En México, un vuelo ejecutivo en helicóptero cuesta entre 2,500 y 7,000 dólares por hora, es decir, aproximadamente entre 43 mil y 122 mil pesos mexicanos.
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Las amas de casa de Puebla ahora deben ajustar su gasto y comprar menos productos porque la despensa alimentaria de sus familias resulta cada vez más inalcanzable.
La canasta básica, que se integra con 44 productos necesarios para sobrevivir, cuesta hoy mil 813 pesos en la entidad, 85.5 pesos más que hace un año. El aumento parece pequeño, pero esconde alzas en los alimentos indispensables.
Según el último reporte del Índice Nacional de Precios al Consumidor, elaborado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), difundió que el jitomate subió 60.33 por ciento, el limón 20.14, el tomate verde 20.14 por ciento; y que la papa en tan solo un mes se incrementó 15.32 por ciento.
Además, la sal de mesa, aderezo infaltable en la cocina mexicana, aumentó seis por ciento; y la carne de res ahora es un recuerdo en muchos hogares, porque su precio ronda los 220 pesos por kilogramo.
La Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2024, del Inegi, reveló que una familia promedio en Puebla gana 20 mil 720 pesos mensuales, cantidad que puede considerarse alta, pero si se le compara con la media nacional, de 25 mil 955 pesos, tiene una brecha de 29.9 por ciento.
Pero el problema más grave radica en la mala distribución del ingreso: el 82.7 por ciento de la Población Económicamente Activa (PEA) percibe diez mil 372 pesos o menos al mes, apenas por encima del salario mínimo, que representa entre nueve mil 451 y nueve mil 582 pesos mensuales.
Para adquirir los 44 productos de la canasta básica, una familia de cuatro personas necesita siete mil 252 pesos al mes; y si a este gasto se añaden los de vivienda, transporte, salud y educación, el monto total se eleva a más de ocho mil pesos mensuales por persona y 32 mil pesos por sus cuatro integrantes.
Es decir, se requieren más de tres salarios mínimos para cubrir la canasta básica de una familia; pero el ingreso promedio por hogar en Puebla corresponde a 20 mil 720 pesos, apenas 2.19 salarios mínimos mensuales, con lo que muchas familias pueden caer en pobreza multidimensional si quienes trabajan no se emplean tiempo completo.
El Inegi reportó que, en el tercer trimestre de este año, el 39.2 por ciento de los poblanos vive en pobreza laboral, es decir, aunque tengan empleo no pueden comprar la canasta alimentaria. Y, de acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, casi medio millón de poblanos (481 mil) se encuentran en pobreza extrema.
En el primer trimestre de 2025, Puebla tenía tres millones 14 mil personas ocupadas, de las cuales sólo 619 mil tenían empleo formal con seguridad social, según los reportes de la Secretaría de Economía. Es decir, sólo uno de cada cinco trabajadores tenía contrato, Seguro Social y aguinaldo; mientras que el resto, una considerable mayoría, se ocupaba en la informalidad.
La Secretaría del Trabajo y Previsión Social cuantificó a estos informales en dos millones 136 mil, cifra equivalente al 68.2 por ciento de la PEA local, muy por encima del promedio nacional de 55.4 por ciento.
La mayoría son vendedores ambulantes, trabajan en micronegocios o en la agricultura de subsistencia, sin seguridad social ni derechos laborales. Los jóvenes son los más golpeados: 440 mil de entre 15 y 24 años, el 87 por ciento de este segmento social.
¿Por qué Puebla no logra salir de este pozo?, fue la pregunta que este semanario realizó a Jesús Lara, economista egresado del Colegio de México y doctorante en la Universidad de Massachusetts Amherst. Su respuesta fue la siguiente:
“El problema central de la economía mexicana es un bajísimo crecimiento económico, combinado con una enorme desigualdad que ha aumentado. Esto viene de décadas. Millones de familias no pueden acceder a bienes y servicios básicos para una vida digna. La generación de empleos es muy lenta y los empleos que se crean tienen salarios muy bajos”.
Con respecto a la informalidad, Lara distingue dos tipos: “Una es la informalidad dentro de empresas formales (empleados sin contrato), que podría combatirse con vigilancia más estricta. Pero la raíz es otra: el empleo en el sector informal propiamente dicho se debe a la falta de desarrollo económico para que genere empleos en unidades productivas de mayor escala. La gente se autoemplea en actividades de muy baja productividad que apenas dan un sustento mínimo”.
Además, explicó que los únicos países que han reducido exitosamente la informalidad son los que presentan desarrollo industrial acelerado, como los pertenecientes al este asiático, particularmente China.
Según cifras del Inegi, en Puebla, la pobreza laboral afecta al 41.7 por ciento de la población, las jornadas son extensas y los bajos salarios obligan a aceptar cualquier trabajo, con o sin contrato. Así que las familias requieren más ingresos.
Por ello, en esta entidad no son raras las familias en las que el padre trabaja en la construcción por la mañana, maneja un auto-taxi bajo los lineamientos de las plataformas digitales por la noche (Didi o Uber); la madre vende comida en el mercado y el hijo mayor reparte paquetes sin seguro laboral.
Muchas personas tienen dos o hasta tres empleos informales porque uno solo no alcanza para cubrir la canasta básica alimentaria. En la primera quincena de febrero pasado, el Inegi reportó que Puebla presentaba una inflación del 3.47 por ciento, en un rango previsto por el Banco de México, razón por la que el gobierno estatal “respiró tranquilo” y festejó que la inflación estuviera “bajo control”, sin proponer ninguna otra medida para atender a la población afectada.
Sin embargo, la cifra esconde una realidad cruel para las familias: mientras la inflación general está “controlada”, el precio de los productos frescos –justo los que consume la mayoría– se ha incrementado.
Pero, además, no aparece por ningún lado la política pública que enfrente esta situación. La Procuraduría Federal del Consumidor monitorea normalmente, pero los voraces comerciantes de las centrales de abasto actúan con absoluta impunidad.
Las tarjetas del “bienestar” no alcanzan ni para cubrir el costo de un tercio de la canasta básica mensual y el gobierno del estado, en lugar de aplicar topes temporales o redes de distribución directa, se limita a emitir boletines presumiendo que “Puebla no es la entidad más cara”.
Aunque la Cámara de la Industria de la Transformación local advirtió que la situación en Medio Oriente y el aumento en el precio de las gasolinas –la regular a 25 pesos y la Premium a 28– encarecerán la canasta básica entre el 10 y 15 por ciento o más, el gobierno no ha anunciado ningún plan para enfrentar la contingencia.
Las amas de casa afirman que, ante el alza en los precios de los productos básicos, compran menos, con lo que realmente aclaran que adquieren proporciones menores o a granel y sustituyen marcas de mercancías.
“Hace un año gastaba aproximadamente 700 pesos, considerando comprar carne y un poco de fruta y verdura porque los precios eran menores. En la actualidad es el doble y uno tiene que administrarse. Ha habido ocasiones en que dejamos de comprar productos. Nos pasó con el limón, que subió el triple, el aguacate y de plano los dejamos de consumir. Cuando sube el precio de un día para otro debes usar un poco menos porque no alcanza. Racionamos lo que vamos comprando; anteriormente nos alcanzaba bien para consumir un poquito mejor”, señaló, etrevistada por buzos, María González, madre de dos hijos que estudian la universidad.
Indira Olán, madre de familia, comentó: “hace un año gastaba aproximadamente mil 500 pesos semanales y ahora gasto dos mil 800, eso únicamente de comida. Ya no puedo comprar cosas como postres, yogurt, quesos y leches descremadas; a veces compro carne de res”.
Para que rindan sus ingresos, sus familiares ahora sólo consumen carne una vez a la semana, cuando antes lo hacían en tres ocasiones. “En mi familia, tanto el padre como la madre tenemos empleo. Trabajamos ocho horas al día, cinco días a la semana. Uno aporta mil pesos semanales para la comida, el otro entre mil 800 y dos mil. Aun así, no es suficiente”, detalló.
Doña Laura, cuyo esposo es mariachi y su hija mayor dejó sus estudios para entrar a la Guardia Nacional, detalló cómo han sobrevivido: “El año pasado gastaba como 500 pesos a la semana en la despensa. Ahorita gasto unos mil pesos”. Y, como miles de amas de casa, sustituyó los productos de “marca” por genéricos o mercancías a granel.
Doña Elvira, otra de las amas de casa afectadas por el incremento de los precios, reportó a este medio que “hace un año gastábamos 800 pesos semanales entre verdura y un poco de carne. Ahora son entre mil 300 y mil 400 a la semana. Ya dejé de comprar carne y salchichonería. El aceite también. A lo mejor en otras familias que ganan más, no les afecta; pero uno que va al día, sí nos perjudica”.
Para cubrir sus gastos semanales, ha recurrido a sus familiares. “Hemos tenido que pedir prestado con la familia. Le digo a mi cuñada: no seas malita, préstame 200 pesos y te doy la mitad esta semana y la mitad la otra”.
Aunque los gobiernos estatales y el Federal entregan miles de apoyos a quienes más lo necesitan, no todas las personas pobres los reciben. Doña Elena, por ejemplo, cuyo esposo falleció en fecha reciente y sus hijos no encuentran empleo estable, narró a buzosque nunca he recibido ningún apoyo: “Metí papeles para las becas y nunca me tocó nada; ni apoyos, nada de eso”.
Sobre sus gastos personales informó que antes gastaba unos 150 pesos diarios o 750 semanales, pero ahora sus gastos superan esos montos, por lo que “si antes compraba tres o cuatro piezas, ahora nomás compro dos. Hay que achicar más el huevo o el aceite; comprar manteca en lugar de aceite. Cada día suben más las cosas”.
Hay muchas personas de la tercera edad que han regresado a trabajar porque sus pensiones laborales no les alcanzan para cubrir sus gastos. Es el caso de doña Anita, cuyo esposo también es pensionado, pero ni así les alcanza y tuvo que volver al trabajo.
“Hace un año gastaba de 500 a 700 pesos a la quincena. Ahora tengo que limitarme a comprar un kilito de frijol, uno de arroz, sopitas para pasar la semana. Mi esposo trabaja 12 horas diarias. Nunca he recibido ningún apoyo. Si pudiera decirle algo al gobernador, no creo que él me pueda ayudar. Los precios no dependen de él, dependen de lo más alto. Y si los más altos no se preocupan, menos él”, sentenció.
Miriam Trinidad señaló: “hace un año gastaba unos 500 pesos a la semana. Ahora gasto mil o mil 500 para lo básico y a veces no alcanza ni para eso. Comemos pollo dos veces a la semana porque sale más económico. Antes eran cinco veces. Hemos tenido que hacer sólo dos comidas al día: el almuerzo y la comida algo tarde. En la mañana sólo un café con pan o galletas y en la cena igual, café o té. Ya no compramos ropa ni zapatos, a menos que sea muy necesario. Cuando el gobierno anuncia que la inflación está bajo control, no lo creo, porque los productos cada vez suben más; y no veo que mi dinero rinda para comprar lo básico para comer”.
Frente a la realidad que enfrentan las familias mexicanas, organizaciones como el Movimiento Antorchista Nacional han formulado cuatro propuestas de solución: 1) Crear empleos para todos los que quieran trabajar; 2) Aumentar sustancialmente los salarios; 3) Aplicar una reforma fiscal progresiva y 4) Reorientar el gasto público.
El economista Jesús Lara aclaró que una reforma fiscal progresiva tendría el objetivo fundamental de “aumentar los recursos del Estado para proveer bienes y servicios: hospitales, escuelas, infraestructura. Puede hacerse de muchas maneras: impuestos a herencias, a la riqueza, tasas más altas a los ingresos más altos. La teoría económica ha avanzado mucho en ese sentido”.
Sin embargo, puntualizó, se enfrenta a un obstáculo político mundial: “En la práctica son muy pocos los países que han logrado implementar este tipo de reformas. Provocan el rechazo de los sectores más ricos que, además, controlan gran parte de los recursos. Y en un mundo globalizado, los países compiten ofreciendo las condiciones más atractivas para el capital. Ofrecer impuestos bajos es una de las más importantes. Es una carrera hacia el abismo”.
¿Hay salida?, se le preguntó. Lara cree que sí, pero requiere más piezas: “Para que una reforma fiscal progresiva funcione, debería estar acompañada de restricciones a la movilidad del capital e idealmente de coordinación internacional. Si se implementara simultáneamente en muchos países, los obstáculos serían menores. Pero eso, por ahora, es un escenario muy lejano”.
Ante la inflación que golpea a las familias, Lara propone medidas concretas. En el corto plazo “se pueden implementar controles de precios en sectores fundamentales para evitar que el alza de algunos bienes se transmita al resto”. En el mediano plazo, sugiere un mecanismo más estructural:
“El Estado puede acumular reservas de petróleo, granos, fertilizantes: comprar cuando el precio es bajo y vender cuando sube para estabilizar el mercado. China hace eso. Requiere visión de largo plazo”. Sus propuestas de solución son claras, pero ninguna de ellas está a discusión en Puebla.
“Cualquier política que de verdad pretenda enfrentar estos problemas, necesitará un crecimiento económico más acelerado, enfocado en el desarrollo de la industria nacional. No hay atajos”, añadió.
El ingreso laboral percapita en Puebla es de apenas dos mil 740 pesos mensuales, 18 por ciento por debajo de la media nacional, a decir del Inegi. Esto significa que cada persona dispone de 90 pesos diarios para todo: comida, transporte, vivienda, salud, etc.
El costo de la vivienda ha subido 86.5 por ciento en seis años; solamente el 22 por ciento de la población tiene seguridad social y el gasto corriente promedio por hogar corresponde a 13 mil 906 pesos.
Mientras tanto, el gobierno de Alejandro Armenta sigue sin presentar un programa de apoyo alimentario; no ha convocado a diálogo con los comerciantes; no ha exigido bajar el Impuesto Especial a Productos y Servicios a los combustibles; y no ha puesto límites a la especulación comercial en la Central de Abastos. Su única acción pública ha sido declarar que “la inflación está bajo control”.
En México, un vuelo ejecutivo en helicóptero cuesta entre 2,500 y 7,000 dólares por hora, es decir, aproximadamente entre 43 mil y 122 mil pesos mexicanos.
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La sobreexplotación de mantos acuíferos, presas y la cuenca del Alto Atoyac, podrían dejar sin agua a gran parte del estado de Puebla en 2032, como ya está ocurriendo en varios de sus municipios.
La población apenas cuenta con ingresos suficientes para cubrir sus necesidades mensuales.
El jitomate fue uno de los productos que más presionó al alza.
La mañana del pasado ocho de marzo, cientos de poblanos marcharon sobre la Avenida Juárez gritando la consigna: “No estamos para caprichos”, con la que además denunciaron lo absurdo de ese gasto: ¡siete mil millones de pesos!
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Escrito por Silvana Mortera
@MorteraOfic