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Historia
El dilema de la cautela china: resistir sin confrontar al imperio
La reunión no parece haber impactado sobre la progresiva hostilidad norteamericana hacia el gigante asiático, ni en las guerras o crecientes amenazas de EE. UU. contra Teherán y La Habana.


La visita a China de Donald Trump y los empresarios más prominentes de Estados Unidos, así como la posterior del presidente Vladimir Putin, son una muestra muy clara del liderazgo mundial que ha ganado aquel país. Resultó especialmente notable el viaje de la delegación norteamericana, no sólo por su composición, sino por sus objetivos (esto es, estabilizar las relaciones económicas y políticas entre ambos gigantes mundiales) y por los resultados que presumió Trump a su regreso en Washington. Según The New York Times, el mandatario declaró que China había aceptado intercambios de varios miles de millones en algunos sectores como el agropecuario, el energético, la aviación y la tecnología médica. En cambio, los chinos se mostraron más circunspectos en sus declaraciones y, al parecer, las pláticas no facilitaron avances en otros puntos importantes, como los aranceles estadounidenses o la producción y comercialización de chips de Nvidia (Cf. Ana Swanson, NYT, 15 de mayo de 2026). Las pláticas sino-americanas tampoco pusieron punto final, ni punto y aparte, a la virulencia del imperio americano.

En ese sentido, si bien es indudable la preeminencia global de Beijing, la reunión no parece haber impactado sobre la progresiva hostilidad norteamericana hacia el gigante asiático, ni en las guerras o crecientes amenazas de EE. UU. contra Teherán y La Habana, aliados estratégicos y simbólicos de China. De acuerdo con la cadena CNN, el asunto de la reapertura del Estrecho de Ormuz (cerrado por parte de Irán como respuesta a la criminal agresión estadounidense) es interesante para ambas potencias. Pero los norteamericanos no han dejado de sentirse dueños del mundo y sus funcionarios pretenden que China “redoble sus esfuerzos para presionar a Irán a fin de que ponga fin al conflicto en términos favorables para Washington” (Sylvie Zhuang, CNN español, 22 de mayo de 2026; las cursivas son mías). Probablemente China no actuará en este sentido; aunque, si consideramos su intervención hasta ahora en este conflicto, caracterizada por asistencias indirectas a Irán, con recursos materiales y diplomáticos, también es posible que no meterá brazos militares en el asunto para detener algún bombardeo futuro.

Algo parecido ocurre en el caso cubano. Esta isla caribeña, símbolo del comunismo y la resistencia contra el imperialismo, se encuentra hoy bajo la amenaza de una inminente intervención militar. Más allá del bloqueo criminal estadounidense, iniciado desde la década de 1960 (cuyos efectos asfixian a Cuba, reduciéndola prácticamente a los pocos recursos que le pueden ofrecer sus 110 mil km2, así como a los apoyos o intercambios, a veces numerosos, pero, por lo general, limitados, de algunos actores externos, como la Unión Soviética, China, Rusia, Venezuela, entre otros), la Casa Blanca amenaza ahora con descabezar al gobierno que le expulsó de Cuba el siglo pasado, para instalar una supuesta democracia occidentalizada. Así lo han declarado abiertamente Marco Rubio y el mismo Trump: pretenden establecer un gobierno que sea cuando menos tan maleable como el venezolano de Delcy Rodríguez. Sin embargo, es probable que aquí China tampoco intervenga directamente. Esto podría deducirse, en alguna medida, de la respuesta indirecta y diplomática, sin uso ni demostración de fuerza, que dieron ante el reciente golpe criminal del imperio contra un aliado fundamental de Beijing en América del Sur, Caracas.

Pienso que el comportamiento de China en estos escenarios de intervencionismo directo de su principal competidor global podría describirse con la palabra cautela. Si es así, la forma indirecta de proceder que observamos constantemente en los chinos es sensata, pues EE. UU. es la primera potencia militar del mundo, con presencia en todos los mares y continentes, especialmente en las inmediaciones del territorio chino, y tiene la capacidad nuclear para desaparecer a cualquier nación en unos cuantos días. Pero al atacar, asediar y destruir a los aliados de China, los norteamericanos están siendo cada vez más audaces, dejando claro que su objetivo es aniquilar a esa potencia enemiga. La cuestión es, entonces, hasta qué punto podría mantenerse la política de aproximación indirecta de Beijing frente a la estrategia directa de agresiones estadounidenses. Sólo el tiempo podrá responder a esto. 


Escrito por Anaximandro Pérez

Doctor en Historia y Civilizaciones por la École de Hautes Étus en Sciences Sociales (EHESS) de París, Francia.


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