Columnas
Tiempo compartido
Los últimos diez días del año ya no los contamos con los dedos de las manos, ni siquiera recordamos tacharlos en el calendario.
Dame a estrechar tu mano, padre mío,
y no esquive tu cuello mis brazos.
Virgilio, Canto VI.
Los últimos diez días del año ya no los contamos con los dedos de las manos, ni siquiera recordamos tacharlos en el calendario. Se cuentan de otra manera, más bien se sienten: son la espera tensa de un milagro, de una noticia, de un amor o una confesión de última hora. O, en última instancia, son la expectación pura por el placer de contar a todo pulmón los diez segundos que le restan al año viejo, para romper el último segundo como una piñata en el cielo. A todos nos devora y, a la vez, nos regocija llegar intactos al primer minuto de un año nuevo. Cada cual cuenta esos días a su manera, pero lo verdaderamente vital, el núcleo secreto de la despedida es con quién compartimos el tiempo que desfila, irrevocable, como el último cartucho de nuestras esperanzas.
En esa temporada decembrina, a algunos nos correspondió la más silenciosa y extraña de las tareas: convertirnos en padres de nuestros propios padres. Aquellos pilares de la infancia que ahora nos miran con una fragilidad que desarma. El ciclo se invierte. El tiempo ha hecho claudicar a nuestros héroes, dejándolos en una desnudez común, en una vulnerabilidad compartida.
Contemplé la vejez con una piedad irreprochable. Mi padre llegó a ese umbral del tiempo padeciendo una senectud prematura a causa de la demencia vascular que se le incrustó, de manera repentina, hace ya tres años. El tiempo lo vulneró totalmente. Quien ha cuidado a un ser amado en tales condiciones sabe que se trata de una tarea ardua. Los detalles importan: la alimentación, los medicamentos, la higiene, el entretenimiento. No hay descanso físico ni mental. Las noches se configuran, se vuelven otra lámpara. Hay también horas vacías donde el aburrimiento nos mantiene en la zozobra, porque una distracción puede ser letal para alguien que ha sido desprovisto de la memoria y las palabras.
Al tocar su cuerpo envejecido palpé el futuro material de mi ser. El tiempo es –para recordar la imagen predilecta de Borges– un río que arrastra, aunque a veces olvidamos que somos el río. El hijo es el tiempo en que el padre mide su tiempo. Ahora pienso que el hijo, al volverse padre de su padre, mide el tiempo de un modo distinto: ya no es un río, sino una carga sagrada. Se cuenta en el peso de los pasos, en la paciencia del relevo, en la vigilia que reemplaza al sueño.
Es el tiempo de Eneas, el hijo que cargó a su padre Anquises sobre sus hombros para sacarlo de la Troya en llamas y, con él a cuestas, fundar una ciudad nueva. No se trata de un viaje heroico hacia la gloria, sino de una retirada íntima hacia lo esencial. La tarea del cuidador es ésa: ser el hombro que sostiene, la espalda que no se quiebra, el fundador de un pequeño reino de orden y cuidado en medio del tormentoso deterioro. Si uno no es el cuidador principal, los demás familiares deben ser los compañeros de ruta que alivien la carga, que procuren el relevo en la larga marcha, porque hasta el más fuerte de los fundadores necesita bajar a su padre para descansar los brazos y recuperar el aliento.
Mi padre y yo no salimos de una ciudad incendiada, pero atravesamos juntos otro año. Después de oír los fuegos artificiales, un silencio nos entrelazó. Ese silencio que en los primeros años de su deterioro me pareció un abismo, y que ahora comprendo. Y, sin embargo, hay días en que una sola palabra suya, un reconocimiento mínimo de este vínculo invertido, bastaría para salvarme de la nostalgia feroz por el hombre que fue. Mientras no llega, cuido ese fuego frágil que aún nos nombra y aprendo a permanecer junto a él sin pedirle más luz de la que puede compartir. 
Escrito por Gerardo Almaráz
Autor del libro Vestigios (Esténtor, 2022), actualmente es becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA, Oaxaca), 2025 en el área de poesía.