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Opinión
El declive de Estados Unidos, el dólar y la sobrevivienda del género humano
Los intercambios de mercancías, materias primas, maquinaria, equipo y bienes terminados, así como la venta y compra de servicios, con el tiempo fueron creciendo en proporciones descomunales.


El papel moneda no es más que un representante de alguna o algunas mercancías con valor, es decir, objetos útiles y con tiempo de trabajo incorporado. Durante muchos años y para muchos papeles moneda en el mundo, la mercancía predilecta para respaldarlo y hacer que el público lo aceptara y hasta no pocas veces, lo atesorara, fue el oro. En poco volumen concentraba mucho valor, era transportable, duradero y se podía fragmentar físicamente para representar, según las necesidades, menos valor. En el caso del dólar, el papel moneda más fuerte e importante del mundo, el oro que lo avalaba estaba celosamente guardado (o al menos así se hacía creer hasta no hace mucho) en una fortaleza escrupulosamente vigilada por equipos y personal militar en un lugar del estado de Kentucky que se llama Fort Knox.

Los intercambios de mercancías, materias primas, maquinaria, equipo y bienes terminados, así como la venta y compra de servicios, con el tiempo fueron creciendo en proporciones descomunales.

La cantidad de dólares en circulación que posibilitaba esos flujos constantes tuvo que crecer también hasta que la diferencia entre el papel moneda en circulación y el oro efectivamente almacenado que validaba las transacciones su volvió abismal. Ya nada tenía que ver el uno con el otro. La situación se volvió más complicada porque en los hechos, ninguna autoridad regulaba la impresión de ese papel moneda denominado dólar que llegó a imprimirse para pagar los intereses y el principal de las deudas que contraía el gigantesco aparato estatal norteamericano, principalmente por sus monstruosos gastos militares.

El 15 de agosto de 1971, el presidente Richard Nixon le anunció al mundo un paquete de medidas que trasformaron radicalmente el sistema monetario que hasta entonces existía. Este sistema se había adoptado en julio de 1944 en una reunión celebrada en Bretton Woods, New Hampshire, en Estados Unidos (EE. UU.), que ya se perfilaba como el máximo beneficiario económico de la agresión de las hordas hitlerianas a Europa y, sobre todo, a la Unión Soviética. En esa famosa reunión de 44 países se acordó esencialmente que el valor de todas sus monedas se fijaba –ya no con relación al oro guardado por cada uno de ellos en sus bóvedas o bancos– sino con relación al dólar estadounidense y éste, a su vez, sería convertible en oro a razón de 35 dólares por onza.

Mientras EE. UU. poseyó las mayores reservas de oro en el mundo se mantuvo la creencia de que su dominación y la consecuente dependencia de casi todo el mundo, tenían respaldo. Pero sucedió que en mayo de 1971, EE. UU. registró su primer déficit comercial del siglo, es decir, compró (con dólares, por supuesto) más de lo que vendió; el gasto en la guerra de Vietnam había ya inundado al mundo de dólares (impresos sin respaldo de oro) y, por tanto, el oro guardado ya no podía respaldar el dólar a 35 dólares la onza lo que hacía que el dólar estuviera sobrevaluado. En pocas y resumidas palabras, ya no tenía fuerza, ya no valía lo que decían que valía.

Todo ello explica por qué el presidente Richard Nixon se vio obligado a anunciar al mundo que el dólar ya no se podría convertir en oro y en adelante sería una moneda fiduciaria (fides, fe o confianza) que se usaba por la fuerza de la economía de EE. UU. Pero desde entonces esa fuerza descomunal no ha dejado de declinar. EE. UU. ha tenido una balanza comercial negativa desde 1976, de fábrica y vendedor del mundo, se ha convertido en el gran comprador. Ahora, con la fallida guerra contra Irán, ha vuelto a saltar la cruda realidad. EE. UU. sostenía el poder del dólar obligando a países productores de petróleo, sobre todo del Medio Oriente, a venderle su petróleo y a aceptar el pago siempre en dólares, impuso el petrodólar, que mantiene así su fuerza y su hegemonía en el mundo. Sólo que esos países que sufrieron, entre otros daños, la destrucción por parte de Irán que se defendía, de las bases militares estadounidenses que supuestamente les daban seguridad, se han estado volviendo cada vez más renuentes a seguir siendo “protegidos” de EE. UU.El dólar fudiciario está ahora más amenazado que antes.

Pero no es todo. EE. UU. tiene una deuda monumental. Apenas se anunció que alcanzó un nivel preocupante: superó los 40 billones de dólares. Más impresionante todavía es el hecho de que en el año 2000 la deuda pública de EE. UU. ascendía a seis billones de dólares que, como se ve, se han multiplicado casi por siete como consecuencia de las guerras interminables que tienen como uno de sus propósitos fundamentales consumir las mercancías para la guerra que producen las grandes empresas capitalistas, fenómeno que se combina con los grandes recortes fiscales para la élite empresarial para cuidar y aumentar sus fabulosas utilidades. En EE. UU. existe un Estado que sirve celosa y eficientemente al gran capital, mientras que las deudas que contrae un día sí y otro también pasan a engrosar los retrasos cargados en última instancia a la cuenta de la clase trabajadora.

El pago de los intereses por estos adeudos vencidos asciende a un billón de dólares cada año… y sigue creciendo. Ello implica, evidentemente, menos dinero para obras y servicios para la población, menos tratamientos médicos, menos educación, menos carreteras y puentes y menos dinero para los alimentos gratuitos para la población más pobre que en 2025 tuvo un promedio mensual de 42.1 millones de personas y en enero de 2026 se calculó que sólo alcanzaba para 38.6 millones. Aumenta la pobreza de los más pobres.

Parece que hay muchas guerras. En Ucrania, que no es más que una agresión a Rusia por parte de EE. UU. y los países capitalistas; en la Franja de Gaza, que no es más que una modalidad de genocidio por parte de Israel y EE. UU. contra el pueblo palestino, practicamente desarmado; en Líbano, que no es más que otra etapa del sueño de enfermos por parte de los sionistas para tener un gran Israel; en Irán y buena parte del Medio Oriente, en el Pacífico sur amagando a China y en otras partes de mundo. Pero nadie debería engañarse, no son muchas guerras, es una sola guerra, la guerra del imperialismo de siempre por su expansión y consolidación que ahora toma la forma de una guerra de sobrevivencia contra la clase trabajadora del mundo.

El alfa y el omega de la muy mentada producción capitalista es la producción de plusvalía que consiste en aprovechar el hecho de que una gran parte de la humanidad no tiene en su propiedad medios para la producción, mientras que una exigua minoría es la propietaria de ellos, de las materias primas y de los recursos naturales, de la maquinaria, la tecnología y hasta de los conocimientos exclusivos y secretos para transformar la naturaleza. Esta situación, que cuando se conoce, echa por tierra toda la palabrería sobre los derechos humanos, la justicia, la inclusión, el igualitarismo y otras zarandajas similares, obliga a la inmensa mayoría de los desdichados seres humanos a vender su fuerza de trabajo, que es loúnico que poseen para sobrevivir.

En este pretendido libérrimo contrato, trabajo forzado éste sí, entre supuestos iguales, se le paga al trabajador lo que necesita para vivir –porque vive vendiendo su fuerza de trabajo 30 o 40 años y no pocas veces más– pero, nunca, jamás, un equivalente a lo que produce. Los datos disponibles de lo que cobra el obrero comparados con el valor que produce son de escándalo, hasta en unos cuantos segundos produce un equivalente a su salario diario. Ello nos explica sin lugar a dudas que al capitalista, mientras eche a andar el mecanismo y pueda vender los resultados, no le interesa producir medicamentos o drones mortíferos, produce para producir plusvalía.

Si bien es cierto que una minoría de la sociedad posee los medios de producción, los posee como clase, lo que significa que cada uno de sus miembros puede disponer de los que ya tiene, pero tiene la obligación ineludible de renovarlos y de comprar aquellos que no tiene en propiedad y, para todo ello, necesita dinero, el dólar, que se ha convertido en la moneda universal. Sólo que con el debilitamiento ya descrito de la economía estadounidense, la cantidad de los que están dispuestos a tener fe en una moneda fiduciaria se reduce irremediablemente. El otrora ominipotente dólar se debilita y se hace necesario apuntalarlo con la fuerza para que circule y echar mano de la misma para devorar recursos naturales y rutas para las cadenas productivas. El debilitamiento de la economía de EE. UU. y su moneda, explican la base de la guerra en curso y, terriblemente, advierten sobre la posibilidad de que se convierta en la última guerra que se libra en el planeta Tierra.


Escrito por Omar Carreón Abud

Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".


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