante al apoyo en equipo y armamento que bajo el mecanismo Lend-lease (préstamo y arriendo) envió Estados Unidos al ejército soviético. Falso. Del armamento que la URSS utilizó, el Lend-lease aportó apenas el cuatro por ciento (Zhukov). Además, con envíos tardíos, piezas equivocadas, equipo descompuesto, etc. Todo a propósito, para entorpecer la acción soviética.

También se exagera la importancia del desembarco en Normandía, el famoso día D (rica veta propagandística de Hollywood). Desde 1942, los aliados se habían comprometido a abrir el segundo frente para encerrar a Alemania entre dos fuegos, pero lo hicieron hasta el seis de junio de 1944 (casi dos años y medio después de la derrota de Hitler en Moscú, y a más de un año de las grandiosas victorias soviéticas en Stalingrado y Kursk); cuando ya estaba planeada desde mayo y próxima a lanzarse la Operación Bagration soviética para liberar Bielorrusia e iniciar la marcha triunfal hacia Alemania. El segundo frente se abrió no para acabar con Hitler, sino para detener el impetuoso avance del ejército soviético.

Alemania ya estaba agotada: para noviembre de 1942 sus pérdidas en número de soldados sumaban más de dos millones y medio, entre muertos, heridos y desaparecidos (Zhukov). Los aliados, pues, vinieron a dar de garrotazos a una culebra ya muerta. Zhukov dice respecto al segundo frente aliado: “A fines de 1943 (…) poseyendo potentes fuerzas y medios de lucha, manteníamos firmemente la iniciativa estratégica y ya no necesitábamos tanto como en los dos anteriores años de la guerra la apertura del segundo frente en Europa (…) (Y cita a Stalin): ‘Roosevelt ha dado palabra de emprender amplias operaciones en Francia en 1944 (…) Pero si no la cumple, nosotros tendremos bastantes fuerzas para rematar a la Alemania hitleriana” (pág. 177). Así pues, el segundo frente no fue la causa determinante de la derrota de Hitler.

Por otra parte, da evidencia de la decisiva participación soviética, el inigualable peso de la guerra que soportó. El 22 de junio de 1941, Hitler lanzó la Operación Barbarroja, con el ejército más grande y mejor armado del mundo: la invicta Wehrmacht. Estaba seguro de triunfar en seis semanas en una guerra relámpago. “… en los primeros días el Mando alemán lanzó 190 divisiones bien pertrechadas, tres mil 712 tanques, más de 50 mil cañones y morteros y unos cinco mil aviones. Los efectivos de las tropas lanzadas contra la Unión Soviética eran de cinco millones 500 mil hombres” (pág. 80).

Sobre la URSS se descargó lo principal del poderío nazi. “Durante la mayor parte de la guerra, entre el 75 y el 80 por ciento de la Wehrmacht fue desplegada en el Este (sobre la URSS) (…) y el 80 por ciento de los soldados alemanes caídos en combate perecieron allí: cerca de cuatro millones de los cinco millones de soldados alemanes que murieron en la guerra” (Artículo de Robert Citino, Operación Barbarroja: La más grande de todos los tiempos, The National World War Museum, 18 de junio de 2021). Narra el mariscal Zhukov: “El 1º de junio de 1941 (…) contra la URSS se habían concentrado unas 120 divisiones alemanas. En junio de 1941 se habían elevado los efectivos de las tropas hasta ocho millones 500 mil hombres…” (págs. 219-20).

Y el costo social y material que pagó el pueblo soviético fue inmenso. Dice Zhukov: “Ningún país, ningún pueblo de la coalición antihitleriana hizo tan grandes sacrificios como la Unión Soviética y nadie empeñó tantas energías para derrotar al enemigo, que amenazaba a toda la humanidad. Sobre el territorio norteamericano no fue arrojada ni una bomba. Sobre las ciudades estadounidenses no cayó ni un proyectil. En la guerra con Alemania y Japón, Norteamérica perdió 405 mil soldados e Inglaterra 375 mil…” (pág. 320). Según la Academia de Ciencias de la URSS, este país perdió 27 millones de vidas, mayoritariamente civiles. Fueron devastadas mil 710 ciudades y 70 mil pueblos; 65 mil kilómetros de vías férreas, 32 mil fábricas y el 40 por ciento de las viviendas.

Factor determinante de la victoria soviética fue, este sí, el ejemplar heroísmo del pueblo y del ejército: el sitio de Leningrado duró 872 días, y allí murieron de hambre 642 mil personas; la decisiva y heroica batalla de Moscú (octubre de 1941- enero de 1942), donde Alemania perdió la iniciativa estratégica, es atribuida por la prensa occidental ¡“al invierno” ruso! Nos derrotó el general invierno, dicen. En las afueras de Moscú, con la pérdida de más de medio millón de hombres, colapsó la moral del ejército alemán, que veía venir su inminente derrota. Moscú es el parteaguas de la conflagración, seguido luego por el heroico Stalingrado.

En el sitio de Stalingrado (septiembre de 1942 a febrero de 1943), Alemania perdió alrededor de 700 mil hombres; y en julio, en la gran batalla de los tanques, en Kursk, quedaron otros 500 mil. Era ya evidente que Alemania estaba derrotada. Y los efectos se irradiaron: ante la debacle, y para reforzar el frente oriental, Alemania envió allí 14 divisiones, dejando desguarnecidos los frentes occidentales, lo cual facilitó grandemente el avance posterior de las tropas aliadas.

En la derrota de Hitler fue realmente determinante el heroísmo consciente del pueblo soviético y de su ejército, así como la creatividad de los defensores de la patria socialista en el diseño y fabricación de armamento novedoso. En el seno de ese pueblo heroico estuvo el Partido, animándolo, explicándole la situación, disciplinándolo. “El Partido Comunista de la URSS fue, efectivamente, el verdadero inspirador y organizador de nuestra victoria. En los duros tiempos de las rigurosas pruebas de la guerra estuvo al frente del pueblo combatiente (…) En el frente y en la retaguardia los comunistas y los komsomoles daban ejemplo en la heroica lucha por la patria” (pág. 322). Inspiró también a los obreros (y obreras), que en las fábricas laboraban agotadoras jornadas para producir todo lo necesario para sostener la defensa de su patria. La guerrilla que operaba en los territorios ocupados por Alemania desestabilizó las líneas de aprovisionamiento. Finalmente, contribuyó también la acción de los aliados de países hermanos que resistían a la ocupación nazi. Todos estos factores determinaron la victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial, victoria que liberó al mundo de la calamidad fascista e impidió a Hitler destruir el primer Estado obrero socialista del mundo. Pero el nazismo, el más feroz representante ideológico y político del imperialismo, enemigo de los pueblos pobres y de las clases trabajadoras, no ha muerto, porque tampoco han muerto las raíces económicas que lo nutren. De esto hablaremos después. 


Escrito por Abel Pérez Zamorano

Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.


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