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Opinión invitada
Irán, bajo las bombas, pero jamás de rodillas: quien se rinde por miedo, ya perdió sin luchar
La historia iraní se parece al ave Fénix: ha sido incendiada muchas veces, pero siempre vuelve a levantarse de sus cenizas.


Durante más de setenta noches, bajo amenazas, explosiones y bombardeos, miles de iraníes han salido a las calles no para huir, sino para demostrar que existen pueblos que consideran la dignidad más importante que el miedo.

Mientras al inicio de la agresión estadounidense-israelí, el pasado 28 de febrero, muchos analistas occidentales esperaban caos, rendición o fractura social en Irán, ocurrió lo contrario: hombres, mujeres y jóvenes permanecieron firmes junto a su gobierno y sus instituciones. No porque amen la guerra, sino porque conocen el precio de la humillación y la ocupación extranjera.

Para entender esta resistencia, no basta con observar la política contemporánea. Hay que mirar siglos de historia, cultura y espiritualidad.

En la tradición del islam chiita, religión que practica la mayoría de los iraníes, la resistencia no es solamente una postura política: es un principio moral. Su raíz más profunda se encuentra en Karbalá, la tragedia que marcó para siempre la conciencia del pueblo iraní y de millones de musulmanes en el mundo.

En el Siglo VII, el Imam Husein, nieto del profeta del Islam, enfrentó la corrupción y tiranía del entonces califato omeya en condiciones imposibles. El Imam sabía que quizás sería derrotado militarmente ante un ejército bien armado. Sabía que él y sus compañeros serían asesinados. Sin embargo, rechazó rendirse y negarse a legitimar la injusticia y normalizar la opresión.

Karbalá enseñó que la dignidad vale más que la supervivencia humillada y hoy en Irán somos testigos de esa misma enseñanza. Por eso, para millones de iraníes, resistir no es un acto improvisado por la coyuntura actual, es una continuidad histórica y espiritual.

El acontecimiento de Karbalá no fue solamente una batalla del pasado; fue el nacimiento de una filosofía de resistencia contra la tiranía, la injusticia y la opresión.

Esa lógica no es ajena a América Latina. México también conoce el significado de defender la soberanía frente a poderes extranjeros. Desde la guerra de Independencia encabezada por el sacerdote Miguel Hidalgo y Costilla hasta la lucha revolucionaria de Emiliano Zapata, el pueblo mexicano aprendió que hay momentos en los que rendirse equivale a desaparecer como nación.

La Batalla de Puebla no fue solamente una victoria militar, fue un símbolo de dignidad frente a una potencia extranjera que parecía invencible. Del mismo modo, Karbalá se convirtió para Irán en un símbolo eterno de resistencia frente a la opresión.

Los pueblos que conservan memoria histórica nunca se arrodillan fácilmente. Irán lleva siglos demostrando esa capacidad de renacer. Cuando invasiones extranjeras intentaron destruir su identidad, surgieron figuras y movimientos que defendieron la esencia cultural y nacional del país.

El Shahnameh (Libro de los Reyes), la gran epopeya persa escrita hace más de mil años por Ferdowsi, no fue solamente literatura: fue una muralla cultural que protegió la memoria histórica iraní frente al olvido y la desaparición.

Siglos después, líderes como Mirza Kuchak Khan resistieron la intervención extranjera y defendieron la soberanía nacional frente a las potencias imperiales. Más tarde, Rais Ali Delvari enfrentó la ocupación británica en el sur de Irán, convirtiéndose en símbolo de valentía popular.

La historia iraní se parece al ave Fénix: ha sido incendiada muchas veces, pero siempre vuelve a levantarse de sus cenizas.

Los mongoles destruyeron ciudades enteras y aun así Irán sobrevivió. Imperios intentaron fragmentarlo y aun así conservó su identidad. Durante la guerra impuesta por el exdictador iraquí Saddam Hussein en los años ochenta, respaldado por múltiples potencias extranjeras, Irán resistió ocho años sin rendirse y no cedió ni una pulgada de su suelo.

Por eso resulta ingenuo pensar que un pueblo con semejante memoria histórica abandonase sus convicciones por miedo.

Las bombas destruyen edificios. Las sanciones afectan economías. Las amenazas generan dolor. Pero existe algo más fuerte que todo eso: la convicción colectiva de que la dignidad nacional no tiene precio.

Muchos pueblos sobreviven únicamente para continuar existiendo. Otros viven para defender su honor y su soberanía. Irán pertenece a los segundos.

Quien se rinde por miedo, ya perdió sin luchar.

Y después de más de setenta noches de resistencia, el pueblo iraní ha dejado claro que todavía existen naciones que prefieren permanecer de pie antes que vivir de rodillas. 


Escrito por Mohammad Reza Gilani

@MrezaG88


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