Un ejemplo sintético de las ideas de Juan Ruiz de Alarcón (Taxco, Nueva España, 1581–Madrid, España, 1639) en torno al rol femenino se encierra en el Tercer acto de Todo es ventura.
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La Luna, ese tópico de la literatura universal, presente en los más antiguos mitos fundacionales de todas las culturas, reinando en los cielos cuando el Sol se oculta, guiando a caminantes extraviados, orientando a sembradores y marinos; considerándola benefactora, misteriosa, mágica o maligna, todos los poetas le han cantado a través de los siglos; y de los versos lunares de cada uno de ellos bien se podría intuir su visión del mundo y la realidad que les tocó en suerte.
El asesinato y la persecución de poetas e intelectuales a manos del franquismo es un baldón imborrable en la historia de las letras de España y el mundo. A menudo los antologistas se preguntan cuántas obras maestras más hubiera producido Federico García Lorca si en agosto de 1936 no hubiera caído en manos de las “escuadras negras”. La conmoción mundial que su asesinato provocara lo convirtió en bandera de lucha contra la represión política.
Su obra, que no pudo ser silenciada, a menudo se ambienta en escenarios nocturnos, donde la oscuridad, lejos de poseer connotaciones negativas, es un manto que envuelve a los perseguidos y los oculta del peligro circundante. Y la Luna adopta en su poesía el odioso papel de delatora, revelando intencionalmente el escondite a los captores para disfrutar de la violencia y el crimen.
En el poema dramático Bodas de sangre (1933), la Luna alumbra el camino de los amantes fugitivos para facilitar su captura; afilada y fría como un arma blanca, ávida de sangre, la Luna llena ilumina cada rincón donde puedan esconderse. La Luna también es una personificación de la Muerte, que revela el sitio donde se oculta la presa.
Todo este poema dramático, escrito en el popular metro octosílabo del Romancero, es una rutilante procesión de metáforas de altísima factura y de logradas antítesis: al claroscuro de la noche y los rayos lunares, se suma el desesperado deseo de contemplar el color de la sangre; y al frío del agua, la nieve, el cristal o el diamante, se opone el anhelado calor de los cuerpos aún vivos.
Cisne redondo en el río,
ojo de las catedrales,
alba fingida en las hojas
soy; ¡no podrán escaparse!
¿Quién se oculta? ¿Quién solloza
por la maleza del valle?
La Luna deja un cuchillo
abandonado en el aire,
que siendo acecho de plomo
quiere ser dolor de sangre.
¡Dejadme entrar! ¡Vengo helada
por paredes y cristales!
¡Abrid tejados y pechos
donde pueda calentarme!
¡Tengo frío! Mis cenizas
de soñolientos metales
buscan la cresta del fuego
por los montes y las calles.
Pero me lleva la nieve
sobre su espalda de jaspe,
y me anega, dura y fría,
el agua de los estanques.
Pues esta noche tendrán
mis mejillas roja sangre,
y los juncos agrupados
en los anchos pies del aire.
¡No haya sombra ni emboscada,
que no puedan escaparse!
¡Que quiero entrar en un pecho
para poder calentarme!
¡Un corazón para mí!
¡Caliente!, que se derrame
por los montes de mi pecho;
dejadme entrar, ¡ay, dejadme!
(A las ramas):
No quiero sombras. Mis rayos
han de entrar en todas partes,
y haya en los troncos oscuros
un rumor de claridades,
para que esta noche tengan
mis mejillas dulce sangre,
y los juncos agrupados
en los anchos pies del aire.
¿Quién se oculta? ¡Afuera digo!
¡No! ¡No podrán escaparse!
Yo haré lucir al caballo
una fiebre de diamante.
Un ejemplo sintético de las ideas de Juan Ruiz de Alarcón (Taxco, Nueva España, 1581–Madrid, España, 1639) en torno al rol femenino se encierra en el Tercer acto de Todo es ventura.
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Escrito por Tania Zapata Ortega
Correctora de estilo y editora.