El Atharva Veda, uno de los libros sagrados de la India, nos ha llegado en dos recensiones, la de la escuela de los Shaunakiyas y la de la escuela de los Paippaladas.
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No podrán atarnos, de Jorge Enrique Adoum
Es interminable la lista de pueblos invadidos, saqueados y esclavizados en el mundo; y lo es también el número de caudillos heroicos liderando las resistencias, causando cuantiosas bajas en las huestes de su enemigo, avergonzando a los soberbios generales; y luego, presos, torturados hasta la muerte, quemados y disueltos en el viento, volver a la vida en los movimientos que se oponen a los conquistadores. Cada nación que se resiste a olvidar su pasado tiene sus propios hombres-mito.
De dos de estos héroes habla el poema que hoy compartimos: de Jacinto Canek, líder de la sublevación maya de 1961, objeto de una de las ejecuciones más crueles que se conozcan, pero inmortal símbolo de la resistencia contra la explotación colonial en la Península de Yucatán; y de Rumiñahui (en quechua, “ojo de piedra”), general del ejército incaico, hermano de Atahualpa, bravo combatiente contra la invasión europea en Ecuador, ejecutado en la hoguera en la Plaza Grande de Quito en 1535 y, no obstante, vivo en el alma de su pueblos que se niega a ser sometido.
Fusión espiritual de ambos símbolos de la resistencia de los pueblos originarios al colonialismo español, No podrán atarnos, del poeta ecuatoriano Jorge Enrique Adoum (1926-2009) es una bien lograda resurrección poética de ambos guerreros, indómitos, inmortales en el recuerdo de sus pueblos, de cuyas cenizas, esparcidas en Quito y Yucatán, como átomos de rebeldía, han de renacer hoy millones de combatientes para frenar las ansias de expansión neocolonial.
Publicado en Relatos del extranjero (1955), el poema evoca a Rumiñahui retando al invasor, recordándole la superioridad numérica y la fortaleza de su tribu y cómo, tras su muerte, su espíritu sigue ahí, llamando a las generaciones siguientes a unirse en defensa de su suelo contra el imperio estadounidense.
No podréis atarnos: os faltará cordel.
(De una proclama de Kanek)
Rumiñahui –rostro de piedra y patria–
cuando vio al conquistador en su caballo
errante, gritó desde la altura: El suelo
es nuestro, no se cambia por espejos
o cruces o abalorios, no hay ciudad
ni mujer para el extraño ni dorada
joyería para el rey. Y el español,
atándole las manos, quemándole
los pies que habían ya trazado
el único camino que conozco, decía:
Ahí va el agitador, recibe órdenes
contra nosotros. Y Rumiñahui respondía:
Mi tribu es grande, no podréis
atarnos. Os faltará cordel.
(El héroe aún está en la montaña
confundido con la tierra y su heroico
poblador. Cada día estuvo allí
hablándonos, creciendo con nosotros,
dictándonos a grandes voces el destino).
Y cuando otra vez llega el extraño
e invade la bodega de la patria y sus asuntos,
e impone pactos de guerrero que no soy
y no quiero, y edictos de tierra conquistada
que negamos, me tiemblan en la boca
las antiguas palabras –sangre, sonido,
arcilla–: La patria es nuestra
todavía, no está en venta su volcánico
archipiélago, no hay ni mineral
ni hombre que ayude a la violencia.
Y el norteamericano me señala,
me incluye en su lista de áspera
venganza (como un aro me circundan
sus leyes) y dice: Miradle, también
éste recibe órdenes contra nosotros.
Y Rumiñahui, desde la cumbre, sigue
repitiendo: No podréis atarnos.
Mi tribu creció a pueblo innumerable
y libre, y os faltará cordel, siempre
os faltará mucho cordel.
El Atharva Veda, uno de los libros sagrados de la India, nos ha llegado en dos recensiones, la de la escuela de los Shaunakiyas y la de la escuela de los Paippaladas.
Toda su obra es un profundo, vigoroso y sostenido grito de combate colectivo.
La palabra Veda significa “conocimiento” y según la tradición constituye la sabiduría revelada o, literalmente, “escuchada”.
Su primera novela fue Lanark, una vida en cuatro libros. En
El espíritu revolucionario se nutre de grandes gestos; y este acto de escribir.
En Er boga chaclatan (El boga charlatán), uno de los 16 poemas incluidos en Cantos populares de mi tierra (1877), el personaje afrodescendiente presume sus conquistas amorosas y relata sus aventuras, riñas y tretas para escapar.
Hijo natural de un hacendado y una lavandera negra, la infancia del poeta, dramaturgo y traductor colombiano Candelario Obeso (1849-1884) transcurrió en medio de la precariedad en su natal Mompox, dos años antes de la abolición de la esclavitud en su país (1851).
Miguel Torga nació en1907 y murió en 1995. Escribió 12 novelas, tres diarios, 12 colecciones de cuentos, media docena de obras de teatro.
Al contemplar las sorprendentes construcciones antiguas y modernas, a menudo se olvida el esfuerzo realizado por sus creadores.
Nacido el 18 de marzo de 1809, fruto de la unión libre de una bailarina española y un barbero afrocubano, Plácido fue entregado a la “Casa Cuna del Patriarca San José”.
Considerada la obra de su madurez como poeta, y fundamental para entender su obra, Centro del Mundo es un extenso poema dividido en 17 cantos.
Así canta a su patria cubana, por la que luchó toda la vida, la escritora, crítica literaria y poetisa revolucionaria Mirta Aguirre Carreras.
Poetas acráticos es el nombre que Julio Molina Núñez y Juan Agustín Araya (Óscar Segura Castro) dan, en Selva lírica.
La muerte, que en figura femenina se presenta puntualmente a ajustarnos las cuentas.
Una de las figuras más influyentes y controvertidas de la literatura modernista del Siglo XX, perteneciente a la “generación perdida”.
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Escrito por Tania Zapata Ortega
Correctora de estilo y editora.