En la lucha por cambiar sus circunstancias, por transformar su entorno social, los seres humanos se transforman también a sí mismos.
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Vivimos en una época en la que el pasado se ha vuelto incómodo. Nos pesa pensar en lo que fue. Convertimos el pasado en una losa pesada e inútil debido a los discursos de quienes lucran con la salud mental, ofreciendo como bálsamo del bienestar emocional vivir en “el aquí y el ahora”. Su fórmula es sencilla: lo que realmente importa es el presente, vivirlo, disfrutarlo al máximo y no pensar en tiempos pretéritos porque no tiene ningún sentido, pues no podemos cambiarlos. Y ¡ay de quien se te atreva a imaginar el futuro!, tal atrevimiento nos llevará, indudablemente, a vivir aterrados y ansiosos.
Frente a esto, existe también cierta añoranza ingenua de que “todo pasado fue mejor”, sobre todo en mentalidades conservadoras. Sin embargo, el discurso dominante es el primero, cuya consecuencia más profunda consiste en negar el pasado y privarnos de imaginar futuros posibles.
Esta corriente de pensamiento no es ingenua. Encuentra respaldo en postulados filosóficos contemporáneos que han proclamado el agotamiento de la historia. El ejemplo paradigmático es la tesis formulada por Francis Fukuyama a finales del Siglo XX, al aducir que el mundo había llegado al fin de la historia. Tras la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, se proclamó que el mundo había alcanzado la plenitud: por fin se habían terminado las guerras, las ideologías y, sobre todo, el comunismo. Este discurso, ideologizante por demás, sentenció que el capitalismo era el bien que había triunfado sobre la faz de la Tierra. Entonces, ¿para qué volver la vista atrás si ya habitábamos en una sociedad perfecta? ¿Qué sentido tenía escarbar en nuestra historia si habías llegado al mundo ideal?
Bajo ese orden de ideas, el presente se convirtió en el non plus ultra de la mentalidad contemporánea. Pero imaginemos: ¿cómo sería un individuo sin memoria? Más allá de eso, ¿es posible una sociedad sin memoria? Visto así, amputaríamos al individuo de su propia humanidad y en ese sentido, a la humanidad de una parte integral de su esencia. La posibilidad de conocerse a sí misma, entender su pasado y comprender el presente quedaría anulada, así como la imaginación de futuros posibles.
Esta mutilación de la esencia humana, que se reproduce en la sociedad contemporánea desde filósofos hasta mercachifles de la salud mental, también nos despoja de nuestra capacidad política y transformadora. El presente es como es y, ante ello, sólo nos queda la resiliencia. El superpoder de nuestros tiempos. No hay cabida para cuestionar ni criticar el presente, sólo basta aceptarlo con “estoicismo”. Vivimos en una época en la que se nos insta veladamente a dejar de ser humanos. Se no impide recordar, pensar, imaginar y construir mundos posibles.
Conocer nuestra historia y la de los demás es una parte constitutiva de nuestra humanidad. Nada más y nada menos. Añorar el pasado nos devuelve una parte de esa humanidad; no obstante, lo que realmente nos emancipa de cualquier atadura enajenante es atrevernos a imaginar alternativas al presente inhumano y salvaje en el que vivimos. Más aún, intentar construirlas es el acto más humano. La historia nos lo ha demostrado.
En la lucha por cambiar sus circunstancias, por transformar su entorno social, los seres humanos se transforman también a sí mismos.
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Escrito por Victoria Herrera
Maestra en Historia por la UNAM y la Universidad Autónoma de Barcelona, en España.