Cargando, por favor espere...

Internacional
Occidente oculta la hazaña soviética contra el nazismo
A 81 años de la victoria del Ejército Rojo sobre el nazifascismo, el raquítico imperialismo estadounidense y la ahora colonizada Europa quieren ocultar la gran epopeya militar con la que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) concluyó la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).


A 81 años de la victoria del Ejército Rojo sobre el nazifascismo, el raquítico imperialismo estadounidense y la ahora colonizada Europa quieren ocultar la gran epopeya militar con la que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) concluyó la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

El conocimiento de la historia permite atisbar el futuro. El rotundo triunfo del Ejército Rojo sobre el Tercer Reich de Alemania, la utopía expansionista de Adolfo Hitler, fue la gran lección que las naciones antihegemónicas otorgaron a la humanidad, ya que es posible un porvenir sin autoritarismos.

Hoy, en Occidente se minimiza el peligro real de mayor explotación, esclavitud y sumisión que entrañó el nazifascismo; así como la resistencia del Ejército Rojo contra la Alemania nazi que desató la contienda más sangrienta en la historia de la humanidad.

Los combates en el frente oriental rebasaron la intensidad que los Aliados libraron en el oeste europeo; y al soslayar este hecho se busca ocultar el formidable esfuerzo militar y sacrificio de la Unión Soviética, cuyas pérdidas fueron de entre 27 y 30 millones de personas.

Durante más de un lustro, los soviéticos efectuaron batallas encarnizadas para liberar a sus naciones ocupadas por los nazis, mientras los Aliados Estados Unidos (EE. UU.), Gran Bretaña y Francia se distraían en Normandía y el Pacífico.

El intento de borrar de la memoria colectiva esa proeza resulta mezquino y ruin; e igual celebración ensayó Occidente cuando se imaginó dueño del mundo, medio siglo después, al desintegrarse la Unión Soviética.

Pero esto no ocurrió, y le incomodó que la Federación Rusa se reposicionara en la escena internacional. Por ello, pronto urdió conflictos en Corea y Vietnam; y los más recientes en Ucrania, Palestina e Irán.

La negación

A 81 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, Occidente persiste en desconocer que la Rusia soviética liberó a las naciones del este europeo ocupadas por el nazismo. Le niega haber derrotado al mayor enemigo de la humanidad, a la que pretendía someter por entero.

Esa actitud apunta a lo que en psicología se define como vivir en la negación, que consiste en rechazar una realidad dolorosa o incómoda para protegerse de la ansiedad que ésta genera. Es un mecanismo de defensa con el que se actúa como si un hecho físico no existiera, revela la Clínica de la Ansiedad.

Por eso, los estrategas políticos y militares estadounidenses y sus aliados de la Unión Europea (UE) soslayan el mérito soviético durante los años 40 del siglo pasado; y han construido una versión que alardea de “gloriosas” batallas y enormes pérdidas en víctimas.

Sin embargo, sus propias instituciones –entre ellas el Oxford Companion to World War II– reconocen el sacrificio soviético y, en su lista de las bajas por país, asignan a China cinco millones, cuatro millones a Alemania, tres millones a Polonia, 1.9 millones a Japón, 450 mil a Gran Bretaña y 350 mil a EE. UU.

Escatimar todo merecimiento al adversario geopolítico diluye las intrépidas acciones de 100 mil partisanos soviéticos libertadores de la ocupación nazi en múltiples regiones. El Ejército Rojo inhabilitó más de 215 mil líneas ferroviarias, decenas de puentes y cuarteles enemigos hasta interrumpir los suministros del ejército alemán.

Pero el grueso velo de desinformación difundido por la maquinaria occidental desprecia esos y otros ejemplos de la destreza del Ejército Rojo y sus partisanos que lograron vencer al ultranacionalismo, la explotación y el saqueo encarnadas en las tenebrosas fuerzas del Tercer Reich.

La estrategia de silencio dificulta conocer la historia de una resistencia heroica de miles de combatientes que encararon al régimen terrorista de la Gestapo (Geheime Staatspolizei: Policía Secreta del Estado); a la bien pertrechada Wehrmach (ejército nazi) y los paramilitares de las SS (Schutzstaffel: cuerpos de protección).

Para favorecer su participación con la reescritura de la historia, los que menos arriesgaron pretenden desaparecer, negar u ocultar la lucha de miles de milicianos agrupados en torno a las tropas soviéticas que defendieron sus tierras y recursos. Los andartes griegos, maquisards franceses, partigiani italianos, reviralhos y comunistas portugueses ejecutaron con esa motivación valientes operaciones a lo largo de montañas, pantanos y puertos.

El desprecio del capitalismo corporativo del Siglo XXI hacia el único Estado que combatió y venció al más poderoso enemigo de la historia en su terreno tiene el objetivo político de impedir que los pueblos vean que es posible derrotar a los invasores.

Fingir que no existió la movilización soviética contra el enemigo nazi exhibe la estrechez geopolítica de Occidente que hoy gasta el cinco por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB) en armas –a costa del nivel de vida de su población– con la falacia de que Rusia amenaza su seguridad. Eso es, a todas luces, vivir en negación.

Cambiar la historia

Desde el fin de los combates, Occidente, liderado por EE. UU., urdió la estrategia de la amnesia y tergiversación de la historia real sobre la Segunda Guerra Mundial para favorecer su participación. Plantea méritos inexistentes y esfuma los logros soviéticos cuando declara que Rusia “falsifica la historia”.

Nadie busca información objetiva en la revista National Geographic que, para académicos y estudiosos, representa una herramienta poscolonial y perpetúa estereotipos. Basta recordar que, en 2018, su entonces directora editorial, Susan Goldberg, admitió que, por décadas, la cobertura fue “racista y sesgada”.

Esta frase explica por qué cuando la revista describe la Caída de Berlín, desvirtúa el mérito soviético con estas líneas: “La operación, que duró poco más de dos semanas, se realizó cuando ya la capital de Alemania se hallaba reducida a escombros a causa de los bombardeos aliados”.

Desde 1945, EE. UU. y Europa difunden una historia que pretende generar la percepción del éxito capitalista y “del esfuerzo de las élites políticas para evitar nuevas guerras”. Por eso millones de personas han atestiguado la rápida reconstrucción y prosperidad europea en la posguerra.

En el artículo The Conversation, publicado el tres de marzo de 2022, Alexander Hill afirma: “El arraigado temor de Rusia hacia Occidente” impulsó la invasión de Ucrania… “si Rusia fuera un ser humano, tendría un miedo casi parológico a las amenazas contra su persona, por la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y la UE”.

En mayo de 2020, también resultó engañosa la declaración del entonces Secretario de Estado yanqui, Mike Pompeo, en torno a que, después de la guerra, no llegó la libertad a Europa porque gran parte permaneció por casi 50 años bajo “el férreo control de la URSS”.

También cambian la historia los políticos europeos. El 16 de febrero de 2025, el presidente de Polonia, Karol Nawrocki, aseguró que las autoridades rusas “mienten constantemente sobre el pasado para encontrar en él una excusa a su actual actitud agresiva”.

Igual de hostil fue la cobertura occidental del 80 aniversario del Día de la Victoria, el nueve de mayo de 2025. Según la cadena CBS, fue un montaje que proyectó el apoyo de China a Rusia durante la guerra en Ucrania, que Putin exhibió para fomentar el patriotismo interno y afirmar su idea de que “la realidad está de nuestro lado”.

Univisión tituló: “Cómo usa Putin el Día de la Victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial para obtener apoyo a la guerra en Ucrania”; mientras el medio turco Anadolu Ajansi dio su portada al canciller alemán Friedrich Merz, quien acusó a Rusia de “intentar desestabilizar a Europa”.

Tampoco fue inocente la fotografía que la Casa Blanca subió a X, donde aparecen oficiales de la Marina y la leyenda: “El ocho de mayo de 1945, América y Gran Bretaña obtuvieron la victoria sobre los nazis. El espíritu de América ganará siempre, al final, eso es lo que sucede”.

La distorsión se construye desde think tanks como The Atlantic Council, donde Peter Dickinson sostuvo que Rusia intenta falsificar la historia “para encubrir el rol de Moscú en el inicio y las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial”.

Swissinfo tituló: “El Kremlin acusa a Alemania de instigar la histeria rusófoba en Europa”. Pero este discurso insidioso también llega desde Rusia, en la revista financiera Vedomosti, cuando Maxim Trudolyubov segura que, en la Segunda Guerra Mundial, las democracias liberales “se opusieron a las dictaduras comunistas, y vencieron”.

Esos ejemplos configuran lo que el profesor de Oxford, John Laughland, llama “inquietante amnesia de Occidente”, por el olvido intencional de gobernantes este-europeos y estadounidenses en torno a la lucha y éxito del ejército soviético sobre los nazis.

La realidad se impone. En mayo de 2015, The Washington Post publicó un artículo que destaca la reivindicación del papel desempeñado por los soviéticos en esa guerra. Su título era elocuente: “No olviden cómo la Unión Soviética salvó al mundo del fascismo”.

También James Rodgers deploró en Forbes que no se reconozca el aporte soviético a la paz y aseguró que en el campo de batalla, que es la historia, EE. UU. insiste en atribuirse logros ajenos.

Seelow, el infierno

Se borra la odisea del Ejército Soviético cuando cruzó los mil 813 kilómetros que separan a Moscú de Berlín, después de expulsar a la Wehrmacht de Stalingrado en febrero de 1943 y ese otoño ganó la más grande batalla de blindados en Kursk.

La perla dorada fue el 16 de abril de 1945, en las colinas de Seelow, cuando sus artilleros castigaron a los nazis bajo órdenes soviéticas de sus mandos: “¡Por la sangre y el sufrimiento de los caídos, Fuego! ¡A la guarida de los fascistas, Fuego!”.

Washington, Bruselas, Londres y Paris borran el significado de la acción soviética en Seelow. Por largo tiempo, valientes tovarisch (camaradas), bratishka (hermanos), boets (soldados rasos) y partizäny (partisanos) liberaron a miles de personas en Bielorrusia, Lituania, Letonia, Estonia, Ucrania, Checoslovaquia, Rumania, Polonia, Yugoslavia y Bulgaria.

Con el olvido de esta hazaña pretenden borrar que el Ejército Rojo mostró al mundo las atrocidades del nazifascismo y que rescató a judíos, testigos de Jehová, comunistas, gitanos, presos de guerra soviéticos y otros en los campos de concentración y exterminio.

En enero de 1945, el primero en entrar al campo de Auschwitz-Birkenau, Polonia, fue el primer oficial soviético Anatoly Shapiro y describió: “Había tal hedor, que era imposible estar más de cinco minutos; mis soldados rogaban que los dejara ir. Pero teníamos una misión que cumplir”.

Con la gloria de humillar a los alemanes en el frente oriental, los soviéticos llegaron al río Oder en marzo. Con frío cálculo, estadounidenses, británicos y franceses observaban a 100 kilómetros.

En abril, ya en las Colinas de Seelow, el mariscal Gueorgui Zhúkov preparó el asalto contra su adversario, el general Gottfried Heinrich, al mando del Grupo de Ejércitos Vístula. El alemán confió en que el terreno elevado desgastaría el primer ataque soviético.

Zhúkov confió en su infanteria, blindados y artillería del Primer Frente Bielorruso. Al amanecer el 16 de abril, inició la acción con un estruendo que llegó a Berlín. Heinrich no frenó la ofensiva porque se impuso la superioridad soviética sobre la última acción del ejército alemán.

Así inició la marcha de los rojos hacia Berlín, pese a que el alto mando nazi vaticinó que sería la “tumba” de los soviéticos. Su triunfo evidenció la atinada iniciativa estratégica de Iósif Stalin y el mariscal Gueorgui Zhúkov, de socavar al Tercer Reich.

En 1943, arrogante, Franklin D. Roosevelt, declaró: “EE. UU. debe recibir Berlín”, presionado por Winston Churchill, temeroso de que la capital del Tercer Reich quedara en manos de la URSS.

En su búnker, Hitler y el mando central sabían que la batalla por Berlín estaba perdida incluso antes de empezar. Para los Aliados, las victorias soviéticas en Seelow y Berlín significaban que habían perdido el mérito de poner fin a los nazis.

Para denigrar a los soviéticos por su victoria, Occidente la convirtió en vulgar historia de pillaje, aunque la descripción del historiador alemán Ingar Solti reivindica el significado de esa victoria: “Para miles de trabajadores presos y en trabajos forzados, la liberación les llegaba a manos de los soviéticos, a quienes años atrás invadió el Ejército alemán”.

Ante los hechos consumados, los Aliados subieron la tensión que se tradujo en su degradante acción en Reims, Francia. El siete de mayo simularon la rendición de oficiales alemanes de bajo rango para robarle a la URSS el merecimiento por su triunfo.

Por esa arbitrariedad, Stalin ordenó a Zhúkov presidir en Karlshorst, Berlín, la rendición incondicional por el más alto oficial de la Wehrmacht, mariscal de campo Wilhelm Keitel. La madrugada del nueve de mayo de 1945 firmó la capitulación ante el mariscal soviético y así concluyó la contienda bélica de seis años.

Falsificar la historia

Esa “doble rendición” –como sarcásticamente la llaman fuentes de Occidente– fue una estrategia para debilitar la posición geopolítica de la URSS. Y así nació el discurso de que Rusia y nazis son iguales, repetido por analistas, periodistas, centros de pensamiento político, historiadores y publicistas para glorificar la actuación de EE. UU. y sus aliados.

“Así se ve en reportajes y películas de propaganda sobre Normandía, Iwo Jima, celebraciones en París y Nueva York y las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki”, denuncia el escritor Ishaan Tharoor.

En cambio, se minimiza la larga y difícil lucha soviética en esa contienda. La politóloga María Domariska advierte que está en el interés estratégico de Occidente alentar ideas erróneas sobre la Rusia de Putin y deslegitimar su gobierno.

Por ello, el historiador británico Max Hastings, identifica al Ejército Rojo como motor de la destrucción contra el nazismo. En su obra Infierno: el mundo en guerra, afirma: “Fue una fortuna para los Aliados occidentales que los rusos, y no ellos, pagaran casi la totalidad del precio de la derrota de la Alemania nazi, con 95 por ciento de las bajas militares”.

Ésa es la defensa a la memoria del presidente ruso, Vladimir Putin, que ilustra en su ensayo de junio de 2020, en The National Interest. Ahí refuta el revisionismo histórico de Occidente que equipara a la URSS con la Alemania nazi y que, en 2019, el Parlamento Europeo acusara a Rusia por desencadenar la guerra en Ucrania.

Putin recuerda que, en septiembre de 1944, Winston Churchill escribió una carta a Iósif Stalin en la que reconocía que fue “El ejército ruso el que destrozó la maquinaria militar alemana”. Y sentenció: “Profanar e insultar la memoria es mezquino”. Dos años después, desde Novo-Ogaryovo, el Presidente ruso acusó a Occidente de reescribir la historia mundial en un intento por debilitar a Rusia y minar su soberanía al plantar mitos. 

 

¡Hemos ganado!

En mayo de 2015, al conmemorar 70 años de esa gesta, miles de habitantes y visitantes de Stavropol, en el sur de Rusia, admiraron un enorme panel elaborado con cuatro mil 222 imágenes de milicianos rusos formando la conocida imagen Bandera sobre el Reichstag, del fotógrafo de guerra Yevgueni Khaldei, con la frase: ¡Hemos ganado! Мы победили!

La fotografía en blanco y negro, el símbolo universal del triunfo del Ejército Rojo fue personificado por el soldado de Daguestán, Abdulhakim Ismailov, cuando ondea la bandera soviética en el techo del Parlamento alemán y de cuya altura se ve la bombardeada capital alemana.

Esa imagen y la bandera simbolizan el sufrimiento impuesto por la invasión nazifascista y la admirable resistencia de esa nación para reponerse y expulsar al verdugo de Stalingrado en febrero de 1943.

Hoy, pocos saben que anualmente, una semana antes del nueve de mayo, Día de la Victoria, en la actual Volgogrado se arría la bandera rusa y se reemplaza por la bandera roja soviética –insignia del 79º Regimiento del Ejército Rojo bajo el mando de Gueorgui Zhúkov– que selló la rendición incondicional nazi. En esa fecha, Volgogrado asume el nombre de Stalingrado en homenaje a ésa y otras hazañas.

 

 

Después de la batalla

La URSS perdió uno de cada siete ciudadanos; es decir, más de 27 millones entre militares y civiles.

El ejército soviético eliminó más tropas nazis (unos cuatro millones, casi el 80 por ciento) en el Frente Oriental entre 1941 y 1945.

EE. UU. eliminó a unos 300 mil, Reino Unido a unos 200 mil, Francia 50 mil (uno por ciento) y otros 300 mil más.

En la Segunda Guerra Mundial participaron unos 100 millones de soldados y 100 mil tanques.

En junio de 1939, un sondeo reveló que el 84 por ciento de los británicos apoyó la alianza con la URSS, sólo por eso Chamberlain dialogó con Moscú, pero envió un equipo de bajísimo nivel y Stalin se ofendió, explica el historiador Oleg Budnitskii.


Escrito por Nydia Egremy

Internacionalista mexicana y periodista especializada en investigaciones sobre seguridad nacional, inteligencia y conflictos armados.


Notas relacionadas

En pleno auge de la Guerra Fría, el filme soviético Aquí los crepúsculos son más apacibles (1972), del realizador Stanislav Rostotki, da un ejemplo del buen cine realizado en aquel país durante décadas.

La comunicación es arma estratégica en un frente invisible, donde Estados y corporaciones expanden su geopolítica. En tiempos de guerra, manipular emociones y decisiones de la clase trabajadora es vital para las élites.

Las empresas deberán cumplir con planes de producción norteamericanos para obtener el descuento arancelario.

El estrangulamiento energético y la amenaza de un ataque militar para devastar a Cuba, sumados a un bloqueo comercial, político y psicológico por más de medio siglo, sólo tienen un nombre: terrorismo genocida de Estado.

De acuerdo con el diario Business Recorder, tanto Rusia como China han mostrado disposición a respaldar la solicitud pakistaní.

El pontífice condenó las advertencias de Trump y calificó la situación como una “guerra injusta”.

El número de personas que padecen hambre en el mundo podría aumentar de 45 millones a la cifra récord de 673 millones, lo que representa 1395.6% de incremento.

Teherán plantea restricciones al tránsito marítimo en la región y, ante amenazas, endurecerá su postura.

El imperialismo estadounidense ha intentado convencer a la opinión pública mundial que el secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores, ejecutado por las fuerzas armadas de Estados Unidos (EE. UU.), fue un acto de “justicia internacional”.

El aumento de la temperatura, la disminución de la precipitación en forma de nieve y su ubicación son las principales causas de extinción del glaciar.

Tres mil 600 niños han sido deportados desde el 20 de enero de 2025 a la fecha.

Pese al cerco policial, los manifestantes aseguraron que la movilización fue “exitosa”, al demostrar su disposición a continuar reclamando mejores condiciones.

De acuerdo con el jurado de la organización, estas imágenes conforman un retrato urgente del mundo actual.

Más de 96 mil personas permanecen a la espera de intervenciones quirúrgicas debido a la falta de electricidad.