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Pablo Bernardo Hernández Jaime
El dinero y la génesis de la racionalidad mercantil en Marx
La sección uno del primer tomo de El capital es clave para entender la obra de Marx y su método.


El dinero y la génesis de la racionalidad mercantil en Marx

 

La sección uno del primer tomo de El capital es clave para entender la obra de Marx y su método. En este artículo retomaré algunas ideas de esta sección para ilustrar la importancia de dicho método en torno a un aspecto particular: la formación de la conciencia.

En tan breve espacio, sería complicado analizar de forma exhaustiva el método de Marx. Sin embargo, es conveniente empezar por algunos puntos generales.

Primero, e inspirado por Hegel, Marx se obliga a colocarse a la altura de la ciencia de su tiempo; esto lo logra estudiando a los principales economistas, sean o no socialistas. Este paso es crucial porque, aunque Marx sabe que estos científicos pueden arrastrar imprecisiones, sesgos o errores, también sabe que es preciso conocer el estado actual de la ciencia para superarla y emplearla como guía.

Segundo, y buscando una perspectiva materialista, Marx se informa constantemente de la realidad de su objeto, el modo de producción capitalista. Para esto estudiaba historia, consultaba estadísticas y recopilaba testimonios sobre el comercio, la producción, el uso de tecnología, el movimiento obrero, la legislación fabril, etcétera.

Tercero, y para no incurrir en mistificaciones, Marx trata de anclar todos sus conceptos sociales en las acciones y relaciones que las personas establecen entre sí, aunque éstas se encuentren mediadas por la tecnología.

Cabe aclarar que un concepto incurre en una mistificación cuando empieza a ser entendido de manera fetichizada, es decir, como si aquel aspecto de la realidad a la que el concepto se refiere tuviera poderes propios y totalmente independientes, cuando en la realidad estos poderes son sólo suyos de manera parcial y relativa.

En ciencias sociales, por ejemplo, esto pasa a veces con el concepto de individuo, pues se suele pensar que las personas cuentan ya de por sí con ciertos atributos como los gustos, hábitos, costumbres, intereses, formas de comprender el mundo, etcétera. Y no es que las personas no tengan estas cualidades, es que no se trata de atributos fijos, intrínsecos o completamente independientes, sino que éstos son también el resultado de factores sociales e históricos.

Este mismo error también llega a ocurrir con conceptos de nivel agregado como los de mercado, cultura, clase social, etcétera. Lo que ocurre aquí es que a estos conceptos se les atribuye una realidad propia, como si se tratara de fenómenos independientes y situados por encima de las personas (véase a los marxistas estructuralistas).

En El capital, Marx hace constantes esfuerzos por no incurrir en estas mistificaciones; para él, toda la realidad social es un producto histórico de las acciones y relaciones de las personas. Esto ocurre tanto con sus aspectos objetivos, como con los subjetivos. En otras palabras, para Marx las instituciones y tendencias de comportamiento, pero también los hábitos, creencias y afectividad humana son un producto histórico.

Por supuesto, estas acciones y relaciones no son puramente arbitrarias o voluntarias, sino que están determinadas por el legado de las generaciones pasadas, y en el que debemos destacar a las tecnologías como uno de sus factores clave.

De alguna manera, las personas somos víctimas de nuestras propias creaciones. Pero precisamente porque la sociedad ha sido creada por nosotros, es que podemos transformarla, y el punto de apoyo principal para lograrlo, de acuerdo con Marx, es el cambio en las condiciones materiales de producción y reproducción de la vida.

La primera sección de El capital está destinada a explicar el origen y fundamentación social de los mercados y el dinero. A lo largo de los tres capítulos que componen esta sección, su autor nos ayuda a comprender éstos y otros conceptos.

Para los objetivos de este artículo, lo que me interesa es la siguiente explicación.

En la producción de su vida material, las personas producen bienes satisfactores; es decir, riquezas capaces de cubrir las necesidades de las personas. En el modo de producción capitalista, estos bienes son, además, mercancías.

Una mercancía es un valor de uso,porque permite cubrir una necesidad, pero también es un valor porque cumple con dos condiciones: contiene una determinada cantidad de trabajo socialmente necesario y está destinada para su intercambio en el mercado. El mercado, por su parte, es el conjunto de todas las transacciones de mercancías en cierto tiempo y lugar.

Dentro del mercado, y como una medida práctica para facilitar las transacciones, surge el dinero como un equivalente general del valor de todas las demás mercancías.

Recordemos que cada mercancía tiene un valor. Pues bien, para poder ser intercambiadas, dos mercancías necesitan ser del mismo valor. Pero resulta que el valor es invisible. Lo único que vemos son los cuerpos físicos de las mercancías (pan, grano, telas, etc.). Por eso, tratando de mantener cierto intercambio justo, antes del dinero, las personas cambiaron mercancías recurriendo a distintos equivalentes.

El equivalente es una mercancía que sirve como medida de valor de otra: por ejemplo, si decimos que un metro de tela equivale a tres piezas de pan, los panes aquí servirán como equivalente de la tela o, dicho de otra forma, el valor de la tela será expresado en términos de piezas de pan.

Pero contar con tantos equivalentes es problemático, lo que paulatinamente y muy temprano en la historia permitió el surgimiento de mercancías destinadas únicamente a servir como equivalentes generales. Éste es el dinero.

El dinero, entonces, también es una mercancía, pero que ha adquirido la cualidad de servir como equivalente general del resto de mercancías. Sin embargo, para cumplir bien con este papel, es necesario, además, que el dinero cuente con una escala bien definida, que Marx denomina patrón de precios, y con ciertas denominaciones de cuenta que sirven para nombrar al dinero.

Pensemos en un ejemplo cercano: los pesos mexicanos. Para nosotros, el peso es la unidad dineraria. Este peso, a su vez, puede fraccionarse en cien partes llamadas centavos o sumarse en cualesquiera múltiplos de uno, siguiendo siempre un sistema de numeración decimal. Lo que Marx denomina patrón de precios es precisamente esta escala en que la unidad de valor se fracciona y se multiplica.

Las denominaciones de cuenta, por otro lado, son los nombres que le ponemos a ciertas cantidades o al dinero mismo. Por ejemplo, nosotros contamos con un “centenario” de oro, cuya denominación es de 50 pesos oro, pero que en términos de nuestra moneda corriente equivale a cerca de cien mil pesos. Las denominaciones de cuenta serían precisamente los nombres de “centenario”, “peso” o en otros países “dólar”, “yuan”, etc.

En el análisis de Marx, el surgimiento del dinero, como equivalente general, con su patrón de precios y denominaciones de cuenta, permite a las personas imaginar los precios de las mercancías. Esta cuestión es sumamente interesante porque aquí Marx habla de dinero imaginario o dinero ideal; es decir, se está refiriendo a la manera en que la gente estima o anticipa los precios del mercado, ya sea desde el punto de vista del comprador o del vendedor. Estos precios, que al principio son puramente ideales (aunque estén escritos en una etiqueta), sólo se realizan con la compraventa efectiva de la mercancía.

La cuestión es interesante porque Marx menciona algo, de lo que es consciente, pero que no detalla porque no es su objetivo central, y es que con el surgimiento del dinero aparecen también la racionalidad mercantil y el cálculo dinerario. Con la ampliación y generalización de los mercados, esta racionalidad también crece y a tal punto que se vuelve posible incluso ponerle precio a cosas que no fueron pensadas originalmente para ser vendidas, como la tierra o el honor.

Con el desarrollo del dinero imaginario, además, se vuelve posible pensar al dinero como un puro signo de valor, relativamente separado del dinero real, ya sea oro o algún otro metal. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, con el uso de papel moneda o, más recientemente, con las cantidades reflejadas en nuestras cuentas de banco.

Esta explicación permite dimensionar, al menos, dos cosas: la primera es que la racionalidad mercantil, igual que otros aspectos ideológicos, no descansa puramente en la difusión de discursos, sino que tiene su raíz en la práctica social; la segunda es que el método (genético-estructural)de Marx es bastante fructífero para explicar no sólo el surgimiento de los fenómenos sociales objetivos, sino también para estudiar las formas históricas de la conciencia social; comprender este método es clave para entender la dialéctica de la Crítica de la economía política. 


Escrito por Pablo Bernardo Hernández

Licenciado en psicología por la UNAM. Maestro y doctor en ciencia social con especialidad en Sociología por el Colegio de México.


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