La ideología dominante promueve la falsa creencia de que las guerras obedecen a causas subjetivas: ideológicas, religiosas o a desarreglos mentales de sus promotores.
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La ofensiva militar-fascista de Estados Unidos (EE. UU.) e Israel contra Irán tiene un objetivo adicional al de neocolonizar el Medio Oriente: extenderla al Extremo Oriente e intensificar el cerco comercial contra la República Popular China (RPCh).
En el campo de batalla transregional, los neonazis de Washington y Tel Aviv no están actuando solos, porque al proyecto imperialista se han sumado los de India y Pakistán, cuyos jefes de Estado actúan en connivencia con el de EE. UU.
El abrazo que en días pasados se dieron los primeros ministros de India e Israel al parecer rompe la cohesión antihegemónica del bloque de potencias emergentes formado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica.
El 21 de febrero, el primer ministro de India, Narendra Modi, trastocó la geopolítica del nuevo orden internacional cuando a su arribo a Tel Aviv se arrojó a los brazos del genocida Benjamín Netanyahu, quien horas después atacó a la República Islámica de Irán.
Ante el Parlamento hebreo (Knésset), el gobernante del país más poblado de la Tierra declaró: “India apoya a Israel con firmeza, con plena convicción en este momento y el futuro”. Con este aval tácito, Modi sepultó los principios de no alineación que India defendió por décadas.
Ese día, a tres mil 211 kilómetros, su vecino Pakistán declaró “guerra abierta” a los talibanes de Afganistán y disparó a objetivos de milicias a las que acusó de “terroristas”. Estas acciones contribuyen a trastocar el frágil equilibrio político en el Medio Oriente y las regiones aledañas; y favorecen el interés imperialista de EE. UU. contra su principal adversario comercial en el orbe: la RPCh.
Por ello, a cuatro días de iniciarse las hostilidades, EE. UU. hundió una fragata iraní frente a Sri Lanka y así condujo el conflicto frente a India. Esta actitud confirmó el objetivo estadounidense de extender el conflicto con Irán a otras regiones.
La expansión de la ofensiva judeo-gringa incide significativamente en India, el segundo actor más influyente en Asia suroriental; y también influye en Pakistán, cuyo choque con los talibanes tensa la situación regional.
India es hoy una potencia en ascenso muy atractiva para el Occidente por su potencial y logros comerciales. En su gran territorio cabrían 15 países como Alemania, Francia, Reino Unido, España, Dinamarca, Israel, Hungría, Portugal, Bélgica y Austria, entre otros. En 1947, el subcontinente indio se independizó después de 200 años de colonialismo británico y construyó una política exterior de no alineación, que lo alejó de las tensiones de la Guerra Fría.
Sus gobiernos actuaron durante más de 50 años bajo la premisa “amigos de todos, enemigos de nadie”. Hoy es un Estado cuya Constitución lo define como República parlamentaria soberana, socialista, secular y democrática.
En ese periodo, la desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas le proporcionó apoyo en defensa, tecnología, salud y educación. Y ahora con la Federación de Rusia mantiene una “asociación estratégica especial y privilegiada”, como evidenciaron los cálidos encuentros que el presidente Vladimir Putin y Modi tuvieron en Moscú (2024) y Delhi (2025).
Moscú dotó a Delhi con gran parte de su arsenal, como el caza furtivo de quinta generación Sukhoi Su-57E y misiles antiaéreos de largo alcance S-400. La relación Irán-India es ancestral, ya que la influencia persa permeó en la cultura india. En la actualidad, el puerto iraní de Chabahar da un nuevo impulso a la economía porque la obra fortalece la unión de India con Asia Central y Afganistán.
De igual modo, el vínculo Beijing-Delhi traspasa el tiempo. Ya en la era moderna, se afirmó cuando India desdeñó a Taiwán y reconoció a la RPCh. Esta situación ha perdurado a pesar de eventuales crisis fronterizas. Hoy Beijing es el mayor socio comercial de India.
La relación entre Delhi y Washington ha sido, para algunos, de luces y sombras. Sin embargo, al pertrecharse en la política de no alineación, los sucesivos gobiernos del partido Congreso Nacional Indio mantuvieron un cuidadoso equilibrio.
Pero esto cambió en 2014, cuando ganó el Partido Popular Indio (BJP), que posee más de 170 millones de afiliados. Como primer ministro, Narendra Modi observó al mundo consciente de que Asia se convirtió en epicentro de la transformación de equilibrios geopolíticos.
Con esta convicción desplegó una estrategia para atraer a Washington, Moscú y Beijing. Fue así como Modi se adhirió a las renovadas alianzas militares de Occidente para contener a China, y se sumó al bloque QUAD (con EE. UU., Japón y Australia), hoy reinventado.
En 2021 no cuestionó la creación de la alianza bélico-tecnológica AUKUS (acrónimo de Australia, Reino Unido y EE. UU.), cuya finalidad consiste en desplegar un cerco marítimo en la periferia china de la región Indo-Pacífico.
Para las fuerzas progresistas del mundo, esos gestos significaron la alineación de India en la política imperial de EE. UU. contra China. Este perfilamiento no se tradujo en una relación de beneficio mutuo ni de respeto.
Así ocurrió con los altísimos aranceles impulsados por Donald Trump para presionar a Modi a que abriera el colosal mercado indio a sus importaciones. EE. UU. es deficitario en su relación comercial; sólo en diciembre de 2025 exportó bienes por tres mil 900 millones de dólares (mdd) e importó bienes por ocho mil 360 mdd de India.
Esta brecha creció debido a la política de autosuficiencia de India, que importa de EE. UU. gas, petróleo, joyería, aviones, helicópteros y naves espaciales, entre otros. Por ello, el pasado seis de marzo, cuando la clase política de India creía próximo el ansiado Acuerdo de Libre Comercio con EE. UU., se llevó un chasco. En el llamado Diálogo de Raisina –considerado un foro multinacional– debió soportar el humillante sermón del subsecretario de Estado, Christopher Landau.
Arrogante, el exembajador en México espetó: “la India debe entender que no vamos a cometer con ellos los mismos errores que cometimos con China hace 20 años”. Y agregó: “No estoy seguro de que queramos educar a personas para que ocupen plazas en nuestras instituciones y compitan por empleo con nuestra gente”.
A cambio de esa humillación, a cinco días de la acometida israelí-estadounidense contra Irán, India recibió una buena noticia: el Departamento del Tesoro de EE. UU. alivió las sanciones a Moscú para que venda a India el petróleo al que no accede por la crisis en el Estrecho de Ormuz.
El agresivo Secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, advirtió que esa “licencia” fue para que “Irán no tome de rehén a la energía mundial”. La verdad es que India, con sus mil 480 millones de habitantes, es el tercer mayor consumidor mundial de energía; y todo indica que esa autorización fue resultado del acercamiento de Modi a Israel.
Hoy India es un centro tecnológico global de Inteligencia Artificial, del llamado Internet de las cosas (IoT) y de computación en la Nube; además, dispone de 54 millones de ingenieros expertos en Space Tech y Deep Stech,según el Foro Económico Mundial.
Pero el Estado más poblado del planeta tiene grandes brechas socioeconómicas. Al menos 234 millones de personas sufren desigualdad y otras tantas padecen desnutrición, resultado de la endémica falta de acceso a salud, pésima infraestructura de servicios básicos, transporte y vivienda. En contraste, el uno por ciento de la población (unas 149 mil personas) posee el 74 por ciento de la riqueza.
El Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y diversos medios corporativos ocultan esa precariedad y favorecen mediáticamente a Modi; plantean la “caída de hasta 5.3 por ciento” en pobreza extrema entre 2022 y 2023 con datos de la Agencia Nacional de Estadística.
Y optan por silenciar el éxito en Kerala, el primer Estado indio que, desde noviembre de 2025, erradicó la pobreza extrema, bajo el gobierno de Pinarayi Vijayan, del Partido Comunista, refiere el periodista Vijay Atul Chandra.
Como gobernador de Gujarat, el científico-político por la Universidad de Delhi, Narendra Modi, tuvo éxitos con ciertos programas neoliberales, pero escasos logros en pobreza, salud y educación. En 2002 se le acusó por ordenar la represión de manifestantes musulmanes que dejó más de mil muertos, aunque la Corte Suprema no encontró pruebas.
Como primer ministro, redujo el gasto social y debilitó el marco laboral y ambiental. Sólo en la pandemia de Covid-19 murieron 4.7 millones de personas en India por la deplorable estructura sanitaria, acusó la Organización Mundial de la Salud.
Por su visión neoliberal abrió el país a la inversión extranjera directa y creó impuestos a bienes y servicios. En 2019 emitió la Enmienda de Ciudadanía que los musulmanes consideraron excluyente y fue criticado por su política agrícola a favor de agroindustrias extranjeras.
Estas acciones provocaron las protestas de 2020 en Delhi, donde cientos de musulmanes sufrieron ataques efectuados por religiosos hindúes y la policía, según organizaciones. Ese año, durante un paro agrario, millones de campesinos rechazaron las leyes que los empobrecían; por esa presión, Modi las derogó.
En 2024, los agricultores volvieron a protestar en las calles porque el gobierno intentó aplicar las leyes “por la puerta de atrás”. Denunciaron que Modi abrió todo al sector privado, que se ha apropiado del ciclo cosecha-almacenamiento-transformación-comercialización, y les impide crear sus marcas.
En estos problemas, los analistas ven el peso político-ideológico del hinduismo que Modi profesa, al igual que el 87 por ciento de la población. Esta visión discrimina a los musulmanes (el 25 por ciento de la población india) y que integran la mayor comunidad de ese credo en el planeta, muy superior a la de todos los países árabes.
Esta política de segregación explica su alineación política con el racismo conservador estadounidense y el sionismo israelí. Las tres vertientes polarizan a sus sociedades porque se sostienen con políticas excluyentes y de “temor al otro”, ya que se estigmatiza a los musulmanes, explica el polítologo francés Christophe Jaffrelot.
Por ello, el entusiasta y hasta cariñoso abrazo de Modi a Netanyahu envió el claro mensaje de que India ahora está en el bloque neofascista Israel-EE. UU. Analistas como Murat Sofuoglu recuerdan que el partido de Modi, el BJP, tiene fuertes nexos con la organzación paramilitar Rashtriya Swayamsevak Sangh, que promueve el concepto de dominio y hegemonía hindú (la hindutva) en toda India para “purificar” de musulmanes al país.
Desde que Modi gobierna el subcontinente indio, procura un implacable acercamiento con Israel, que ha derivado en su rechazo a condenar los ataques sionistas sobre Gaza y ahora sobre Irán.
El religioso indio no tardó en expresar sus “sentidas condolencias” a Israel por los caídos en la operación Tormenta de Al Quds de Hamás, del siete de octubre de 2023. En cambio, desde entonces no ha condenado el genocidio israelí sobre más de 85 mil niños y adultos palestinos.
Después del encuentro de febrero, Delhi y Tel Aviv profundizaron sus lazos de Asociación Estratégica a Relación Estratégica Especial porque espera un Acuerdo de Libre Comercio, que concluirá en mayo; mientras, han firmado 27 convenios, entre ellos el de suministro e intercambio de tecnologías críticas emergentes.
Basados en un pacto previo de noviembre, ambos construirán en India un Centro de Excelencia tecnológica que, en cooperación con la defensa sionista, desarrollará y producirá sistemas militares de tecnología avanzada, explicó la analista Sudha Ramachandran.
En estos convenios, Israel obtuvo la mano de obra calificada para sus sectores tecnológico y agrícola, de los que adolece por su sistemática aniquilación y expulsión de palestinos. También se contempla que, en cinco años, Modi envíe a Israel unos 50 mil trabajadores para perpetuar la neo-colonización de Palestina.
Lo que parece un ventajoso acuerdo bilateral alertó a Medio Oriente y toda Asia, pues la alianza Delhi-Tel Aviv se dio en el contexto del inminente ataque contra Irán. En reacción al abrazo de Modi con el genocida, el legislador del partido del Congreso, Jairam Ramesh, lo acusó de protagonizar “la mayor cobardía moral” porque no alzó la voz sobre el genocidio a gazatíes.
“Fue una visita vergonzosa y más aun a la luz de la guerra iniciada por dos buenos amigos del señor Modi: Netanyahu y el presidente estadounidense Donald Trump. La adhesión de Modi al Israel sionista es una traición al legado anticolonial de India”, sentenció Ramesh.
El parlamentario tiene razón, pues India fue el rostro global de la defensa anticolonial y por décadas apoyó la causa nacional palestina. Esa política titubeó en 1992 porque India e Israel decidieron cooperar; entonces se abstuvo de condenar a Israel por sus abusos y no apoyó la creación de un Estado de Palestina.
El vuelco vino en 2005, cuando India votó con Occidente contra el programa nuclear iraní en el Organismo Internacional de Energía Atómica. En 2025, guardó silencio ante los ataques israelíes-estadounidenses a Irán y, este año, su hipocresía alcanzó el colmo cuando su Ministerio de Asuntos Exteriores se mostró preocupado por los actos “de Irán en la región del Golfo”.
Por la degradación de la diplomacia india a favor de su alianza con EE. UU. e Israel, el historiador y exembajador de Israel en Washington, Michael Oren, lamentó: “los nacionalistas hindúes y judíos son aliados naturales”. Ése es el juego del primer ministro que expuso a la gran nación india a los rigores de la guerra ante un campo de batalla complejo y en favor de las fuerzas más reaccionarias.
El 27 de febrero, la Fuerza Aérea de Pakistán atacó siete campamentos en Afganistán de los Talibanes paquistaníes y el Estado Islámico del Gran Jorazán, en represalia por los ataques terroristas perpetrados en Islamabad, Bajaur y Bannu.
Las hostilidades surgieron a lo largo de la Línea Durand, frontera de facto entre ambos estados; asesinaron a 55 soldados paquistaníes, consumaron la captura de 15 puestos militares y dos bases. A su vez, Afganistán tomó prisioneros de guerra paquistaníes y acusó a la élite militar de Islamabad de ignorar la diplomacia e incrementar la agresión contra la seguridad de esa subregión.
La crisis en ese punto candente de Asia provocó que EE. UU. respaldara a su aliado Pakistán; un vocero del Departamento de Estado avaló su derecho “a defenderse de los talibanes”. Ello recuerda que, por 20 años, EE. UU. ocupó Afganistán para desalojar a los talibanes, pero ellos retornaron en 2021 tras la caída de Kabul, que significó la humillante salida de tropas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte ahí estacionadas. La contienda ya desplazó a más de seis mil personas; de ahí que ambas partes se culpen mutuamente por elevar la tensión.
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La India, fuente de la poesía moderna
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El último envío, se suma a los dos previos que se realizaron el 8 y 24 de febrero, con 814 y mil 193 toneladas respectivamente.
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El llamado se realiza con el fin de abrir espacios efectivos al diálogo y la negociación.
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Escrito por Nydia Egremy
Internacionalista mexicana y periodista especializada en investigaciones sobre seguridad nacional, inteligencia y conflictos armados.