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Abel Pérez Zamorano
Latinoamérica, el ascenso de la ultraderecha
Las derrotas aquí referidas son episódicas. Exhiben, sí, la incapacidad de la izquierda tradicional para encabezar la lucha de las grandes masas empobrecidas.


En días recientes, Abelardo de la Espriella, rico empresario colombiano (y con nacionalidad italiana y estadounidense), candidato de la ultraderecha, ganó las elecciones presidenciales y, para dejar clara su orientación política, declaró enfáticamente: “Colombia restaurará su relación con el Estado de Israel como nunca antes. Benjamín Netanyahu le felicitó entusiastamente y Donald Trump dijo que él lo había puesto en la presidencia, mejor dicho, impuesto. Es éste un serio descalabro para el proyecto político del presidente Gustavo Petro, ubicado en “la izquierda”.

También esta semana, en Perú, Keiko Fujimori, otra ultraderechista (en otras palabras, representante de la clase capitalista y del imperialismo) derrotó al candidato de izquierda. Perú fue gobernado durante los años noventa por Alberto Fujimori, y después de un periodo de inestabilidad política gobernó Pedro Castillo (2021-2022), distinguido como izquierdista: fue derrocado con maniobras legales de la derecha y hoy está en la cárcel.

Pero éstos no son hechos aislados. Forman parte de una tendencia que se extiende por Latinoamérica en los años recientes, con derrotas de la izquierda y retorno de la derecha en un movimiento pendular. Permítaseme una breve relatoría de casos destacados, además de los antes referidos. En Argentina, entre 2003 y 2015 gobernaron Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, del Partido Justicialista; en 2015 los derrotó el rico empresario Mauricio Macri; en 2019 volvió el justicialismo, con Alberto Fernández, y terminó derrotado en 2023 por el fascista Javier Milei, respaldado por Estados Unidos (EE. UU.), y que hoy tiene bajo arresto domiciliario a Cristina Fernández. Milei es un fanático sionista. El 10 de marzo, durante una visita a Israel, declaró: “Soy el presidente más sionista del mundo”.

En Chile, desde 2006, gobernó por dos periodos Michelle Bachelet, del Partido Socialista; Gabriel Boric (2022–2026) surgió también de la izquierda, y en este año perdió las elecciones frente a José Antonio Kast, de comprobada ascendencia nazi. En Honduras gobernó Manuel Zelaya (2006-2009), de izquierda, a quien derrocaron con un golpe de Estado suave; recientemente gobernó Xiomara Castro, su esposa (2022-2026); su partido fue derrotado hace unos meses por el derechista Nasry Asfura Zablah, quien tenía baja aceptación en las encuestas, pero descaradamente Donald Trump dijo que lo haría presidente, y lo hizo.

En Brasil, después de los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff (del PT) subió Jair Bolsonaro, hoy Lula gobierna nuevamente, pero las encuestas conceden ventaja a Flávio Bolsonaro (hijo del expresidente) para las presidenciales del año próximo. En Uruguay, José Mujica y Tabaré Vázquez (2010-2020), ambos del Frente Amplio, fueron derrotados en 2020 por el neoliberal Luis Alberto Lacalle; actualmente gobierna de nuevo el Frente Amplio. Como vemos, es el tormento de Sísifo. En este contexto, dos revoluciones resisten heroicamente: la cubana y la nicaragüense, que tuvieron un origen precisamente revolucionario, de donde deriva su firmeza.

Tras el retroceso de las izquierdas está sin duda la mano de Estados Unidos, que descaradamente ha desenterrado la doctrina Monroe. En cínico desprecio a la soberanía de las naciones, Trump ha intervenido (incluso militarmente, como en Venezuela) para derrocar presidentes e imponer a sus peones. El imperio se ve presionado a retomar el control de la región debido a su creciente pérdida de presencia en el resto del mundo frente al vigoroso avance de China, Rusia y los BRICS; se debilita, asimismo, en Ucrania, África y hoy en Medio Oriente frente a la resistencia de Irán. Ante ello, ha debido replegarse y atrincherarse en Latinoamérica, su zona de influencia más inmediata.

Pero ésta no es razón suficiente para explicar lo aquí comentado. Con todo respeto y admiración hacia los luchadores sociales de buena fe, sinceros y enérgicos defensores del pueblo, y a los miles de mártires caídos en las luchas sociales, muchos de ellos desconocidos, debo decir que las propias izquierdas, principalmente sus mandos, llevan responsabilidad en lo que hoy ocurre. Concretamente, a mi entender, en tres sentidos. Primero, no han adoptado una política genuinamente popular, resuelta y firme. En la contradicción entre el gran capital y el pueblo han buscado evitar el conflicto; esto, obviamente, con notables diferencias en cada caso; en algunos ha habido intentos un poco más serios de reivindicar los intereses populares. Con esta política se han alejado del pueblo y han generado desencanto en él.

Segundo, no han educado ni organizado a las masas populares en las que deberían apoyarse. Tercero, y como causa de lo anterior, varias de esas izquierdas que, con honrosas excepciones, se cuidan mucho de molestar a los grandes corporativos imperialistas, no han formado en cada país un partido político disciplinado, ideológicamente cohesionado. Blasonan de plurales, diversas, etc., y rechazan la unidad ideológica, considerándola “antidemocrática”, perdiendo así la unidad orgánica y la unidad de acción. Hablar de Lenin es mencionar al mismísimo diablo. Es “dictadura”. Son “izquierdistas”, pero antileninistas, y en el pecado les va la penitencia, pues es sabido que sin las masas organizadas es inconcebible un cambio social profundo, y sin un partido que las encabece, organice, discipline y eduque, no puede haber masas organizadas en acción con un objetivo político y económico claro, con proyecto de nación socialista.

Y en su propia concepción han llevado el castigo: la fractura interna. En Ecuador, gobernó con el sello de la izquierda Rafael Correa (2007-2017); fue sucedido por su discípulo Lenín Moreno, quien nada más llegando a la presidencia se alió con los neoliberales y empezó a atacar a su mentor, al grado que éste debió huir del país. Esto abrió paso al triunfo de Daniel Noboa en 2023, connotado ultraderechista, abiertamente proyanqui. En Bolivia también se fracturó el Movimiento al Socialismo, de donde habían surgido los gobiernos de Evo Morales (2006-2019), derrocado por un golpe suave y hoy perseguido por la justicia, y después el de su correligionario Luis Arce (2020-2025). La confrontación entre ambos abrió paso el año pasado al triunfo del actual presidente Rodrigo Paz, destacado aliado de EE. UU.

Así, la izquierda se ha desdibujado y extraviado, viéndose reducida a una vaguedad, perdiendo expectativas de un triunfo definitivo y sólido capaz de lograr un cambio estructural, precisamente lo que no se ha atrevido a hacer, prefiriendo nadar entre dos aguas; la inviable política de quedar bien con Dios y con el diablo.

Y aunque sólo sea instintivamente, el pueblo percibe cuando sus líderes no se comprometen seriamente con él y termina prestando oídos al discurso de la derecha, siempre al acecho, en espera de su oportunidad. La moraleja de esta historia vale para Morena aquí en México, toda vez que también se autodefine de izquierda. Peligrosamente, todo indica que está deslizándose por la misma pendiente, desatendiendo las necesidades de las masas populares que claman por soluciones urgentes y efectivas a sus graves y añejas carencias. De continuar esta tendencia, crece el peligro de que la ultraderecha acaso logre tomar el poder, así sea paulatinamente. Morena habrá sido responsable de ello.

Pero no nos olvidemos de la dialéctica ni veamos los hechos como algo fatal. Las derrotas aquí referidas son episódicas. Exhiben, sí, la incapacidad de la izquierda tradicional para encabezar la lucha de las grandes masas empobrecidas. Pero la dolorosa situación de las naciones latinoamericanas no sólo no se resuelve: se agrava. Pobreza, hambre, explotación, injusticia social, mala salud, atraso educativo, aquejan a nuestros pueblos; la desigualdad crece en la medida en que la riqueza se acumula en manos de unos cuantos potentados y de las trasnacionales depredadoras. Nada de esto se ha resuelto por las izquierdas, y menos por los oligarcas que hoy se regodean con sus efímeras victorias.

La situación social latinoamericana exige un cambio estructural definitivo, un cambio de clase social en el poder, tanto en el control del Estado como en el de la riqueza social. Exige la creación de partidos políticos auténticamente dispuestos a dar la lucha por el poder para el pueblo y cortar las uñas a las trasnacionales imperialistas. La verdadera y definitiva transformación de Latinoamérica está por hacerse, y se hará. Los pueblos sabrán abrirse paso y reivindicar sus derechos. Que el imperialismo y sus paniaguados no canten victoria. 


Escrito por Abel Pérez Zamorano

Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.


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