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Omar Carreón Abud
La embestida a Irán cimbra al capitalismo
Aunque en nuestro país y en el mundo la historia sigue y hay graves problemas, ante los acontecimientos en el Medio Oriente que pueden decidir el destino de la humanidad entera es muy difícil mirar hacia otra parte y hacer comentarios.


Aunque en nuestro país y en el mundo la historia sigue y hay graves problemas, ante los acontecimientos en el Medio Oriente que pueden decidir el destino de la humanidad entera es muy difícil mirar hacia otra parte y hacer comentarios. Por eso vuelvo sobre la agresión a Irán. Si Estados Unidos (EE. UU.) gana la guerra reforzará para muchos años su dominación, no sólo se prolongará, sino que se hará más sanguinaria y cruel la esclavitud asalariada y, para ello, se reducirán o se cancelarán por completo las que se ha dado en considerar como libertades ciudadanas y la vida democrática; no sólo eso, corren serio riesgo de desaparecer los Estados-nación y hasta las peculiaridades mismas de los pueblos como su historia, su idioma y su cultura nacional y, como muestra mínima, ¿no el presidente Donald Trump le llamó ya a la bellísima lengua de Cervantes idioma maldito?

Si EE. UU. pierde la guerra, aunque no llegue a sufrir una invasión y caiga bajo el dominio de una fuerza extranjera, ni se los deseo a los esforzados trabajadores de ese país, el hasta ahora llamado imperialismo norteamericano quedará muy debilitado para seguir imponiendo por la fuerza asesina el modo de producción que ha enriquecido escandalosamente a una diminuta élite de potentados. Podrá surgir, en cambio, un mundo multipolar en el que ningún país se dedique a saquear los recursos naturales de otro, a explotar a sus habitantes e imponerles su ideología con el monopolio de poderosos medios de comunicación. Con la obligada iniciativa organizada de los pueblos, podrá levantarse una sociedad más justa y humana que se consagre a un mayor cuidado en la conservación del único planeta que hasta ahora tenemos.

Después del 28 de febrero pasado, el mundo ya no volverá a ser el mismo. Apenas transcurrida una semana de haber iniciado los criminales bombardeos de Israel y EE. UU. a la República Islámica de Irán, el diario norteamericano Wall Street Journal informaba que la economía mundial estaba ya en la más grave crisis que habían sufrido los mercados desde hacía casi 60 años; hoy, a un mes de distancia, se confirma lo dicho, sólo que ahora se añade que esa crisis transformará de manera radical no sólo el comercio de hidrocarburos, sino la producción de mercancías y la vida toda en el mundo. 

Ya se sabe bien que Irán se ha defendido atacando a los países del Golfo Pérsico, que existen como consecuencia de la acción y el dinero de EE. UU. y que han actuado desde hace tiempo como apoyo y vigilancia de sus intereses haciendo uso de los yacimientos de combustibles que existen en su territorio. Esos países, la mayoría muy pequeños, han aceptado no sólo garantizar la venta de petróleo en dólares para proteger la sobrevivencia de la moneda norteamericana como divisa mundial, sino que han hospedado y protegido bases militares estadounidenses desde las cuales se han apoyado los ataques contra Irán, lo cual los ha convertido en objetivos militares legítimos. Arabia Saudí (que no es tan pequeño), Kuwait, Irak, Qatar, Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos, han sido hasta ahora un apoyo insustituible del capitalismo mundial y ya han sufrido ataques de represalia de Irán y, por tanto, no sólo se ha detenido su producción de petróleo y gas, sino que su infraestructura de producción, almacenamiento y sus terminales de exportación han resultado dañadas para muchos años.

En opinión de Nawaf Al Sabah, director ejecutivo de Kuwait Petroleum Corporation, el conflicto tendrá un “efecto dominó” en la economía global. “Los costos de esta guerra no se limitan a las fronteras geográficas de esta región. Se extienden a lo largo de toda la cadena de suministro” (RT, 29 de marzo). Pase lo que pase, pues, la oferta de petróleo y gas sufrirá severos recortes en el futuro y la producción capitalista ya no será la misma.

Además, la asombrosa capacidad de respuesta por parte de Irán está lejos de haber llegado a su límite. Los entenados de EE. UU., gobernados por monarcas, existen en el desierto, carecen casi por completo de agua dulce y dependen de plantas desalinizadoras y tuberías de conducción que no tienen ninguna protección militar ni se pueden esconder ni trasladar. Qatar obtiene casi el 100 por ciento de su agua potable mediante desalinización; Bahréin y Kuwait, alrededor del 90 por ciento; Arabia Saudita, el 70 por ciento; y Emiratos Árabes Unidos, el 42 por ciento; en estos cinco países viven entre 58 y 60 millones de personas y la mayoría reside en grandes ciudades como Riad, Yeda, Dubái, Abu Dabi, Doha, Kuwait y Manama. 

En Israel, el arrogante valido de EE. UU., que no es monarquía, pero en el que los judíos tienen el derecho exclusivo de gobernar, entre el 80 y el 90 por ciento del agua potable urbana proviene de cinco plantas costeras en el Mediterráneo que también están al alcance de drones y misiles iraníes. Esto lo digo no sólo por la catástrofe a la que están claramente expuestos. sino porque ya con lo vivido, no creo que, terminado el conflicto armado, a sus poblaciones les queden muchas ganas ni tengan muchas posibilidades de seguir siendo facilitadores del dominio imperialista de EE. UU. en la región.

El movimiento aéreo de materias primas, mercancías terminadas y pasajeros de EE. UU. y los países capitalistas, ya sufre duras consecuencias. “El valor de mercado de las 20 aerolíneas más grandes del mundo se redujo en unos 53 mil millones de dólares debido al conflicto en Oriente Medio, que ha ocasionado cancelaciones de vuelos, el aumento de los precios del combustible y el cierre de los espacios aéreos sobre algunos de los aeropuertos de conexión más importantes del golfo Pérsico, informa el Financial Times” (RT, 21 de marzo).

¿Puede concebirse la agricultura capitalista desarrollada sin fertilizantes? No, ¿verdad? Pues no están fluyendo los elementos básicos para su producción. Se ha interrumpido el suministro de urea, amoniaco y azufre, sin los cuales no hay fertilizantes. Un tercio de las exportaciones mundiales de urea y la mitad de las de azufre llegaban de Qatar y los países del Golfo. “Esta crisis se produce justo cuando las principales zonas agrícolas del hemisferio norte se acercan a la temporada de siembra de primavera y cuando Australia se prepara para la siembra de invierno”, dijo Alexandra Prokopenko, del Centro Carnegie Rusia Eurasia.

El dominio económico de EE. UU. en el mundo ha tenido como base fundamental su control armado en el Medio Oriente. Para ello mantenía en la región, hasta hace unos días, muy cerca de Irán, 19 bases militares con un contingente de de 40 a 50 mil soldados listos para entrar en acción a una orden (aunque de momento están dispersos alojados en hoteles). Ahora tienen el respaldo de los portaaviones USS Abraham Lincoln y USS Gerald R. Ford (que tuvo que retirarse a reparaciones) que cuentan con más de 10 mil personas y transportan más de 130 aviones de combate. Todo ello, no ha sido obstáculo para que ahora los Hutíes de Yemen se unan a la guerra del lado de Irán y podrían, además de bombardear a Israel, bloquear el Estrecho de Bab el-Mandab, que es la entrada y la salida del mar Rojo y la circulación estratégica por el Canal de Suez, algo así como la arteria aorta del sistema capitalista. Esta posibilidad podría agravar las complicaciones que ya afectan a los mercados desde hace casi un mes.

Por si no fuera suficiente para que el capitalismo se estremezca, los negocios y, por supuesto la política en EE. UU., entran en zona de turbulencia. Millones de ciudadanos ya protestaron en todo EE. UU. contra Donald Trump por su estilo autoritario de gobernar, sus duras políticas migratorias y la guerra con Irán. Los organizadores de las movilizaciones afirmaron que “al menos ocho millones de personas se reunieron en más de tres mil 300 actos en los 50 estados” (Animal político, 30 de marzo). La opinión pública norteamericana, tan explotada y agredida por la ideología de sus explotadores y tan desorganizada y sin vanguardia, también por la represión de los amos imperialistas, está irrumpiendo en la historia y, sumada a lo que ya hacen los pueblos del mundo, puede decidir finalmente la contienda. 


Escrito por Omar Carreón Abud

Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".


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