El Cuartel General de Khatam al-Anbiya advirtió que la República Islámica no aceptará ninguna intervención de EE. UU. en la gestión de la ruta marítima.
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Va a iniciar la quinta semana de ataques de Estados Unidos (EE. UU.) y su socio Israel a la República Islámica de Irán y el conflicto está empedernido. Por la costa de Irán y en lo que es su territorio, pasan barcos llenos de petróleo y gas a través de lo que se denomina el estrecho de Ormuz. Más bien dicho, pasaban, porque desde hace ya ocho días (al momento de escribir estas líneas), Irán ha restringido severamente el cruce de buques para todos aquellos que provienen de los países del Golfo Pérsico que tienen bases norteamericanas en su territorio y, por tanto, son aliados que facilitan la agresión a los iraníes.
El estrecho de Ormuz es un paso obligado para salir del Golfo Pérsico a África, al Mar Rojo para cruzar por el Canal de Suez a Europa, al Océano Índico para dirigirse a la India, al sudeste de Asia, a China, a Corea del Sur y a Japón, entre otros importantes destinos más. Por ahí transita –en tiempos normales– la quinta parte del petróleo que se consume en el mundo, más específicamente, en países que son dependientes de EE. UU., salvo China, que le compran o le venden o le producen mercancías. Hay en el mundo otros cuellos de botella para la circulación del transporte marítimo, como el Canal de Suez o el Canal de Panamá pero, aunque caras y tardadas, los barcos pueden usar otras vías para llegar a su destino. No es así en el caso del estrecho de Ormuz, que carece de otra salida.
En el Golfo Pérsico, a unos 300 kilómetros como máximo frente a Irán, se encuentra la Península Arábiga en cuya costa, además de Arabia Saudita, están países altamente productores de petróleo y gas, que son Omán, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Kuwait que, hasta ahora, han sido aliados de EE. UU., aceptaron enormes bases militares en sus territorios considerando que de esta manera su producción y venta de petróleo y gas, así como fabulosas inversiones en infraestructura urbana y servicios, estarían seguras y garantizadas; no obstante, ante la enérgica y sorprendente defensa de su población y de su territorio que lleva a cabo Irán, la fortaleza se ha convertido en debilidad: todas las bases militares norteamericanas en esos países han sido bombardeadas y destruidas.
Cabe insistir, ya se ha dicho con anterioridad, pero no está por demás que el posible lector esté plenamente consciente de ello, que existe un pesado velo de censura sobre lo que sucede con las tropas atacantes de EE. UU., en el territorio de Israel y en los territorios de sus aliados en la región. Además, la velocidad de los acontecimientos que se llegan a conocer envejece rápidamente la información obtenida. Por ejemplo, el sábado 21, Donald Trump amenazó a Irán con que si no permitía el libre tránsito por el estrecho de Ormuz, en 48 horas, el ejército norteamericano “aniquilaría” todas las centrales eléctricas de Irán y el lunes 23 por la mañana, antes de que vencieran las 48 horas, la prensa occidental (muy pronorteamericana) publicaba que el presidente Donald Trump había declarado que se mantenían con Irán “conversaciones muy buenas y productivas sobre una resolución completa y total de nuestras hostilidades en Oriente Medio”. Desde Teherán, sin embargo, varios medios negaron que hubiera conversaciones con el país norteamericano.
Lo que sí es cierto y ya forma parte de la información que circula por todo el mundo, es que el cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán ha colapsado, no sólo el suministro de petróleo y el gas a numerosos países capitalistas, sino que ha detenido la producción de los mismos en los países del Golfo Pérsico porque sus tanques de almacenamiento no se vacían y, por tanto, no hay dónde guardar la nueva producción. Total: una grave crisis mundial de combustibles; el petróleo llamado Brent ya vale 113 dólares, sigue subiendo y hay expertos que aseguran que puede llegar hasta doscientos dólares por barril. No es exagerado afirmar que Donald Trump recuerda al aprendiz de brujo que les ordenó a unas escobas que fueran a traer agua y ya no supo cómo detenerlas y tornarlas a su condición original.
La cosa no pinta bien para el imperialismo yanqui y sus paniaguados del Medio Oriente y el mundo entero. ¿Pasa usted a creer, amigo lector, que el gobierno de EE. UU. haya gastado más de 113 mil millones de dólares durante los primeros seis días de ataques a gran escala, únicamente para entablar “conversaciones muy buenas y productivas”? Yo no. A otro perro con ese hueso. Mucho más cercano a la verdad es el reporte del New York Times que sostuvo que “Washington y Tel Aviv iniciaron la ofensiva basándose en la expectativa de que, en los primeros días, se produciría en la República Islámica un levantamiento interno capaz de derribar al poder (y) que tal idea fue un ‘error de cálculo clave’ en los preparativos del conflicto”.
El aumento de precio del petróleo está causando tantos daños en la ganancia de los capitalistas de EE. UU. y del mundo entero, que Donald Trump no tuvo más remedio que llamar por teléfono a Vladimir Putin, el presidente de la Federación Rusa, para decirle que EE. UU. estaba dispuesto a levantar la prohibición mundial de comprarle petróleo a Rusia; de esta manera, al aumentar la oferta del hidrocarburo en el mundo, los precios bajarían un poco, como en efecto, bajaron… un poco. “EE. UU. está financiando una guerra contra sí mismo”, aseguró Danny Citrinowicz, investigador del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de Israel. “Lo que estamos viendo, dijo, es una campaña realmente deficiente, no en cuanto a su magnitud operativa, sino en la preparación estratégica de la misma”.
Por lo pronto, Irán ya lanzó un ataque con misiles contra la ciudad de Dimona, sitio en donde se encuentra el centro de investigación nuclear, el sistema de defensa israelí, Honda de David, no logró bloquear los proyectiles e importantes medios de comunicación israelíes reportaron, después de algunas horas del suceso, al menos 20 muertos y más de 200 heridos. Item más. Los iraníes ya derribaron un pavoroso e “invisible” avión F-35, de esos que por una hora de vuelo en combate requieren de 13 horas de mantenimiento en el taller; y un soberbio portaaviones con nombre de expresidente norteamericano salió de la formación de batalla frente a la costa de Irán y se fue a una base naval norteamericana hasta la isla de Creta, cerca de Grecia (las ocho que tenía EE. UU. en el Golfo Pérsico ya fueron destruidas y evacuadas), debido a que a 200 marines se les quemaron sus camas y nadie expone la razón.
El invencible, el peligroso y arrogante imperialismo norteamericano está en aprietos. Sería falso afirmar que está derrotado, pero sí se puede decir que hacía mucho tiempo, probablemente desde su vergonzosa huida de Hanoi, que no se dejaba ver así ante el mundo. Estamos en el mes de marzo, le faltan nueve meses al año y me atrevo a decir que serán nueve meses decisivos para la sobrevivencia del género humano. EE. UU. e Israel, que le prohíben tajantemente a Irán poseer ese tipo de armas, tienen cientos de bombas termonucleares. ¿Miles? Porque la información es ultrasecreta. Y, como ya lo han demostrado sobradamente, sus élites pueden soltarlas como en Hiroshima y en Nagasaki o pueden masacrar meticulosamente y sin misericordia alguna pueblos enteros, como a los palestinos de la Franja de Gaza.
Desesperados por la sorprendente y heroica resistencia de los iraníes, ¿aventarán una granada adentro del rústico refugio, el único que tienen y en el que han evolucionado y sobrevivido los hombres, las mujeres y sus pequeños hijos? Ya los sionistas fanáticos han barajado públicamente la posibilidad de usar la táctica de Sansón, que tiró las murallas que sostenían al templo filisteo de Dagón y se hizo perecer en el derrumbe. ¿Se retirarán a su cubil los bravos imperialistas gritando con sus poderosos medios de comunicación que han ganado para atenuar y esconder su fracaso y disponer de otros decenios de abusos antes de desaparecer en la historia? ¿Se debilitarán hasta el grado de quedar imposibilitados para impedir que los pueblos construyan por sí mismos una sociedad más justa, más equitativa y más humana que haga realidad, finalmente, todas las maravillosas potencialidades del hombre?
Cualquiera que sea el rumbo que tomen finalmente los gravísimos acontecimientos entre los que nos ha tocado vivir, nada lograrán la mujer y el hombre aislados, siempre, como desde el principio de la aventura social, será el colectivo, la ayuda mutua, la solidaridad y la compasión acompañando al hombre que afanosamente transforma la naturaleza, las que habrán de mantenerlo con vida y creciendo hasta hacerse gigante. No tendrá que vivir mucho el que pueda verlo.
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Escrito por Omar Carreón Abud
Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".