En términos etimológicos, lo político se refiere a todo lo relacionado con la vida de la ciudad o del asentamiento humano en cuestión, por lo que no es posible pensar en problemas sociales que no sean políticos.
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En muy poco tiempo –apenas unos 200 años de vida activa, si tomamos como punto de partida su consolidación en la fase industrial–, el capitalismo ha provocado situaciones catastróficas cuyas consecuencias aún no terminamos de medir. Doscientos años parecen muchos, pero vistos desde la escala de la historia son apenas unos segundos. Compárese, si no, con el feudalismo: el capitalismo es aún un recién llegado. Y sin embargo ha mostrado una capacidad arrolladora de destrucción.
El desarrollo de las fuerzas productivas, bajo el sistema capitalista, ha resultado indisociable de la destrucción. Es decir, que mientras la técnica y la tecnología se han desarrollado para elevar la productividad, se ha incrementado también la agudeza en la producción de armas o mecanismos que permiten la extracción de recursos naturales, la invasión y la guerra, recursos que han sido y están siendo utilizados por las grandes potencias mundiales que requieren más territorios para invertir y enriquecerse. La destrucción es proporcional al desarrollo de las fuerzas productivas e incluso avanza a un ritmo acelerado por sus propios efectos acumulativos, hasta el punto de que puede volver inhabitable la Tierra. Hay quienes afirman, como el filósofo Kohei Saito, que la inhabitabilidad del planeta llegará antes del fin del capitalismo ocasionado por sus contradicciones internas. Esta posibilidad implica que no sería posible la construcción de otro tipo de sistema económico.
Ante la impresión por la catástrofe, es normal que se anuncie una especie de apocalipsis. Para considerar en perspectiva el nivel del daño: en África Occidental y el Sahel, 52 millones de personas se encuentran al borde de la inanición (ONU, Banco Mundial); en Gaza se observa el ejemplo más extremo de destrucción directa, pues la tecnología militar dominada por EE. UU. e Israel aniquila a la población a una velocidad que no se veía desde la Segunda Guerra Mundial (Scher y Van Den Hoek, 2023); y en América Latina y El Caribe las poblaciones están siendo víctimas de la violencia y el desplazamiento permanentemente, se afirma que más de 14 millones de niñas y niños necesitan ayuda humanitaria en este año (UNICEF).
Es notable la desesperanza sobre el futuro. Las optimistas ideas de que se podría construir un mundo mejor han perdido peso, así lo muestran estudios de Suiza, EE. UU. y España. Y, por otro lado, tienen mucho peso las opiniones que buscan formas de estar bien incluso dentro de la catástrofe, pues al parecer no hay muchas maneras de escapar a las injusticias o crisis del actual sistema económico y político. El panorama general de la conciencia social es ése: la catástrofe, la desesperanza y la superación personal. Además, esta conciencia social cobra fuerza porque es dicha ideología la que recibe buen financiamiento para ser promovida (Berlant Lauren, 2011).
La tentación del catastrofismo y del pesimismo se establece en un contexto material que no puede ser ignorado: se observa en la vida cotidiana, en los problemas económicos y sociales. Y dicha tentación podría implicar (aunque no necesariamente) mayor indiferencia e inacción, menos ánimo de plantear proyectos para transformar la realidad para mejor, pues se asume que, al enfrentarnos a un panorama peor, ningún esfuerzo es valioso; en el mejor de los casos, se ofrece una solución de corto plazo, en donde no tengamos que preocuparnos por hacer más en términos colectivos, sino en resistir sobre todo de una forma más aislada e individual.
Es importante plantear el debate sobre cuánto tiempo le resta a la humanidad. En ese sentido, la discusión es ésta: los más catastrofistas, como James Hansen, insisten en que ya hemos dejado atrás el momento en que se podía hacer algo para revertir los daños. Y otros científicos ecologistas, como Michael Mann, insisten en que aún hay tiempo para que se tomen medidas para mitigar el daño. Conviene continuar observando cuáles son las predicciones científicas y cómo se desenvuelve la realidad política. A partir de esa mirada atenta considerar que, en lugar de malgastar los ánimos y las energías en el catastrofismo, optar por una discusión en términos ceñida a lo científico y realista: ¿qué está en nuestras manos?, ¿qué podemos hacer durante el resto de nuestra vida?, ¿cómo podemos construir lazos fraternales que posibiliten un futuro más alentador? Las respuestas no están escritas con correspondencia particular, pueden ser encontradas por nosotros mismos y ser discutidas en nuestros círculos sociales, ajustarlas a nuestras circunstancias concretas y particulares; este camino no es el de la indiferencia e inacción, sino todo lo contrario.
En términos etimológicos, lo político se refiere a todo lo relacionado con la vida de la ciudad o del asentamiento humano en cuestión, por lo que no es posible pensar en problemas sociales que no sean políticos.
Esta obra es un rosario de consejos amorosos dirigido a los padres y madres para que ayuden a construir hombres nuevos, mujeres nuevas, de una calidad superior, altamente fraternos y solidarios.
La clase social que ostenta el poder, tanto el económico como el político, utiliza las más variadas herramientas para hacer pasar como naturales sus ideas.
La belleza expresiva del lamento de Gilgamesh por la muerte de su amigo ha sido comparada con los cantos elegíacos por la muerte de Patroclo, Sigfrido, Rolando y otros héroes legendarios.
Detrás del discurso abstracto sobre los valores morales y sobre los derechos universales se esconde el deseo de dominación en provecho de los poderosos.
Hay que entender el pensamiento y su historia para que, por medio del análisis de su contradicción interna, podamos hacernos de las mejores armas para comprender y transformar el presente.
La humanidad se ha enfrentado a las dificultades y contratiempos que el entorno natural en el que construye sus asentamientos le ha puesto enfrente.
La filosofía ha sido, en sus mejores momentos, una denuncia incómoda del poder, aunque también ha servido para justificar el orden existente.
Poema de Atrahasis o del “muy sabio”
Lo que nos ha enseñado la historia de la filosofía es que el desarrollo del pensamiento va dejando huella.
El discurso meritocrático tiene una gran fuerza en la población.
La unidad entre práctica y teoría remite, en suma, a la tesis según la cual “el conocimiento es acción” y “el hombre no conoce bien más que lo que sabe hacer”, idea cuyo descubrimiento se atribuye a Sócrates.
Ukiyo-e significa “imágenes del mundo flotante” y su objetivo es mostrar lo efímero, lo fugaz, lo transitorio.
La tragedia de Antígona es una de las que más reflexiones contemporáneas ha producido.
Son pocas las cosas que nos quedan de Heráclito, filósofo de la antigua Grecia, considerado uno de los grandes pensadores presocráticos.
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Escrito por Betzy Bravo García
Investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales. Ganadora del Segundo Certamen Internacional de Ensayo Filosófico. Investiga la ontología marxista, la política educativa actual y el marxismo en el México contemporáneo.