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Xi Jinping nació en 1953 en Beijing, en el seno de una familia relativamente acomodada, pues su padre, Xi Zhongxun, era uno de los líderes revolucionarios más destacados. En la Revolución Cultural su padre fue encarcelado y después mandado a trabajar a una fábrica en un lugar remoto; con diez años, Xi Jinping fue enviado a trabajar a Liangjiahe, en la provincia de Shaanxi. De vivir en la capital, con comodidades que pocos disfrutaban, pasó a vivir en una aldea donde dormía en una cueva, con fríos y calores extremos, la comida nunca alcanzaba, sin electricidad, agua corriente y, en fin, compartió el pan y la sal con los campesinos pobres de China. Al cabo de siete años trabajando ahí, se ganó el cariño y el respeto de la gente, se convirtió en líder del pueblo y fue admitido en el Partido Comunista. Ahí se echaron las bases de su moral comunista.
Con el fin de la Revolución Cultural, Xi pudo entrar a la universidad. Al terminar sus estudios, pasó tres años en el Ejército Popular de Liberación, luego fue subsecretario del Partido en el distrito de Zhengding (provincia de Hebei) por cuatro años. Gracias a su exitoso trabajo el Partido lo asignó a la provincia de Fujian, donde desempeñó distintos cargos durante 17 años. Con la Reforma y la Apertura, Fujian se convirtió en una de las provincias económicamente más prósperas y políticamente más descompuestas. Para ganarse el favor del comité provincial del Partido, los empresarios compraban a los funcionarios locales con mansiones, propiedades, dinero, fiestas y regalos suntuosos de todo tipo. El alto nivel que alcanzó la corrupción llevó al Partido a hacer una purga del comité provincial y la gran mayoría de los miembros fue removida. Xi Jinping, no. Él fue de los poquísimos que no entraron en corruptelas, gracias a lo cual fue ascendido a secretario provincial del Partido. En Fujian se templó su moral comunista. Al cabo de pocos años fue asignado a la aún más rica provincia de Zhejiang y después a la incluso más boyante Shanghai, donde llegó a sustituir al líder previo, recientemente removido por corrupción. De Shanghai fue elevado al Politburó del Partido y eso implicó su traslado a Beijing. En 2012 se convertiría en secretario general del Partido.
Durante toda su carrera política hasta 2012, Xi pudo observar el creciente divorcio que venía operándose entre el Partido y las masas populares. A los ojos de las clases desfavorecidas, el Partido se estaba convirtiendo en un aparato burocrático que entraba en componendas con los millonarios y hacía a un lado las preocupaciones y las necesidades populares. No sólo eso, sino que los miembros del Partido llevaban una vida de despilfarro, lujos y excesos, mientras millones de trabajadores habían perdido su empleo con la Reforma y la Apertura y luchaban desesperadamente por sobrevivir. Al desprestigio siguió el repudio. Mucha gente ya no quería a un Partido que era visto como una cúpula acomodada y poderosa, ajena a la realidad de las grandes masas chinas. Todo eso vio Xi Jinping: la descomposición que sufría el Partido y el justo descontento popular que levantaba.
Por eso, cuando fue elegido secretario general, una de las primeras medidas que tomó fue frenar la deriva liberal que había tomado el Partido y emprender una campaña de fortalecimiento de la moral comunista. Era la única forma de salvar al Partido, recuperar su prestigio, ganarse nuevamente el cariño y el respeto del pueblo y garantizar el liderazgo firme que China necesitaba para enfrentar los nuevos retos nacionales e internacionales. En diciembre de 2012, Xi Jinping cargó contra el formalismo, el burocratismo, el hedonismo y la extravagancia, comportamientos que se habían afianzado en todas las organizaciones partidarias y perjudicaban gravemente al Partido. Para abandonar estas “Cuatro Prácticas Equivocadas” era necesario fortalecer la línea de masas, estrechar los lazos con el pueblo, resolver eficientemente los problemas de las masas y volverse ejemplo de conducta. Xi sacudió a todo el Partido y le exigió poner en alto nuevamente el estandarte de Mao Zedong, “Servir al Pueblo”, como razón de ser de toda su actividad. Estas medidas aplicaban para toda la estructura del Partido, pero para los líderes la exigencia era mayor: “Todos los líderes de todos los niveles deben ser ejemplo, servir como modelo de conducta, y ser congruentes entre lo que dicen y lo que hacen. Empezando por mí mismo en el Politburó”. Al mismo tiempo que llamaba al Partido a corregir estos problemas, intensificó la lucha contra la corrupción, sin distinguir entre moscas y tigres, como son llamados en el lenguaje coloquial chino los oficiales de bajo rango (moscas) y los de primer nivel (tigres). Millones fueron penalmente procesados. La salvación del Partido dependía de una profunda depuración moral.
La campaña de fortalecimiento de la moral comunista no fue una operación momentánea para salvar al Partido en una etapa crítica, como si se tratara de una cirugía de urgencia. Se convirtió en un sello del liderazgo de Xi. Durante todos los años que han transcurrido desde 2012, el secretario general llama permanentemente a los miembros del Partido a tener una vida sencilla, sin extravagancias, verdaderamente popular y de trabajo duro. En 2019 llamó a “mantener los valores marxistas y socialistas, defender la moral comunista, mantener el colectivismo como principio y servir al pueblo como núcleo”. Xi reprobó los banquetes fastuosos que organizaban algunos líderes del Partido y se puso él mismo de ejemplo, haciendo público el menú de la comida que consumía. A la opulencia y el despilfarro, opuso la frugalidad y la sencillez. La frase tradicional “quien es funcionario no puede enriquecerse, quien se enriquece no puede ser funcionario” se hizo emblemática. Detrás de esta campaña permanente hay una concepción de la moral que se formó durante la juventud de Xi Jinping y que se fortaleció durante su carrera política antes de alcanzar la posición máxima del Partido.
Para Xi, el comunista debe tener una vida austera, frugal, sencilla, de trabajo duro, servicial al pueblo y colectiva por principio. El comunista no puede tener una vida dispendiosa y de comodidades, aún si las condiciones en las que realiza su trabajo cambian y pasan de ser precarias a abundantes. Incluso en medio de la riqueza, los comunistas deber apegarse a una vida sencilla. No hacerlo así implica separarse de las masas trabajadoras. Para Xi, aún si el Partido trabaja incansablemente y tiene buenos resultados, no es permisible llevar una vida de lujos. Hacerlo así inevitablemente lleva a un extrañamiento del pueblo, que deja de ver a los líderes del Partido como iguales y los percibe como de otra clase social; conduce también a un alejamiento de los líderes respecto a las capas mayoritarias, pues sólo ocupando un cargo con cierto poder y riquezas puede tener la vida holgada a la que se ha acostumbrado, mientras que ocupando el lugar sencillo de las masas populares se vería privado de ella. Xi retoma a Liu Shaoqi cuando dice que “el comunista debe ser el primero en sufrir las dificultades y el último en disfrutar de las comodidades”. Y esto es así no porque las circunstancias obliguen a ello, sino porque el comunista debe tener siempre un espíritu de lucha y sacrificio. Estas exigencias de Xi no son para toda la gente, pero sí para el Partido, especialmente para los líderes. Los miembros del Partido no deben serlo porque persigan posiciones de poder, riquezas o fama. Quien busca eso no es un comunista y su lugar no está en el Partido. Un comunista busca “Servir al pueblo”, y eso es lo que lo realiza.
Para Xi Jinping, la moral comunista del Partido es indispensable en la construcción del socialismo. La riqueza material de China ya es grande, y se espera que en los próximos años sea mayor. Si el Partido no se conduce apegándose a la moral comunista, inevitablemente sucumbirá a los encantos del capital y su moral burguesa, como estaba empezando a ocurrir hace algunas décadas. Si el Partido se corrompe, se separa del pueblo y desarrolla intereses propios, desligados de las masas populares, entonces está acabado. Para Xi Jinping, una de las razones por las que cayó la URSS es que “el Partido Comunista de la Unión Soviética se desligó del pueblo y se volvió un grupo de burócratas privilegiados que sólo servía a sus propios intereses”. Si el Partido Comunista de China sigue esos pasos, el derrumbe del proceso de construcción del socialismo en China está garantizado. Ésa es la importancia de la moral comunista para Xi.
China se ha convertido en un modelo de desarrollo económico para el mundo. Pero muchas veces se olvida que esos éxitos son el resultado de la organización política que dirige el país. No sólo porque el Partido fija la dirección del desarrollo y opera los mecanismos para avanzar en el rumbo trazado, sino también porque mantiene una legitimidad altísima, superior al 90 por ciento entre la pioblación. Esto se explica, en parte, por la insistencia de Xi Jinping de seguir la línea de masas, “servir al pueblo” y fortalecer la moral comunista. Este aspecto de la experiencia china también merece ser estudiado.
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Escrito por Ehécatl Lázaro
Columnista de politica nacional