Es el título de uno de los mejores libros escritos por el historiador italiano Carlo María Cipolla.
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La carrera en las letras de Roberto Obregón (Suchitepéquez, Guatemala, 1940), comenzó apenas graduarse de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de San Carlos, cuando publicó sus primeros poemas en la prensa local; en 1961 apareció su libro Poemas para comenzar la vida, como separata de la revista de la Universidad. En 1961, la Universidad Patricio Lumumba, de Moscú, le otorgó una beca para estudiar en la Unión Soviética, doctorándose en Filosofía en 1967, a los 27 años. Ahí estableció relaciones con poetas de la talla de Evgueni Evtushenko. Es autor de Los versos del alfarero (1964), Aprendiz de profeta (1965), La flauta de ágata (1966), Poesía de barro (1966), El fuego perdido (1968), Códice (1968); y Ensayos (1967).
La última vez que se vio al poeta con vida fue el seis de julio de 1970 cuando se registró en el puesto fronterizo de Las Chinamas, en los límites con El Salvador; regresaba a su patria después de impartir varias conferencias a invitación de Piedra y Siglo, grupo de poetas salvadoreños. Víctima de desaparición política a manos del gobierno de su país, hace 56 años que se desconoce su paradero.
“Nos quedamos. Vivimos el terror. Nuestros amigos desaparecían como por arte de magia, ¿no es verdad, Roberto Obregón? Dice el poeta Luis Alfredo Arango de aquellos aciagos días de muerte o exilio para intelectuales militantes en todo el continente (Revista Abrapalabra, 1997).
La brevedad de la vida de Roberto Obregón contrasta con la innegable importancia de su obra para las letras latinoamericanas, aunque hoy apenas se le mencione en el listado de jóvenes poetas fundadores del grupo Nuevo Signo. Su actividad literaria nunca estuvo descoyuntada del compromiso político: militó en la Juventud Patriótica del Trabajo (PT), en el Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT)y en el Movimiento Revolucionario del 13 de noviembre.
La marimba, poema contenido en El fuego perdido, es uno de los elogios más hermosos al legendario instrumento musical; en él reivindica el alma popular que late en sus exquisitas melodías; el autor va desde el nativo árbol selvático del que se fabrica, el artesanal tratamiento que recibe su madera, el ancestral conocimiento empleado para su armado, hasta la vida misma de un pueblo en que la música suele acompañar cada acontecimiento. Así, la marimba no es un simple objeto, cobra vida, como un “animal precolombino, cuadrúpedo, mamífero, recolector y bullicioso”. Y, cortando la discusión sobre si es de México, Guatemala, o vino del África en un barco negrero, Roberto Obregón dice que, como “una vaca milenaria, bebe de nuestra sangre”, es patrimonio del pueblo y “le viene sobrando que otros le anden averiguando la querencia”.
Se procede a cortar el hormigo
y se arrastra al patio de la casa.
A la fuerza.
Se deja botado para que le penetre el Sol
durante varios días.
Y que se le filtre la Luna.
Es aconsejable ahumarlo, arropado.
En fin, dejarlo así y hacer como que uno
ni se fija en él. No hacerle caso.
Solito irá absorbiendo
lo que de lloro tiene el guas y la lluvia,
el cascabeleo de la cascabel,
lo que de entrañable tiene el tecolote,
lo que de puñal tiene el canto del clarinero.
Como pararrayos atraerá
los rumores del bosque,
el grito de un árbol bajo el pie del rayo,
el susurro del tiempo,
la desnudez del agua
y el hablar de la mujer triste.
Porque para eso es palo de música,
madera de alegrar.
Para eso sirve, el hormigo.
Y cuando alcanza su punto,
se va corriendito
a llamar a los adiestrados,
a los entendidos,
aquellos que saben medir la hondura
y la delgadez de las rajas o teclas
(las que de preferencia
se asientan con una botella
sin echarles barniz),
se convoca a aquellos que gradúan
la tensión de los cordeles
y sopesan la vaciez
de los tecomates o cajones.
Y ya hecha la marimba
(animal precolombino,
cuadrúpedo, mamífero,
recolector y bullicioso)...
entonces, ya terminada, ¡soltarla!
Que se vaya por entre los poblados
y caseríos y por esos clubes,
que amenice los casorios
y festeje nacimientos,
que levante zarabandas
en todos los rincones.
Y ojalá la dejaran entrar en los velorios.
Bueno, y que sirva de distracción
a todos aquellos
que de por sí son silenciosos.
Para eso es palo de música,
madera de la que se extraen
sonidos y cosas.
Que lave la amargura del rostro del
[mundo.
Y que cuando llegue la guerra
también esté presente.
Porque ella, como una vaca milenaria,
bebe de nuestra sangre,
suena al son que sonamos
¡y le viene sobrando
que otros le anden averiguando la
[querencia!
Es el título de uno de los mejores libros escritos por el historiador italiano Carlo María Cipolla.
El personaje central de esta novela es un “ser supremo” al que la clase media elige para liderear a su país hacia el logro de sus grandes proyectos políticos.
Estos jóvenes poetas, provincianos en su mayoría, al quedarse a pesar del peligro, retomaron la misión de divulgar la poesía en escuelas, instituciones y sindicatos.
El poema evoca a Rumiñahui retando al invasor, recordándole la superioridad numérica y la fortaleza de su tribu y cómo, tras su muerte, su espíritu sigue ahí.
El Atharva Veda, uno de los libros sagrados de la India, nos ha llegado en dos recensiones, la de la escuela de los Shaunakiyas y la de la escuela de los Paippaladas.
Toda su obra es un profundo, vigoroso y sostenido grito de combate colectivo.
La palabra Veda significa “conocimiento” y según la tradición constituye la sabiduría revelada o, literalmente, “escuchada”.
Su primera novela fue Lanark, una vida en cuatro libros. En
Miguel Torga nació en1907 y murió en 1995. Escribió 12 novelas, tres diarios, 12 colecciones de cuentos, media docena de obras de teatro.
Una de las figuras más influyentes y controvertidas de la literatura modernista del Siglo XX, perteneciente a la “generación perdida”.
Lejos de la sensiblería consumista en que se ha convertido hace tiempo la celebración a las madres en México y América Latina, la figura materna alcanza un altísimo nivel, casi místico, podríamos decir, en los versos del chileno Efraín Barquero.
El Comité Nobel resaltó su capacidad para mostrar la lucha entre orden y desorden; así como la búsqueda de lo impredecible en la creación artística.
La cantata Santa María de Iquique (1969) no se limita a la simple enumeración de los hechos, es un llamado a las generaciones venideras a no olvidar esta injusticia.
Es el caso de Canto de venganza, del poeta chileno Francisco Pezoa, escrito poco después de la masacre de huelguistas perpetrada por el ejército el 21 de diciembre de 1907, en la escuela Santa María de Iquique, por órdenes del gobierno de Pedro Montt.
El nueve de enero, a los 89 años, finalizaba para siempre el exilio del poeta y escritor uruguayo-mexicano Saúl Ibargoyen.
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Escrito por Tania Zapata Ortega
Correctora de estilo y editora.