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La ideología dominante promueve la falsa creencia de que las guerras obedecen a causas subjetivas: ideológicas, religiosas o a desarreglos mentales de sus promotores; por ejemplo, hay quienes explican la Segunda Guerra Mundial por las fobias o complejos personales de Hitler. Ciertamente, muchas guerras adquieren formas religiosas, como las cruzadas o la lucha de Juana de Arco contra los ingleses; incluso hoy se envuelven en una retórica religiosa, como la argumentación bíblica de Israel para masacrar al pueblo palestino. Pero las guerras tienen un origen esencialmente económico. En la comunidad primitiva, las tribus luchaban por territorios y recursos naturales, por un hábitat para sobrevivir; y aunque en la época imperialista esos motivos aún subsisten, fundamentalmente los conflictos son impulsados por la apropiación de plusvalía: su naturaleza es capitalista, clasista.
Cuando nació la propiedad privada y se escindió la sociedad en clases, surgió la lucha entre ellas y apareció el Estado, dispositivo político cuyo fin es proteger a la minoría privilegiada contra la mayoría desposeída y hambrienta. Es un error frecuente y un espejismo que el Estado tiene como misión velar por el desarrollo de toda la sociedad. No es así. Como dijo Marx: “El poder político del Estado moderno no es más que un comité que administra los negocios comunes de toda la burguesía”. Es un instrumento del poder económico.
Y nació así la política: la lucha entre clases sociales o sectores de clase por conquistar y preservar el poder: el control del Estado, propiamente del poder político, para gobernar a toda la sociedad, imponer y aplicar leyes, controlar las fuerzas armadas y la burocracia. También el erario y su distribución, todo guiado por un interés de clase. Si los ricos gobiernan, el presupuesto se distribuirá en su provecho, precisamente como hoy ocurre en la mayor parte del mundo; si los trabajadores controlan el Estado, los recursos públicos se distribuirán, principalmente, en su beneficio. Sin clases sociales no existirían ni el Estado ni la política.
Pero la lucha de clases trasciende las fronteras de cada nación. Se impone en las relaciones internacionales, donde los países ricos someten a los pobres. Y así como dentro de cada país, cuando fallan los medios de control político, el Estado capitalista reprime con las armas a las clases oprimidas, igualmente entre países, los más poderosos someten mediante la guerra a los débiles para saquearlos. “La guerra es sólo la continuación de la política por otros medios”, dijo Carl von Clausewitz.
Así que hoy, decir que a Donald Trump le mueven motivos personales, su megalomanía, su espíritu vengativo o el chantaje de los sionistas, es ocultar el verdadero motivo de sus agresiones, concretamente: el saqueo de materias primas de países débiles y la búsqueda de nuevos y más amplios mercados. Y es que en éstos se realiza la plusvalía, mediante la venta, y si ésta no ocurre, la plusvalía permanecerá en potencia en las mercancías. Esto motiva todas las agresiones de Estados Unidos (EE. UU.), con Trump y sin Trump.
El imperio aduce mil y una excusas para atacar otros países, a Venezuela por los supuestos cárteles, o a Irán con el invento de que fabrica armas nucleares. Cualquier alegato sirve. Su veracidad no importa. Anteriormente, los demócratas en Washington pretextaron que en Irak, Hussein poseía armas de destrucción masiva; o que en Afganistán se destruía la cultura; o en general, que tal o cual país no es democrático, caso de Libia, donde el coronel Gadafi era dibujado como cruel tirano que merecía ser asesinado. EE. UU. lo hizo, hundiendo al país en el caos, como describe el periodista John Lee Anderson en su libro Crónica de un país que ya no existe: Libia, de Gadafi al colapso. A todos esos países EE. UU. debía llevarles “su democracia”, aunque fuera chorreando sangre y montada en un misil.
Y estas guerras capitalistas en busca de más plusvalía las paga la clase trabajadora con dolor humano, pues quienes sufren los mayores efectos son los pobres: ellos son la verdadera carne de cañón (por cierto, en EE. UU. ha crecido en las redes sociales el reclamo de que el hijo de Trump se enrole en la guerra contra Irán).
El pueblo paga literalmente con sangre estas guerras, como ocurrió con el asesinato de niñas (con misiles Tomahawk) en una escuela primaria en Minab, al sur de Irán. Lo dice la prensa estadounidense misma: “Restos de un misil procedentes del mortífero ataque contra una escuela primaria iraní el 28 de febrero –que causó la muerte de 175 personas [debe decir niñas]– presentan las marcas de un arma estadounidense, informa The New York Times tras analizar unas imágenes del mismo […] Según concluyó NYT, los fragmentos contienen números de serie y otros datos coherentes con la forma en que el Departamento de Defensa de EE. UU. y sus proveedores clasifican y etiquetan las municiones” (RT, 10 de marzo). Y el crimen no se debió a un error. En palabras de la relatora especial de la ONU sobre ejecuciones extrajudiciales, Agnès Callamard: “No hay duda de que la escuela iraní fue blanco de un ataque de EE. UU. Esto constituye una violación absoluta del derecho internacional” (HispanTV, 11 de marzo).
Pero el pueblo también paga las guerras –en este caso el estadounidense– al verse privado de recursos que podrían mejorar su vida si se aplicaran con un criterio humanista. “Los costos iniciales y directos de la guerra contra Irán ya superaron los 10 mil millones de dólares para EE. UU. hace apenas unas horas” (HispanTV, 10 de marzo). Más lo que se acumule. Con ese dinero, cuántas viviendas podrían haberse construido para los estadounidenses sin casa; cuántos hospitales para atender a los más de 27 millones sin seguro médico. En lugar de gastar en potentes misiles, radares gigantes y portaaviones, podría progresar la investigación médica, o bien otorgarse becas para los 45 millones de estudiantes que adquirieron créditos para cursar una carrera, y cuya deuda total asciende a 1.7 billones de dólares.
En la Unión Europea, el pueblo pone también su cuota de sufrimiento para pagar la guerra de sus capitalistas. Por castigar a Rusia, Europa prohíbe la compra de gas y petróleo rusos, imponiendo a los europeos una fuerte inflación y más pobreza al pagar energéticos más caros impuestos por EE. UU. Hoy, el aumento en el precio del petróleo a más de 100 dólares por barril genera inflación, pues si suben los energéticos, sube todo; pero quienes terminan pagándola son los consumidores, pues los empresarios no absorben los altos costos: los trasladan al precio final de los productos.
Como conclusión, y volviendo a lo dicho al inicio, mientras haya clases sociales y países pobres y ricos, habrá guerras, acicateadas en el imperialismo por la tendencia decreciente de la tasa de ganancia en los países ricos. Al emplear más tecnología aumenta la llamada composición orgánica del capital, pues desemplean trabajadores, únicos productores de valor (las máquinas no producen valor nuevo), y esto lo resuelve el capital, en parte, mediante guerras para obtener materias primas y energéticos más baratos, o buscando reducir costos por la fuerza, como en el cruce del Canal de Panamá en condiciones privilegiadas.
Tampoco se alcanzará la paz porque en EE. UU. en lugar de los republicanos gobiernen los demócratas. Está probado: ambos son las dos caras de una misma moneda, el imperialismo rapaz. Tan asesino es Trump como Biden u Obama. Todos cumplen el papel que el sistema les impone. En el fondo, el criminal de última instancia es el gran capital. Los otros son viles ejecutores, sus sicarios.
La paz imperará sólo cuando se eliminen las condiciones que hacen inevitable la guerra, a saber: la existencia de clases sociales con intereses antagónicos y la vertiginosa acumulación de la riqueza. El ansia creciente de acumulación no es tampoco cuestión de pura sicología de los grandes capitalistas: ellos sólo son operadores del capital, los sacerdotes de ese auténtico Moloch eternamente hambriento de plusvalía. Sólo en una sociedad equitativa, de verdaderos hermanos, sin pobres ni ricos, donde todos los seres humanos puedan satisfacer a plenitud sus necesidades, no habrá motivo que empuje a matar por riquezas o para comer. Sólo entonces el hombre ya no será lobo del hombre.
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Escrito por Abel Pérez Zamorano
Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.