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Columnas
Comer bien para estar bien
Las comidas, celebraciones y reuniones son mucho más que sentarse a la mesa a comer juntos y llenar el estómago.


El aire de fin de año tiene un olor inconfundible: a pino, a canela, y sobre todo, a reencuentro. Pero más allá del ajetreo, las compras, las luces que adornan las casas y las calles, el verdadero corazón de esta época late en un lugar simple y profundo: la mesa.

Las comidas, celebraciones y reuniones son mucho más que sentarse a la mesa a comer juntos y llenar el estómago; es un acto social de vital importancia que promueve los vínculos sociales y fomenta la conexión humana, a la vez que nos ofrece una oportunidad única para crear hábitos saludables en familia. Planear, preparar, cocinar y servir los alimentos también es una forma de amor que siembra memorias y promueve la salud a largo plazo.

Cuando compartimos un buen guisado, una ensalada fresca, una bebida caliente y reconfortante o incluso el postre más tradicional, nuestro cerebro libera oxitocina, esa hormona clave que nos hace sentir más cercanos y seguros, que influye en comportamientos sociales y de vínculo, como la confianza, la generosidad y las relaciones sociales.

Además, cuando comemos en un ambiente relajado y social, se estimula la liberación de serotonina, hormona producida en un 90 por ciento en el tracto gastrointestinal y un 10 por ciento en el cerebro, y que está asociada con la tranquilidad, la felicidad, la digestión, la regulación del sueño y el apetito. De ahí que un ambiente de convivencia agradable reduzca el estrés y favorezca un estado de bienestar.

De igual forma, al compartir la mesa con calma, activamos el sistema nervioso parasimpático, encargado de devolver el cuerpo a un estado de calma, relajación y equilibrio, después de una situación de estrés o de cualquier actividad, mientras se llevan a cabo las funciones digestivas esenciales, lo que se traduce en una mejor absorción de nutrientes y menos malestar o inflamación.

Y si a eso le sumamos que los platos especiales –llámense pavo, romeros o tamales– que se sirven son una explosión de sabor y color, sí, generalmente un festín de energía, pero también lo pueden ser de antioxidantes y fibra. Pastas, ensaladas o rellenos vibrantes con pasas, arándanos y frutos secos oleaginosos que aportan texturas, colores y oportunidades para experimentar. Lo que demuestra que el secreto de una alimentación nutritiva en estas fechas no está en sacrificar sabor, sino en elevar la calidad de los ingredientes y consumirlos en porciones conscientes, la clave no está en la prohibición, sino en el equilibrio.

En medio de las celebraciones, donde las emociones están a flor de piel –entre la alegría y el inevitable estrés– nuestra elección alimentaria se convierte en una herramienta para gestionar nuestro estado de ánimo. ¿De qué sirve el alimento más perfecto si se come en soledad o en medio de tensión? El verdadero valor reside en el afecto con el que se sirve y se comparte. La convivencia festiva siempre será el mejor aderezo para cualquier plato. 


Escrito por Dra. Arely Vergara Castañeda

Grupo de Investigación en Promoción y Educación para la Salud y Alimentación PROMESA-Universidad La Salle México.


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