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Internacional
En curso, guerra marítima neoimperialista
Mares y pasos geoestratégicos son el campo de batalla de Estados Unidos (EE. UU.) en su antagonismo con China y Rusia.


Mares y pasos geoestratégicos son el campo de batalla de Estados Unidos (EE. UU.) en su antagonismo con China y Rusia. La contienda por esos espacios (choke points) anticipa conflictos, para los que México carece de estrategia.

Las rutas marítimas protagonizan el análisis geopolítico en el contexto global que deriva del choque de EE. UU. con China, la ofensiva en Ucrania contra Rusia de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la agresión de Israel en Irán y Líbano.

En menos de un lustro, estos conflictos causaron efectos multidimensionales cuyo impacto sobre mares, pasos y estrechos estratégicos han conformado un ámbito permeado por la incertidumbre y la urgencia por garantizar la seguridad de la navegación.

El neoimperialismo de Occidente busca controlar los océanos, es decir, el 70 por ciento de la superficie terrestre. En el blanco de su estrategia de seguridad global se hallan los mares Ártico, Caribe, Mediterráneo, Negro, Rojo e Índico, entre otros; y en pasos como Malaca, Bab al-Mandeb y Bering.

Estos escenarios marítimos son estratégicos porque, en ellos, las potencias realizan operaciones de seguridad abiertas y secretas; compiten comercial, tecnológica y militarmente y, al mismo tiempo, extraen recursos legal e ilegalmente.

Estas actividades son descritas precisamente en algunos análisis publicados en buzos, entre ellos los titulados Piratería o soberanía, dilema geopolítico de Occidente (marzo de 2025); EE. UU. acosa a China y Rusia en el Estrecho de Gibraltar (julio de 2025).

La actual puja por el Estrecho de Ormuz exhibe esta “guerra de corredores económicos” o espacios para la importación de energía, bienes de consumo y recursos críticos, así como vitales para la seguridad regional y global. Ésta es la forma con que la ofensiva estadounidense-israelí sobre Irán cambió al mundo desde el 28 de febrero.

Manipulación imperialista

Las sucesivas guerras neoimperialistas de la Casa Blanca escalaron las crisis en el Mediterráneo, el Mar Negro, el Mar Rojo y las naciones ribereñas, cuyos efectos se sienten en las cadenas globales de suministro de energía, bienes de consumo y recursos estratégicos.

Hoy se afirma que a medida que el Mar Ártico se abre, el paso entre Groenlandia, Islandia y Escocia emerge como nueva región en disputa, por lo que los expertos plantean una “nueva era de disputa marítima”.

Tras el injustificado ataque a Irán y la idea de hacer de Canadá el estado 51 de la Unión Americana, en el editorial del diario estadounidense Chicago Sun Times se advierte que la ocurrencia de Donald Trump “no es más que imperialismo”.

La guerra neoimperialista contempla la manipulación informativa. Así lo evidencia la cinta Capitán Phillips, que degradó a “piratería” la defensa de los derechos territoriales del pueblo somalí contra el robo de sus bancos de peces que navíos de Occidente hacían en el Cuerno de África. Este contexto violento “avivó la alarma y ansiedad por esta nueva era imperial”, alerta el investigador Lü Chao, de la Academia de Ciencias Sociales de Liaoning.

Pacífico, seda y perlas

El océano Pacífico es la región de mayor relevancia estratégica para EE. UU., porque a través del Mar de China Oriental se enlaza con el Mar de China Meridional –donde controla sus rutas de comercio y enclaves militares– y acosa a la República Popular China (RPCh).

Además, los dos mares chinos conectan con el Cuerno de África y los mares Índico y Arábigo. En ambas vías, China proyecta su poder naval, vigila y asegura sus rutas de suministro con la estrategia militar Collar de Perlas.

La estrategia de control estadounidense sobre el Pacífico –así como la denominada “cadena de islas”, concebida en 2007 por la consultora Booz Allen Hamilton para el Departamento de Defensa– alude a puertos, centros de logística comercial y bases navales como propiedad marítima.

Desde el inicio de este siglo, a EE. UU. le preocupa la exitosa Iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda de China y difundió una campaña de provocación en los mares chinos que incluyó supuestas colisiones contra sus embarcaciones y las de sus aliados, así como falsas agresiones a Taiwán.

Tal estrategia explica el rearme de Japón, la política anti-China de Australia, la agresividad de Filipinas y cíclicos roces con la RPCh que han convertido al Mar Meridional de China en un foco candente.

Otro punto rojo en la zona es el muy transitado Estrecho de Taiwán, de 180 kilómetros, convertido en zona de alta tensión por la fuerte presencia militar estadounidense en “apoyo” a Taiwán y contra China, que defiende su soberanía en el Mar Meridional.

EE. UU. clasificó al estrecho como “riesgo sistémico”, pues sostiene –sin probar– que China puede bloquearlo y crear una conmoción comercial masiva que causaría la pérdida de 10.6 billones de dólares. Con este argumento justifica la intención de EE. UU. por frenar la expansión global de la Iniciativa de la Franja y la Ruta.

Monroe en el Caribe

El actual control hegemónico de EE. UU. sobre regiones fundamentales del planeta está provocando problemas incluso con sus aliados de Occidente. En enero pasado, el presidente francés Emmanuel Macron acusó a Donald Trump de romper las normas internacionales y alejarse de Europa en lo que llamó “su nuevo colonialismo y neoimperialismo”.

Hoy, el Caribe revive la Doctrina Monroe porque Trump ve a América Latina y el Caribe como su patio trasero e impide que sus gobiernos suscriban tratados comerciales, financieros, tecnológicos, culturales o deportivos con potencias extrarregionales; léase China, Rusia, Irán o Turquía.

El monroísmo neo-imperial es tan vulgar que abusa de la fuerza, como lo evidenció durante el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro, que estuvo precedido por el asesinato con misiles, a manos del Comando Sur, de al menos 110 civiles que navegaban en el Caribe sobre embarcaciones ligeras; el pretexto fue la sospecha infundada de envíos de drogas a EE. UU.

Este abuso de la fuerza letal contra civiles indefensos es terrorismo, pero su práctica está contemplada como de máxima prioridad en la Estrategia de Defensa Nacional, definida el pasado 23 de enero para defender el territorio nacional de las “amenazas” externas.

El despliegue de la operación Lanza del Sur en el Caribe, así como las amenazas contra México y Colombia, retratan al neoimperialismo con todo su cinismo; y es tan agresivo como el neocolonialismo, afirmó el director del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Academia China de Ciencias Sociales, Guo Cunhai, al Global Times.

Fracaso en el Pérsico

Durante varias décadas, los Estados árabes del Golfo Pérsico, fueron los grandes referentes en el ámbito energético mundial, cuya bonanza abrió a sus gobiernos las puertas de Occidente y los hizo adoptar nuevas normas sociales y respaldar su seguridad con pactos suscritos con EE. UU.

Así se mantenían hasta el 28 de febrero, cuando Israel y EE. UU. atacaron a Irán en una operación que rompió el frágil equilibrio regional y expuso a los Estados ribereños del Pérsico a la represalia iraní.

Las monarquías perdieron de pronto su estabilidad y actualmente se encuentran en una zona de conflicto militar. De ser nodos fundamentales del comercio entre Europa, Asia, África y corredores seguros, hoy sufren las secuelas por su decidida alineación con EE. UU. y una agresión injusta contra un vecino pacífico.

En unos días, Arabia Saudita, Baréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Omán y Kuwait han experimentado nuevas y desafiantes reorientaciones de su visión geopolítica, explica Jonathan Elkind, del Centro de Política Global Energética.

Todo el esfuerzo previo de las monarquías del Pérsico cayó en el descrédito. Crearon infraestructura de crudo y gas, logística comercial, transportación y finanzas; pero con su desatinada decisión, el Golfo Pérsico ya no es un pasillo seguro ni el punto de equilibrio de poder en la región.

Irán reaccionó a la agresión concertada de EE. UU. e Israel con actos quirúrgicos, como el incendio a la ciudad industrial Ras Laffan, que ocasionó a Qatar la pérdida del 17 por ciento de sus exportaciones de gas. Los drones persas se perfilaron contra el aeropuerto de Dubái, bases aéreas de EE. UU. y Reino Unido en Arabia Saudita, Qatar y Kuwait.

Esta situación causó la fuga de capitales e inestabilidad política en esos Estados y los bancos CitiStandard Chartered y HSBC evacuaron sus oficinas en Dubai y Qatar.

El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica garantiza la seguridad del Golfo Pérsico, donde Irán tiene la mayor costa, con 989 kilómetros; pero después de dos meses de guerra ha perdido su estabilidad; y hoy, las embarcaciones que cruzan sus aguas deben pagar tarifas más altas de sistemas de navegación y contratos de seguro por riesgo bélico.

Aledaños al Pérsico están el golfo de Omán y el mar Rojo, cuyo futuro estará determinado por lo que suceda en el corto plazo sobre el Estrecho de Ormuz. Entretanto, los valientes hutíes yemeníes de Ansar-alá alistan sus fuerzas para defender el estrecho de Bab el-Mandeb. Éstos son los efectos del neoimperialismo que optó por los misiles en vez de la diplomacia.

Malaca: muro contra China 

En medio de la tensión Washington-Teherán cobra importancia el Estrecho de Malaca, el paso de 900 kilómetros existentes entre Indonesia, Malasia y Singapur, y que une a los océanos Índico y Pacífico. Ahí transita el 40 por ciento de los energéticos que importa China y el 25 por ciento de la cadena global de suministros.

Desde el pasado 13 de abril, EE. UU. fue autorizado a vigilar ese importante paso. Ese día, Pete Hegseth, el Secretario de Guerra de EE. UU., firmó el acuerdo de Asociación de Cooperación en Defensa (ACD) con su homólogo de Indonesia, Sjafrie Sjamsoeddin, que le otorga esa facultad estratégica en Malaca.

A pesar de la oposición local, el gobierno de Indonesia abrió su espacio aéreo a aviones estadounidenses. Los opositores rechazaron el proyecto cuando trascendió que Trump pidió “acceso ilimitado” de sobrevuelo a sus aeronaves militares para su homólogo indonesio, Prabowo Subianto.

Especialistas ya plantean el “dilema de Malaca”, porque el debate se centra en la cesión de la soberanía indonesia; otros, como Sadho Ram, también apuntan hacia la “vulnerabilidad de Beijing”, pues el acuerdo agrava la fricción entre EE. UU. y China.

A esta compleja ecuación se suma India, otra potencia regional cuya seguridad y economía se juegan en ese estrecho, donde transita el 60 por ciento de su comercio. Cuando firmó el acuerdo con Indonesia, EE. UU. sabía bien que en Malaca se miden las fuerzas India y China, y le pareció verlas reñir.

No es casual que la prensa india difundiera el pacto, porque la vigilancia estadounidense sobre ese choke points podría provocar que los marines lo cierren para asfixiar la economía china o para presionar más a India.

Aunque no es factible este bloqueo, que implicaría un conflicto armado de dimensiones extraordinarias, como lo afirma el experto Alejandro Puigrefagut, quien supone que ese riesgo potencial “sólo lo generaría la Armada de EE. UU.”. 

 

 

Enemigo en el Golfo

La ofensiva imperialista contra Irán cambió la concepción política sobre el Golfo de México. De ser escenario periférico, este mar de mil 550 kilómetros cuadrados pasó a ser clave para este país, porque domina el 48 por ciento de su espacio mientras que EE. UU. posee el 45 por ciento, y Cuba el cinco por ciento.

El Golfo se une con el océano Atlántico por el Estrecho de Florida y Cuba; y también con el Mar Caribe, por el Canal de Yucatán. A la par bordea los estados mexicanos de Tamaulipas, Veracruz, Tabasco, Campeche y Yucatán; y cinco estadounidenses: Texas, Luisiana, Mississippi, Alabama y Florida.

Para México, este escenario resulta vital para su seguridad nacional, pues le brinda alimentos, agua, recursos, seguridad, empleo, recreación y lo comunica con el exterior.

Durante muchos años, los gobiernos de EE. UU. y México discutieron sobre sus límites y recursos con relativa estabilidad, pero todo cambió por la competencia en la exploración y explotación de energéticos. De esta “geografía en disputa” salió la orden ejecutiva 14172 de Donald Trump para renombrarlo “Golfo de América” el 20 de enero de 2025.

México se opuso a esa nueva denominación, debido a que, desde hace cuatro siglos, se le llama Golfo de México. Para EE. UU., este mar es esencial para su control militar, comercial y energético, pues en altamar tiene instaladas sus plataformas de producción petrolera más desarrolladas, entre ellas Argos, Stones y Appomattox.

Cuba actuó cautelosa ante ese desafío, aunque cuestiona su derecho a recursos energéticos en su plataforma del golfo, con la que sería autosuficiente. Un año después, Trump le prohibió abastecerse de energía, anunció más sanciones y una invasión militar.

EE. UU. quiere ocupar La Isla. En 2004, la Comisión de Ayuda para una Cuba Libre, que dirigió Colin Powell, seguía la orden del entonces presidente George W. Bush de “acelerar” la invasión y su dominio territorial. En 2025, John Kerry planeó lo mismo con apoyo de Warren Buffett, entonces el segundo hombre más rico del mundo, reporta el investigador Gian Carlo Delgado.

No es casual que EE. UU. dinamice la concesión de campos a multinacionales petroleras y la injerencia de think tanks como el Instituto de Investigación Harte que, con la holandesa Shell Exploration, diseñaron el programa Estado del Golfo de México 360º.

Este frenesí neocolonial exhibe el riesgo real de que tales firmas se apropien del crudo del Golfo, estimado hasta en 100 mil millones de barriles, como alertó Delgado desde hace 20 años.

 

Cerrar a Rusia el Mar Negro

Este mar es estratégico para Rusia porque es su principal arteria económica y militar hacia el Mediterráneo, el Medio Oriente y otros “mares cálidos”. Además, representa una barrera contra la expansión de la OTAN y un muro defensivo contra todo intento de invasión occidental. También colindan con sus aguas Turquía, Rumania y Bulgaria, miembros de esa alianza. Sin embargo, el Kremlin ha sido hábil para superar cualquier tensión por la supremacía marítima; debido, precisamente, a que desde 2014, consolidó su influencia en Crimea y el Mar de Azov con el referéndum otorgado por su soberanía.

Rusia pudo responder así a sus necesidades frente a las sanciones multidimensionales impuestas por Occidente. Desde el puerto de Novorossisk exporta combustibles, fertilizantes y cereales; además, su base en Sebastopol, Crimea, es un emporio crítico para la flota rusa del Mar Negro.

El hostil Occidente asegura que, desde ese mar, Rusia controla puertos ucranianos; pero sus medios y analistas ocultan la persistente campaña de ataques con drones enviados desde Ucrania. Sin embargo, el pasado 25 de marzo, el primer vicepresidente del Comité de Defensa y Seguridad del Consejo de la Federación Rusa, Vladimir Chizhov, anunció que, por ese mar, su país proporcionaría paso seguro a los barcos con productos agrícolas.

 

 


Escrito por Nydia Egremy

Internacionalista mexicana y periodista especializada en investigaciones sobre seguridad nacional, inteligencia y conflictos armados.


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