Desde la conquista española, la nuestra es una historia de lucha de clases, donde los poderosos en cada etapa han impuesto su dominio económico y político.
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“Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana”
Engels.
Desde que se descubrió la ciencia de la Historia, también llamado materialismo histórico, por parte de Carlos Marx, los esfuerzos por transmitir dichos conocimientos a los trabajadores para que puedan descubrir la verdad científica detrás de su explotación han sido variados. Pero, ¿cómo hacer que un obrero le dedique parte de su tiempo después de una larga jornada agotadora? ¿De qué manera hacerle llegar la ciencia a los millones de trabajadores que viven al día ganando salarios de hambre? ¿Los jornaleros agrícolas que buscan la forma de sobrevivir al día siguiente tendrán tiempo para estudiar sus extensos tomos? ¿Quién será el vehículo que lleve la ciencia a los trabajadores con el objetivo de organizarlos y educarlos?
Respondiendo a estas interrogantes fue que prácticamente en todos los países se formaron organismos y capacitadores que se dieron a la tarea de divulgar el materialismo histórico de manera sencilla y clara, para que los trabajadores tomen consciencia del origen de su pobreza y, por tanto, se dispongan a erradicarla.
El propio Engels instaba a Marx a hacer su obra, especialmente El Capital (Alemania, 1867), más asequible y comprensible para la clase trabajadora, pues, aunque reconocía el genio de su compañero, admitía que su escritura era a menudo densa, compleja y técnica. Por el contrario, Engels escribía con una claridad, estructura y agilidad que lo hacían un divulgador más efectivo de sus ideas conjuntas.
Engels entendía que para que la teoría marxista se convirtiera en una herramienta política efectiva para la lucha de clases, no podía quedarse sólo en los círculos académicos o intelectuales; necesitaba ser digerida por los obreros, tan es así que tras la muerte de Marx, se dedicó intensamente a editar y publicar los volúmenes restantes de El Capital, precisamente para asegurarse de que la obra estuviera completa y fuera accesible, buscando un equilibrio entre el rigor científico y la claridad necesaria para el movimiento obrero. Por ejemplo, a petición de su amigo Paul Lafargue, se editó el libro con el título Del socialismo utópico al socialismo francés (París, 1880), sacado de tres capítulos de su obra La subversión de la ciencia por el señor E. Dühring (Leipzig, 1878).
“Naturalmente, estuve de acuerdo y puse mi trabajo a su disposición. Pero estas páginas, en su origen, no habían sido escritas, ni mucho menos, con el propósito de servir directamente a la propaganda entre las masas. ¿Cómo podía prestarse para este fin un trabajo que era, ante todo, puramente científico? ¿Qué modificaciones de forma y de fondo había que introducir en él?... por lo que toca al contenido, creo poder afirmar que éste no ofrecerá grandes dificultades para los obreros alemanes. El único capítulo difícil en general es el tercero, pero mucho menos para los obreros, cuyas condiciones generales de vida se sintetizan allí, que para los burgueses ‘cultos’”, sostiene en el Prólogo a la primera edición alemana (Londres, 21 de septiembre de 1882).
Diez años después, en el prólogo a la edición inglesa de 1862, reafirmaba que: desde entonces, se han publicado, a base del texto alemán, traducciones al italiano, al ruso, al danés, al holandés y al rumano. Es decir que, contando la actual edición inglesa, este folleto se halla difundido en diez lenguas. No sé de ninguna otra publicación socialista, incluyendo nuestro Manifiesto del Partido Comunista de 1848 y El Capital, de Marx, que haya sido traducida tantas veces. En Alemania se han hecho cuatro ediciones, con una tirada total de unos veinte mil ejemplares.
No todos los que se han propuesto popularizar la ciencia han tenido éxito. Sin embargo, existe un “esfuerzo pedagógico” en América Latina que ha sobrevivido el paso del tiempo, realizado dentro de un contexto muy preciso: el triunfo del Gobierno Popular en Chile, con todo el auge del movimiento de masas que ello implicó y la imperiosa necesidad de elevar el nivel de conciencia de los trabajadores y capacitarlos para enfrentar las nuevas tareas.
Esta serie de folletos conocidos como Cuadernos de Educación Popular fueron escritos por Marta Harnecker en colaboración con Gabriela Uribe; ambas tenían claro que, con la llegada de un gobierno autodenominado socialista, las tareas a las que se iban a enfrentar requerían de un pueblo politizado, consciente del funcionamiento de la sociedad en la que vive y, por tanto, capacitado para el cumplimiento del deber, en primer lugar, en el terreno de la economía.
Pero debido a las distorsiones y usos sectarios de estos folletos, las autoras se vieron en la obligación de compilarlos en un solo libro. Así surgió ¿Qué es la sociedad? (1986), libro que sigue cumpliendo su objetivo inicial con el correr de los años: entregar a los trabajadores el conocimiento del marxismo-leninismo con una exposición tan clara y razonada que impidiera la memorización y la repetición mecánica de los conocimientos adquiridos.
En la introducción, Marta Harnecker plantea la tarea fundamental de todo individuo, organismo o partido que se proponga organizar una revolución, que es la educación de las masas populares, ya que son ellas y no las personalidades por muy brillantes o heroicas que sean, las hacedoras de los procesos históricos.
¿Por qué un albañil que se dedica a hacer edificios no puede acceder a una vivienda digna? ¿Por qué un obrero que crea con sus propias manos los productos de consumo de primera necesidad tiene que contar sus monedas para ver si le alcanza para una pasta de dientes? ¿Por qué, si son los trabajadores quienes participan en la producción de la riqueza, no gozan de ella?
Para responder a todas estas preguntas que plantea nuestra realidad y estar preparados para resolver otras que surgirán a medida que se desarrolla el proceso, dice Marta Harnecker, necesitamos un conocimiento previo: uno que nos sirva de instrumento para analizar la realidad y guiar nuestra acción. Este conocimiento es el materialismo histórico, que es el conjunto de conocimientos científicos acerca de la sociedad. Por medio de él sabemos qué es lo que determina la organización y el funcionamiento de la sociedad y por qué se produce el cambio de un tipo de sociedad a otro; es decir, conocemos sus leyes de funcionamiento. Es el conocimiento científico de cualquier realidad lo que permite actuar sobre ella y transformarla.
Por tanto, es obligación de todo aquel que se proponga transformar la realidad buscar la manera de que los trabajadores conozcan las causas de su situación, realizando la tarea de educación y organización del pueblo mexicano; y para llevar acabo estos objetivos, el libro ¿Qué es la sociedad?, de Marta Harnecker, es una guía de cabecera que nos ayudará a cumplirlos, cuanto más que en México la toma del poder político por parte de la clase trabajadora es todavía una tarea pendiente.
Desde la conquista española, la nuestra es una historia de lucha de clases, donde los poderosos en cada etapa han impuesto su dominio económico y político.
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Escrito por Ignacio Mejía López
Colaborador