Si hoy no eres feliz es porque no te esforzaste lo suficiente. No meditaste, no tomaste dos litros de agua, no hiciste ejercicio, no vibraste alto o, peor aún, te quejaste, y ya sabemos que quejarse arruina la energía del Universo.
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Cuando escuchamos la tilde que carga la expresión “poesía popular mexicana”, casi siempre pensamos que nos referimos a la poesía que los mexicanos hemos creado: una acumulación que sostienen, al menos, cuatro siglos de memoria lírica. Estos “poemas” –se admite–, de letras sencillas y acaso permeables al entendimiento inmediato, suelen frecuentar actos públicos de índole cívica; otras tantas resuenan en bohemias, verbenas, concursos de declamación o allí donde la patria las convoque.
En esa primera imagen se estima que toda poesía popular nació directamente del pueblo, de forma anónima y colectiva. Pero esta afirmación no es del todo cierta: mucha de la llamada poesía popular mexicana tiene un origen letrado y culto; fue concebida para un público reducido, acaso distante del sentir popular. Y, sin embargo, el pueblo, a través de la tradición oral, la absorbió hasta volver anónimas algunas de esas composiciones.
En el poema Oda a los poetas populares, Pablo Neruda atribuye a la poesía popular dos rasgos esenciales: proviene del antiguo corazón del pueblo y su palabra se repite en el canto, transmitida en la rapsodia del viento; en un verso lo resume como “la voz que no requiere librerías”. Sin embargo, advierte Luis Miguel Aguilar, en el prólogo a la antología Poesía popular mexicana, que cuando el gusto popular reconoce disfrutar únicamente la poesía que entiende, no debemos creerle del todo. A esa masa también la ha conmovido la poesía que no comprende plenamente y, sin embargo, canta sus imágenes, siente el ritmo y la rima de la vida en sus palabras; en la metáfora y en la retórica se deslumbra porque la cotidianeidad, de pronto, se vuelve magia.
El pueblo elige al poeta de su devoción, aunque no descifre ninguno de sus símbolos: pocos podrían explicar completamente los versos de Ramón López Velarde –ese “oigo lo que se fue, lo que aún no toco / y la hora actual con su vientre de coco”– y, sin embargo, La suave patria nos estremece y nos regocija.
Si pensamos en el resplandor de los poetas del Siglo de Oro español, destaca la observación aludida por David Huerta sobre ellos: “escribieron con deliberación intelectual y asombrosa destreza”. De esa pléyade, entonces, heredó Sor Juana Inés de la Cruz la confección de poemas cultos, cargados de referencias históricas y mitológicas en sus diversas composiciones. Y aunque el pueblo no recite con frecuencia los extensos poemas filosóficos como Primero sueño, sabe de memoria otros versos suyos: “Hombres necios que acusáis…” o “Al que ingrato me deja, busco amante”. Así, piedra sobre piedra, se ha levantado una arquitectura compartida donde lo culto y lo popular de diluyeron para convivir en la misma “plaza verbal”.
Y aunque la poesía popular de origen culto circule en librerías y se haya publicado en antologías como El declamador sin maestro, Grandes joyas, Musa o Los 100 poemas mexicanos más famosos, su difusión sistemática encontró un impulso decisivo en la pedagogía porfirista, cuando se promovió que los niños recitaran poemas en las escuelas. Las artes declamatorias pasaron de las tabernas a los requerimientos pedagógicos y cívicos, y la memoria se ejercitó en voz alta. Desde entonces, generación tras generación, el pueblo fue palpando su propio sentir, ensayando tonos, repitiendo versos, levantando (casi sin advertirlo) la ciudad simbólica de la poesía popular mexicana: su propia Canon City.
El gusto popular de la poesía, aun cuando conserve sus preferencias durante décadas, muy de vez en cuando abre espacios para los poetas de su tiempo. Se alimenta, sin embargo, de esos peces de altísimo vuelo porque la poesía no exige comprensión absoluta, exige reconocimiento, ese instante en que alguien se descubre dicho por otro. Y cuando el pueblo se mira en esa palabra que lo nombra, el canon ya no es un decreto: se funda, se habita y comienza a latir por cuenta propia.
Si hoy no eres feliz es porque no te esforzaste lo suficiente. No meditaste, no tomaste dos litros de agua, no hiciste ejercicio, no vibraste alto o, peor aún, te quejaste, y ya sabemos que quejarse arruina la energía del Universo.
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Escrito por Gerardo Almaráz
Autor del libro Vestigios (Esténtor, 2022), actualmente es becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA, Oaxaca), 2025 en el área de poesía.