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Brasil Acosta Peña
El gran contraste
Durante el encuentro se analizó la Inteligencia Artificial (IA) como un instrumento fundamental para potenciar la productividad y las relaciones comerciales.


En fecha reciente se efectuó el seminario Oportunidades de Desarrollo de la Economía Inteligente entre China y México, organizado por la Oficina Regional para América Latina de la Agencia de Noticias Xinhua. El evento contó con la presencia de Chen Daojiang, embajador de China en México; de Jiang Yan, director de la oficina regional de Xinhua; de representantes del Comité Empresarial Bilateral México-China del Consejo Empresarial Mexicano de Comercio Exterior (CEMCE); de la Cámara China-México y de la consejería de la Cámara Nacional de la Industria de Transformación (Canacintra).

Durante el encuentro se analizó la Inteligencia Artificial (IA) como un instrumento fundamental para potenciar la productividad y las relaciones comerciales. Se planteó la necesidad de buscar fórmulas de cooperación para el intercambio tecnológico y se indicó, como punto crítico, el profundo rezago de México en este ámbito con respecto al conseguido por China. Es pertinente recordar que, en 1995, el Producto Interno Bruto (PIB) chino era equivalente al de nuestro país; que ambas economías se abrieron al comercio internacional, pero cada uno con modelos distintos: China con el socialista y México con el capitalista y con Estados Unidos (EE. UU.) como socio principal. El resultado de ambos modelos evidencia la disparidad: el PIB actual de China es 10 veces mayor que el mexicano.

La aguda vulnerabilidad de nuestra economía se debe a la dependencia comercial de EE. UU. Un ejemplo reciente de ésta es la imposición, por indicación del gobierno estadounidense, de aranceles de 25 por ciento sobre las importaciones chinas. Quienes absorberán este incremento no serán las empresas asiáticas, sino los consumidores mexicanos. El encarecimiento de estos productos golpeará directamente a los sectores más humildes que, debido a su modesta condición económica, encontraban una opción accesible en las mercancías chinas. Es así como el gobierno mexicano está afectando a su población con el alza artificial de los precios. En lugar de competir en igualdad de condiciones o entablar acuerdos estratégicos con China, nuestra administración federal parece preferir la sumisión y obedecer directrices que favorecen a intereses cupulares del país vecino, aunque perjudiquen el bolsillo de millones de mexicanos.

Durante mi intervención en el seminario expuse un planteamiento fundamental de Carlos Marx, autor de El Capital, obra científica que hasta ahora no ha sido refutada porque la realidad histórica la ha confirmado sobradamente a lo largo de todo el Siglo XX y lo que va del XXI. En términos generales, vivimos en una sociedad a la que los medios de producción han dividido en clases, la de los poseedores y la de los desposeídos. Esta división conlleva un componente adicional: dado que los desposeídos no tienen los medios propios para producir –aunque gocen de la libertad de movimiento– se ven obligados a vender lo único que poseen: su fuerza de trabajo.

Sin medios de producción, los trabajadores deben utilizar los medios ajenos a cambio de un salario, que se convierte en su única fuente de ingresos. Éste es el origen de la explotación: el trabajador crea más riqueza de la que cuesta su propia mano de obra. Esa diferencia es la fuente de la ganancia capitalista y de la creciente concentración de la riqueza, a la que Marx llamó “plusvalía”.

El concepto central que abordé fue el de “el gran contraste”; resulta que, en el proceso productivo interno, es decir, en la fábrica, todo se rige por la actividad científica: hay orden, rigor, disciplina, cálculos matemáticos, ingeniería de sistemas y, ahora, la IA. Esta precisión somete al trabajador al ritmo de la máquina y a una disciplina extenuante. Sin embargo, el rigor científico que impera dentro de la fábrica desaparece al llegar al mercado. En la distribución de los productos ya no hay ciencia, sino anarquía, desorden y la “ley de la selva”: una guerra de todos contra todos.

Este fenómeno provoca una contradicción lacerante: por un lado, los almacenes rebosan de mercancías y, por el otro, los millones de seres humanos que las necesitan están imposibilitados para adquirirlas debido a sus salarios miserables. En esta dinámica mercantil, muchos productores locales se han extinguido frente a los grandes consorcios. Pocas tiendas sobreviven al avance de Walmart y los restaurantes familiares sucumben ante gigantes como McDonald’s y Burger King. En esta lucha desigual aumenta la plusvalía: el trabajo realizado por el obrero que es apropiado por el patrón.

Por ello es imperativo replantear el modo de distribuir la riqueza. La pregunta que hice fue: ante el extraordinario desarrollo de las bases de datos, la IA, los modelos matemáticos y las redes 5G, ¿la distribución de la riqueza podría realizarse de manera científica y no basarse en el mezquino interés egoísta? La respuesta es afirmativa: sí es posible, siempre y cuando las grandes mayorías y los desposeídos se interesen en exigir el reparto equitativo de la plusvalía que producen, pero que no disfrutan debido a las condiciones de extrema desigualdad prevaleciente en México.

Es momento de que los trabajadores mexicanos y el mundo tomen el control de la sociedad y pongan la ciencia, la técnica y la IA al servicio de las necesidades colectivas. Sólo mediante una planificación científica de la producción y la distribución podrá garantizarse la repartición equitativa y justa de la riqueza. Es hora de organizarnos y luchar contra ese “gran contraste” que persistirá mientras el interés de unos pocos prevalezca sobre el bienestar de las mayorías que son, en última instancia, quienes crean la riqueza en el mundo. 


Escrito por Brasil Acosta Peña

Doctor en Economía por El Colegio de México, con estancia en investigación en la Universidad de Princeton. Fue catedrático en el CIDE.


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