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Omar Carreón Abud
La guerra imperialista y sus causas
“La espantosa guerra actual (sería) sólo el anuncio de nuevos conflictos internacionales todavía más mortíferos y (conduciría) en todos los países a nuevos triunfos de los señores de la espada, de la tierra y del capital”.


Trataré de exponer algunas de las formas en las que aparece la crisis actual por la que atraviesa el planeta entero y, por supuesto, como una parte integrante, nuestro propio país. Me ocuparé de la más notoria, brutal y peligrosa de ellas, la agresión de Israel y Estados Unidos (EE. UU.) a la República Islámica de Irán. Uno de los sabios revolucionarios más citados, Carlos Marx, escribió unas palabras premonitorias sobre la Guerra Franco-Prusiana que quedaron para la posteridad en el Segundo Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la Guerra Franco-Prusiana (1870) y que son las siguientes: 

“La espantosa guerra actual (sería) sólo el anuncio de nuevos conflictos internacionales todavía más mortíferos y (conduciría) en todos los países a nuevos triunfos de los señores de la espada, de la tierra y del capital”. Y así ha sido hasta ahora. La agresión a Irán es otro conflicto “todavía más mortífero”, es una guerra imperialista en toda la extensión de la palabra. El imperialismo, desde que hizo su aparición en la sociedad humana a fines del Siglo XIX cambió radicalmente al mundo. No tiene a la guerra como un episodio, sino como su forma permanente de existir con ciertos momentos de relativa paz que utiliza para prepararse y continuar haciendo la guerra. Ya Carlos Marx no veía aquel enfrentamiento como una desavenencia pasajera sino como la esencia funesta del capital.

El modo de producción capitalista por el que atraviesa actualmente la humanidad, existe porque una escandalosa minoría de individuos se apropia del trabajo de inmensas masas de seres humanos manteniendo como su propiedad privada exclusiva los medios de la producción, es decir, las materias primas que ofrece la naturaleza a todos y los instrumentos para transformarlos que han sido creados por el esfuerzo y la inteligencia del género humano.

En virtud de que la riqueza sólo la produce el trabajo, a la exigua minoría privilegiada le interesa particularmente poner en acción a la fuerza de trabajo y pagarle su valor, o sea, entregarle a cambio sólo lo que necesita para sobrevivir y reproducirse, pero eso no significa que no la explote ya que lo que produce la fuerza de trabajo es un valor mucho mayor que lo que ella misma cuesta. Esa diferencia, no pocas veces inmensa, es la ganancia del capitalista (que los especialistas llaman plusvalía) y constituye también la forma de acrecentar su capital invertido (que los especialistas llaman acumulación).

¿Cuándo se detiene este proceso? Nunca. Si se interrumpe, el capitalista desaparece. Ni siquiera se puede frenar o hacer más pequeño porque el capitalista en cuestión sucumbe ante la competencia de los capitales que sí crecen incesantemente. Como se deduce de lo dicho, la necesidad de disponer de fuerza de trabajo en abundancia es constante y es vital, lo mismo sucede con las materias primas y las condiciones (tierra, agua, etc.) que proporciona la naturaleza, pero como todo esto en los Estados-nación que existen está limitado, la urgencia de apropiárselos por la fuerz es condición básica de sobrevivencia del capital y lo empuja a su etapa imperialista.

¿Qué pretende, pues, la embestida de los capitalistas de Israel y EE. UU. a la República Islámica de Irán? Uno. Recursos naturales, principalmente petróleo y gas natural; Irán tiene el 10 por ciento de las reservas mundiales de petróleo y el 15 por ciento de las de gas natural y es inmensamente rico en cobre, hierro, zinc, plomo, carbón, cromo, manganeso, azufre, oro, etc. Dos. Fuerza de trabajo; la población actual de Irán es de 92.3 millones de habitantes y hay 64.7 millones de personas en edad de trabajar (de 15 a 64 años) que, según lo dicho, para el capital, puestos a trabajar son una inmensa cantidad de plusvalía para devorar. Tres. Población que es también para el capital y sus intereses una masa inmensa de consumidores que puede mejorar sustancialmente la posibilidad de hacer realidad la plusvalía contenida en las montañas de mercancías que produce diariamente el capital.

No es todo. Irán tiene una ubicación extremadamente importante en el mundo para hacer posible, barato y rápido, el movimiento de las materias primas, los medios de producción, las mercancías terminadas y las tropas que cuidan los intereses de los imperialistas. Se encuentra entre el occidente por un lado, y Asia y el extremo oriente, por el otro; en la salida por tierra de China (el gigantesco competidor del imperialismo) hacia Europa, en la moderna ruta de la seda; Irán está al sur de Rusia (otro gran competidor del imperialismo), muy cerca de Turquía y el Cáucaso; se encuentra también –estrecho mar de por medio que se conoce como el Golfo Pérsico– frente a importantísimos países productores de gas y petróleo que surten a diario a los países capitalistas y cuyos grandes buques tienen que transitar por el Estrecho de Ormuz, angosto paso de unos cuantos kilómetros de ancho. Irán es pues una joya geoestratégica.

Con algunos de estos datos a la mano, ¿quién creería a Donald Trump cuando en una entrevista telefónica publicada el 27 de febrero en el diario Washington Post, dijo: “Todo lo que quiero es libertad para esa gente (el pueblo iraní)… Quiero un país seguro” y, a la luz del tiempo trancurrido en la guerra y los acontecimientos que se han podido conocer, tampoco van resultando creíbles las declaraciones que hizo cuando dijo que se trataba de “una pequeña excursión” para “deshacerse de gente malvada” y que “si hacen algo malo, sería el fin de Irán y nunca más se volvería a oír su nombre”. ¿Quién va ganando la guerra? Muy difícil decirlo en estos momentos, porque la censura de la información es severísima, casi sólo se difunde la versión triunfalista de los medios occidentales. Se sabe que Irán ha sufrido pérdidas espantosas, su líder máximo, el Ayatola Alí Jamenei y buena parte de su familia y de los altos dirigentes iraníes, fueron asesinados por proyectiles de precisión disparados a distancia y, entre otros crímenes horrendos, alrededor de 180 personas, en su mayoría niñas de entre seis y 12 años, además de varios maestros, fueron masacrados en su escuela también por otro proyectil. Más crímenes norteamericanos de una larguísima lista.

Pero, según ha trascendido, Irán resiste. Arrasó las bases militares de EE. UU. en buena parte de los países del Medio Oriente y su personal tuvo que ser reubicado, mantiene cerrado el tráfico de barcos petroleros en el Estrecho de Ormuz y, por tanto, los precios del petróleo en el mercado mundial han subido de manera preocupante, así como el precio de la gasolina que se vende en las estaciones de servicio de EE. UU..

La guerra ha costado ya a los contribuyentes norteamericanos, sólo en la primera semana, más de 11 mil 300 millones de dólares, según informes del Pentágono al Congreso y, según los columnistas Jeffrey Feltman y Mara Karlin del New York Times, está claro que Washington no esperaba la magnitud de la respuesta de Irán a la agresión en su contra. Consecuencia negativa inevitable (entre otras): buena parte de la población norteamericana está en contra de la guerra y la posición de Donald Trump se deteriora cada día que pasa.

¿Qué circunstancias han orillado a EE. UU. a adoptar una política más agresiva contra varios países, incluido el nuestro, que tiene hasta ahora como su máxima expresión la agresión armada contra Irán? La dinámica del capital, la compra de fuerza de trabajo por debajo del valor que produce y la necesidad ineludible de ampliar constantemente esta brecha, lo han obligado a introducir cada vez más maquinaria y tecnología en las empresas para aumentar la productividad. Sólo que esto implica necesariamente la disminución de los obreros empleados y ahora cada vez menos obreros tienen que generar una ganancia mayor por unidad de capital invertido, lo cual ha sido posible durante un tiempo, pero no se puede llevar a cabo indefinidamente.

La ganancia con relación al capital constante (maquinaria y equipo) está descendiendo de manera imparable. Le urgen al imperialismo materias primas y recursos energéticos más baratos o robados (como los de Groenlandia, de Venezuela o Irán), le urgen obreros baratos (como los mexicanos del nearshore) o que trabajen hasta doce horas o las dos cosas (como los de Argentina) y que consuman mercancías (por eso las ayudas para el bienestar y los aranceles y las prohibiciones a los productos chinos). Por eso el recrudecimiento de la violencia en nuestro país y por eso los ataques a la ya deteriorada democracia como el intento fallido (hasta ahora) de reformar la ley electoral. Suenan en los palacios imperialistas las alarmas en defensa de la ganancia, del aborrecible tiempo de trabajo no pagado, de los hombres que se enriquecen escandalosamente a costa del trabajo de otros hombres. El capitalismo está en su fase degenerativa o terminal, como usted guste, lo que no significa que su muerte sea inminente. De ahí sale la crisis, la política agresiva y la guerra. Organízate, defiéndete, lucha. No existe ninguna otra alternativa. 


Escrito por Omar Carreón Abud

Ingeniero Agrónomo por la Universidad Autónoma Chapingo y luchador social. Autor del libro "Reivindicar la verdad".


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