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Christian Lamesa
Armenia: jugando con fuego
Históricamente, la región del Cáucaso ha sido convulsa, debido a su ubicación estratégica, siendo un pasaje de comercio y comunicación entre Europa y Asia y un punto de encuentro entre tres grandes potencias históricas, Rusia, Irán y Turquía.


Históricamente, la región del Cáucaso ha sido convulsa, debido a su ubicación estratégica, siendo un pasaje de comercio y comunicación entre Europa y Asia y un punto de encuentro entre tres grandes potencias históricas, Rusia, Irán y Turquía.

En la actualidad, los tres países que ocupan el Cáucaso sur, Armenia, Georgia y Azerbaiyán, son fichas importantes en el tablero de la geopolítica regional y mundial. Diversas suertes han tenido estas exrepúblicas soviéticas desde la disolución de la URSS.

Hoy, Georgia parece haber dejado atrás los tiempos en que el expresidente prooccidental Mijeíl Saakashvili buscaba denodadamente enfrentarse con Rusia, sembraba el terror en el país mediante la tortura y el asesinato, además de enriquecerse gracias a la corrupción. En contraste, el hoy gobernante partido Sueño Georgiano lleva adelante una política soberanista que pone de relieve los intereses de su pueblo, valorando una rica historia común con la Federación Rusa, además de importantes vínculos bilaterales de todo tipo.

El caso de Azerbaiyán es diferente, con el presidente Ilham Alíyev, quien mantuvo relaciones cordiales con su par ruso, Vladímir Putin, desde su llegada al ejecutivo azerí en 2003. Sin embargo, esta relación se ha ido tensando en los últimos años, llegando a su peor momento a mediados de 2025, cuando fue detenida por la policía, una banda criminal mafiosa integrada por ciudadanos de Azerbaiyán, que operaban en territorio ruso. Alíyev acusó directamente a Moscú por la muerte de dos de los cabecillas de la banda, procediendo a detener arbitrariamente a periodistas rusos en Bakú, incrementando la tensión diplomática. Lo cierto es que, por lo menos desde la guerra armenio-azerí de 2020, Ilham Alíyev viene dando muestras de su preferencia por privilegiar los lazos con Turquía e Israel, en desmedro de Moscú e incrementando cierta hostilidad hacia Teherán.

Armenia, el tercer país de Transcaucasia, celebrará elecciones parlamentarias el próximo siete de junio, en medio de un clima político más que enrarecido, con un primer ministro que busca reelegirse en el cargo como jefe de gobierno, con prácticas cada vez más autoritarias.

Hay que recordar que Nikol Pashinyán es el premier armenio desde 2018 y que llegó al poder luego de una “revolución de color”, a través del partido Contrato Cívico, de tendencia liberal y europeísta, creado no como una fuerza política, sino como una ONG, con lo cual no sorprende ni la “Revolución de Terciopelo” que el mismo Pashinyán incitó personalmente por las calles de Ereván, ni su postura prooccidental y ciertamente hostil a Moscú. Lo que sí genera sorpresa dentro y fuera de Armenia, es la posición cada vez más contraria a los intereses, los valores, la identidad y la mismísima seguridad del país transcaucásico.

Debido al desastroso resultado que tuvo para Armenia la guerra con Azerbaiyán, en 2020 se desataron protestas contra el primer ministro en Ereván y en otras ciudades, incluso el Patriarca Karekin II, líder de la Iglesia Apostólica Armenia, se pronunció muy críticamente en contra de Pashinyán, recomendando su renuncia, por la firma de un alto al fuego que fue percibida por los armenios como una derrota o una traición que finalmente condujo a la pérdida de Nagorno Karabaj y a la desaparición de la República de Artsaj, provocando el éxodo de cien mil armenios por temor a represalias por parte del gobierno azerí.

Este clima de enfrentamiento y división no ha hecho más que profundizarse con el encarcelamiento en junio de 2025 del magnate armenio-ruso Samvel Karapetyán, acusado de intentar hacer un golpe de Estado, por pronunciarse en favor de la Iglesia armenia y de su Patriarca. También ha sido exponencial el incremento de los hechos de violencia, el acoso y las difamaciones a clérigos y fieles en todo el país, llegando incluso a la apertura de una causa penal contra Karekin II en febrero de este año, prohibiéndosele la salida del país.

No son pocos los armenios que recuerdan en Ereván y en otras ciudades del país y en la diáspora, que la Iglesia ha sido el pilar más importante, e incluso la identidad misma de su pueblo frente a las persecuciones que sufrieron a lo largo de su milenaria historia. Armenia fue el primer Estado en adoptar el cristianismo como su religión oficial, allá por el año 301. Todo esto hace al pueblo armenio muy devoto y no parecería ser la mejor idea el enfrentamiento enconado que tiene Pashinyán con Karekin II.

En este marco, también se juega la carta geopolítica, donde el premier armenio destaca los buenos resultados de un acuerdo de paz firmado en agosto de 2025, en Washington, con la parte azerí, mientras, en contraste, Bakú continúa con declaraciones más enérgicas que conciliadoras.

En junio del año pasado, casi al mismo tiempo que profundizaba su ataque a la Iglesia Armenia y encarcelaba a Karapetyán, Nikol Pashinyán realizaba una “histórica” visita a Estambul, Turquía, para reunirse con el presidente Recep Tayyip Erdogan, principal aliado y patrocinador de Azerbaiyán, para normalizar las relaciones bilaterales y restablecer lazos diplomáticos, entre otras cosas. En este punto, no está de más recordar que fue el Imperio Otomano el que ejecutó el genocidio armenio en 1915, asesinando a un millón y medio de personas, siendo éste un crimen que recuerdan con especial amargura e impotencia los armenios de todo el mundo, ya que, hasta el día de hoy, Turquía, como sucesora del Imperio Otomano, sigue negando su autoría o responsabilidad en este genocidio, e incluso niega que haya sucedido como tal.

En definitiva, en todo este contexto, la pregunta es: ¿qué se juega en las elecciones del siete de junio en Armenia?

Pashinyán ya comenzó su campaña disfrazada de visitas regionales, infringiendo la legislación electoral que indica que sólo está permitido hacerlo entre el ocho de mayo y el cinco de junio, y ya empezó a sugerir sutilmente, a través del Servicio de Inteligencia Exterior de Armenia, la infaltable “injerencia rusa”.

La hoja de ruta del premier armenio es muy clara: busca profundizar su acercamiento a la Unión Europea, a Washington y, sorprendentemente para el pueblo armenio, a Turquía y a Azerbaiyán, país con vínculos muy estrechos con Israel. También se muestra como un férreo defensor de la “Ruta Trump” o TRIPP (Trump Route for International Peace and Prosperity) que unirá a Bakú, capital azerí, con la ciudad turca de Kars, pasando por la frontera entre Armenia e Irán y conectando Azerbaiyán con su exclave de Najicheván, iniciativa “comercial” de Donald Trump en la zona, que Irán ve con desconfianza, como una acción que busca profundizar su aislamiento regional. También hay que destacar que Teherán ha brindado ayuda y apoyo a Ereván frente a los ataques de Bakú, lo que vuelve a poner en cuestión los intereses de qué país privilegia Pashinyán.

Por último, la iniciativa de la Ruta Trump, no sólo busca ganar peso en una región que es zona de influencia de Rusia, sino que también podría intentar obstaculizar el proyecto del Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur, un trayecto de siete mil 200 kilómetros, que unirá por tierra y por mar a San Petersburgo (Rusia) y Bombay (India), pasando por Azerbaiyán e Irán.

En definitiva, volviendo a la pregunta ¿qué se juega en las elecciones del siete de junio en Armenia? Ni más ni menos que el elegir si, como en el caso de su vecina Georgia, hace un cambio de rumbo hacia un proyecto soberanista, que responda a sus tradiciones, valores culturales y espirituales y a la historia común con países como Rusia, que siempre fue un protector para un pueblo perseguido y masacrado por otros Estados, que hoy parecen encantar a un prooccidental primer ministro Pashinyán. 


Escrito por Christian Lamesa

Analista geopolítico, fotógrafo y escritor. Autor del libro La paternidad del mal. Los cómplices de Hitler.


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