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Omar Carreón Abud
La igualdad: declaración y realidad
El hegemón hace todo lo que puede por imponer la muerte, el sufrimiento y la desigualdad a sangre y fuego.


La creación de Estados Unidos (EE. UU.) por los llamados Padres Peregrinos allá por el año de 1620 se cuenta tratando de relacionarla con un relato bíblico, con el éxodo de los judíos de Egipto. Según esto, los disidentes de la Iglesia Anglicana que permitía en Inglaterra libertades con las que ellos no estaban de acuerdo por lo que se hicieron llamar puros o puritanos decidieron, como los judíos decidieron en su tiempo huir del Faraón, de Jacobo I de Inglaterra, redactar un pacto durante la travesía del océano Atlántico como los judíos atravesando el Mar Rojo y fundar una colonia en Plymouth. Esos estadounidenses son, deben ser, según su creencia, considerados como los judíos, un pueblo elegido por Dios.

Esta explicación ha sido defendida y difundida por todos los presidentes de EE. UU. desde Thomas Jefferson (tercer presidente de EE. UU., cargo que ocupó de 1801 a 1809), hasta Donald Trump (que todavía está en el cargo) y se conmemora cada año en el Thanksgiving Day, Día de Acción de Gracias, el cuarto jueves de noviembre. Sabido esto, puede comprenderse que los norteamericanos y los judíos de Israel, dos pueblos supuestamente privilegiados por Dios, consideren más que justificado y evidente que los enemigos de unos sean los enemigos de los otros y que sea su obligación ante Dios, apoyarse permanentemente. Para montar la nueva expansión que requería el imperialismo naciente ya nada más fue necesario fabricar la idea de que todos los judíos del mundo descendían de los judíos de palestina y tenían, por tanto, derecho divino a ocupar esa tierra.

Nada más que la decisión de crear un estado judío en Palestina tuvo ya cerebro, manos y armas mucho menos espirituales, la tomaron los gobiernos del Reino Unido y de EE. UU. representados por David Lloyd George y Woodrow Wilson, tras el acuerdo Sykes-Picot de 1916 para la partición del Oriente medio en previsión de la derrota del Imperio Otomano. La espantosa matanza de la población judía de Europa y de la Unión Soviética por parte de las hordas fanatizadas de Adolfo Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, tornó indiscutible la necesidad de procurar algo de justicia y fundar un hogar para los judíos.

El imperialismo y sus representantes se apresuraron a crearlo en donde existían abundantes recursos naturales y se contaba con una magnífica ubicación geoestratégica para instalar una enorme base militar que ampliara y protegiera sus más caros intereses de hegemonía mundial, por tanto, el último día del Mandato Británico sobre Palestina, el 14 de mayo de 1948, que había sido instrumentado por los imperialistas vencedores al término de la Primera Guerra Mundial, David Ben-Gurión proclamó unilateralmente el Estado de Israel y EE. UU. lo reconoció al día siguiente. La población palestina ahí asentada desde hacía siglos era expulsable o exterminable o las dos cosas según los dictados del interés hegemónico; y así ha sido desde entonces.

Conviene ahora tener presente esta historia y conocer esos acontecimientos aunque sea someramente, porque la historia actual del pueblo palestino y su forma de vivir la igualdad, es ya una de las más espantosas tragedias por las que ha tenido que atravesar un grupo humano. No se puede contar sin estremecerse, sin creer que no puede ser cierta y echarse a llorar por los niños y muchachitos presos y torturados, por los que son blanco de francotiradores, por las mujeres violadas, por los padres presos durante muchos años sin juicio, por los refugiados en tiendas de campaña sin patria ni esperanza de tenerla nunca.

El hegemón, el que pudiera traer la paz y la armonía entre los pueblos como lo necesitan y merecen los palestinos y los judíos y los iraníes y los cubanos y venezolanos y los mexicanos y, tantos, tantísimos otros, el país más poderoso del mundo, el que una vez en su histórica Declaración de Independencia del Imperio Británico, precisamente hace 250 años, un cuatro de julio de 1776, proclamara “todos los hombres son creados iguales”, hace todo lo que puede por imponer la muerte, el sufrimiento y la desigualdad a sangre y fuego.

Desde el principio las cosas no pintaban bien: casi tres cuartas partes de los 56 firmantes de la Declaración de Independencia eran esclavistas, sólo los hombres propietarios tenían derecho al voto y durante 32 de los primeros 36 años de vida de la República norteamericana quienes ejercieron la presidencia fueron propietarios de esclavos. James Earl Carter, expresidente norteamericano, llegó a afirmar que EE. UU. sólo había disfrutado de 16 años de paz en los 242 años de su historia (que habían transcurrido en el momento en que realizó sus declaraciones), los otros ocho (que han transcurrido desde entonces), tampoco los ha vivido en paz.

En efecto, insospechadamente, la Declaración de Independencia contiene también un pasaje que sigue estremeciendo a las mujeres y a los hombres buenos de EE. UU. que viven de su salario, más a quienes sobreviven arrumbados en las llamadas reservaciones indias: “Ha incitado insurrecciones internas entre nosotros y se ha esforzado por traer contra los habitantes de nuestras fronteras a los despiadados salvajes indígenas, cuya conocida regla de guerra es la destrucción indiscriminada de personas de todas las edades, sexos y condiciones”. Esos “despiadados salvajes indígenas” eran los que renglones arriba habían sido “creados iguales” y resultaban ser los seres humanos que desde hacía mucho tiempo habitaban las tierras que los puritanos habían llegado a colonizar.

Tratando de acercarme a conocer la magnitud de la matanza perpetrada contra esos pueblos originarios en alguna fuente que no fuera fácilmente tachada de enemiga de EE. UU., consulté –y ahora comparto– lo que dice la página electrónica del Holocaust Museum Houston, que es lo siguiente: “Cuando los colonos europeos llegaron a América, los historiadores estiman que había más de 10 millones de nativos americanos viviendo allí. Para 1900, su población estimada era inferior a 300 mil. Un genocidio.

Fue –y todavía no termina– el monstruoso inicio de la expansión colonialista y luego abiertamente imperialista. Muy ajena a la pregonada igualdad. No olvidar tampoco la compra forzada de Luisiana, que duplicó el territorio del nuevo país; el despojo de Texas a México en 1845, que se quiere hacer pasar como simple anexión; y lo que ha sido uno de los más grandes atracos de territorio que se haya ejecutado en la historia, el obligado “tratado” Guadalupe Hidalgo, por medio del cual, según los propios Archivos Nacionales de EE. UU., México perdió 55 por ciento de su territorio: California, Nevada, Utah, Nuevo México, la mayor parte de Arizona y Colorado y partes de Oklahoma, Kansas y Wyoming.

Luego vendrían, entre muchas otras, la guerra contra España, que le costó a la corona Puerto Rico, Guam y Filipinas; la Primera y la Segunda Guerras Mundiales que, aunque vencedores, dejó por los suelos y de rodillas a poderosos competidores de EE. UU., especialmente a Inglaterra, que perdió su dominio en numerosas colonias; la Guerra de Corea; la de Vietnam; la de Camboya; la Guerra del Golfo Pérsico; la Guerra de Afganistán; la de Irak e “intervenciones” en Granada, Panamá, Libia, Siria, Yugoslavia, Bosnia, Kosovo, contra Rusia con Ucrania de parapeto y contra Irán con Israel de parapeto y contra Irán, ya sin parapeto.

¿Por qué devoran los animales carniceros? Porque sólo así pueden sobrevivir. ¿Por qué devora fuerza de trabajo el capital y más todavía en su fase imperialista terminal? Porque sólo así existe y puede sobrevivir. Esta forma, que cumple 250 años, así ha vivido, crecido y sobrevivido, nada nuevo tiene que ofrecer más que sangre, sudor y lágrimas y ya se ha vuelto una posibilidad muy real el exterminio del género humano. La víctima, la clase trabajadora, tiene que encontrar una salida y sólo la hallará, más allá de ayuditas misericordiosas, futboles necrotizantes o nuevas y esperanzadoras elecciones, en donde siempre ha estado: en su férrea unidad y lucha sin cuartel.

Y, para terminar, por si todavía alguien lo duda y espera la igualdad en la Tierra de manos de los que nunca la han portado, citemos las palabras de John Bellamy Foster en su artículo El fetichismo de la inteligencia artificial, sobre la más nueva e impactante forma de la producción capitalista: “La riqueza social, extraída de la población en su conjunto, se está canalizando hacia las Grandes Casas de la Inteligencia Artificial a través de diversos mecanismos financieros y políticas económicas neoliberales, concentrando aún más el excedente económico producido por la sociedad en manos de un número infinitesimalmente pequeño de multimillonarios, ubicados en los sectores de la alta tecnología, la energía y las finanzas de la economía”. 


Escrito por Omar Carreón Abud

Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".


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