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El deporte se vende como un espacio neutral, de fraternidad y reglas universales. Pero cuando los intereses de las potencias occidentales se ven amenazados, el campo de competencia cambia. La Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), alejado ya del arbitraje imparcial, ha demostrado una y otra vez que su moralidad resulta selectiva: todos fuimos testigos de la sanción fulminante contra Rusia por su defensiva militar contra Ucrania, lo cual contrasta escandalosamente ante el silencio cómplice que ha mantenido durante décadas de intervenciones militares estadounidenses en países como Venezuela, Cuba, Irán, Irak o Libia; si el castigo deportivo fuera realmente un instrumento de justicia, hace tiempo que Estados Unidos (EE. UU.), también estaría en la lista de excluidos.
En febrero de 2022, al inicio de la operación defensiva militar rusa contra Ucrania, la FIFA reaccionó con una velocidad inusitada: apenas días después suspendió a la selección rusa de todas las competencias internacionales, la excluyó de la repesca para el Mundial de Qatar y obligó a los clubes rusos a abandonar sus participaciones en Europa; todo esto se desarrolló sin algún tipo de condena judicial previa, sin un proceso que determinara responsabilidades y, lo más llamativo, cuando aún decenas de países incluidos los que lideraban las sanciones, no habían declarado formalmente la guerra.
La iniciativa se presentó como un acto de “defensa de los valores del deporte”, pero la FIFA no aplicó jamás ese mismo criterio cuando Israel y EE. UU. invadieron territorios bajo justificaciones tan endebles como armas de destrucción masiva inexistentes o “misiones de democratización”.
Mientras Rusia era expulsada, EE. UU. permanecía en mundiales con total normalidad, aun cuando el historial militar estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial resulta abrumador: intervenciones en Corea, Vietnam, Libia, Camboya, Granada, Panamá, Irak (dos veces), Afganistán, Siria, además del bloqueo económico contra Cuba condenado anualmente por la Organización de la Naciones Unidas (ONU) y operaciones de injerencia en Venezuela e Irán.
Con las recientes invasiones estadounidenses al país sudamericano y a Irán, la FIFA debería esforzarse para quitarle el Mundial 2026; pero como es su principal patrocinador, no solamente lo permitirá, sino que lo ha premiado; así, mientras la invasión sea impulsada por Washington, no existe violación del “espíritu deportivo”.
La FIFA sólo sanciona cuando el agresor es un adversario geopolítico de las potencias dominantes de sus órganos decisivos. No existe una comisión ética que evalúe las guerras de EE. UU., Francia o Reino Unido con los mismos criterios. El principio de “neutralidad política” se invoca selectivamente.
La FIFA no es una isla, su sede en Zúrich respira el mismo aire de las cancillerías occidentales, sus principales patrocinadores son corporaciones con sede en países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y su historia está llena de decisiones alineadas con los intereses de EE. UU. y la Unión Europea. No es casualidad que el Mundial de Futbol 2026 se celebre en Norteamérica mientras se castiga a Rusia.
Si la FIFA realmente creyera en sancionar a quienes “atentan contra la paz internacional”, tendría que empezar por aplicar el mismo rasero a todos los miembros de la ONU que han participado en guerras no autorizadas por el Consejo de Seguridad. Pero eso no ocurre, porque la paz, en el discurso del deporte global, obedece a interpretaciones ambiguas según quién sea el invasor.
En conclusión, la sanción a Rusia por su defensa ante la expansión de la OTAN en Ucrania y la nula restricción para EE. UU. han evidenciado la hipocresía del sistema; pues cualquier potencia incómoda para Occidente es expulsada del campo de juego con una rapidez que contradice cualquier principio del debido proceso.
El deporte exige y merece organismos realmente imparciales que ya no lo utilicen como un arma de castigo geopolítico. Para que eso ocurra, es necesario destruir el sistema imperialista encabezado por EE. UU. Mientras tanto, trabajemos todos para fomentar un deporte con espíritu de superación personal y colectiva, como herramienta fundamental en la formación de mejores personas.
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Escrito por Wuenceslao Pérez
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