La codicia del capital trasnacional por los “minerales críticos”, imprescindibles en la gran industria, especialmente la militar, obliga cada vez más al gobierno de Donald Trump a promover guerras para garantizar este suministro.
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Desde el 28 de febrero de 2026, Estados Unidos (EE. UU.) e Israel han justificado la intervención militar en contra de Irán como una defensa de la libertad y la no proliferación nuclear. Sin embargo, esta agresión exhibe una profunda hipocresía: líderes con graves acusaciones de violaciones a derechos humanos se presentan como salvadores humanitarios mientras ocultan sus motivaciones reales de control geopolítico, recursos energéticos y contención de potencias emergentes. Este ensayo desmonta esa narrativa maniquea y expone la agenda imperialista subyacente.
Las cruentas agresiones de EE. UU. e Israel contra la República Islámica de Irán han recurrido a una narrativa maniquea que presenta al gobierno de Irán como “la encarnación pura del mal”, mientras los gobiernos de Donald Trump y Benjamin Netanyahu se erigen como salvadores. Trump, conocido por sus brutales políticas migratorias que han repercutido en la separación familiar masiva, detenciones en condiciones inhumanas y retórica xenófoba contra trabajadores migrantes, ha sido vinculado reiteradamente al escándalo de Jeffrey Epstein: documentos desclasificados por el Departamento de Justicia (2025-2026) lo mencionan miles de veces, incluyen referencias a su amistad con el depredador sexual y contienen acusaciones investigadas por el Buró Federal de Investigaciones sobre abuso sexual a menores en los 80s y 90s.
Por su parte, Netanyahu, líder de ultraderecha, enfrenta una orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional (CPI) (noviembre 2024, vigente en 2026) por crímenes de guerra y contra la humanidad en Gaza, incluido el uso de la hambruna como método de guerra, ataques intencionales contra civiles, asesinato, persecución y actos inhumanos. Estos cargos se sustentan en la evidencia recopilada por instancias internacionales (Organización de las Naciones Unidas, CPI y observadores independientes), que documentan bloqueo prolongado de agua potable y ayuda humanitaria, hostigamiento sistemático, tortura a manifestantes y matanzas de niños y mujeres palestinos. ¿Cómo pueden estos líderes, con récords tan gravemente cuestionados por violaciones a los derechos humanos en sus propias esferas de influencia, presentarse ahora como defensores de la libertad y la dignidad del pueblo iraní?
Si lo anterior no bastara para desenmascarar las verdaderas motivaciones, tanto EE. UU. como Israel han insistido incansablemente en promover la idea de que el gobierno iraní persigue el enriquecimiento de uranio con fines militares, y lo presentan como una amenaza inminente. Sin embargo, tal acusación choca contra evidencias contradictorias: Irán ha participado en múltiples rondas de inspecciones por la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA en inglés). El propio Ayatolá Alí Jamenei emitió una fatwa religiosa (decretada en los años 2000 y reiterada públicamente) que declara prohibidas la producción, almacenamiento y uso de armas nucleares bajo el Islam, que lo posicionó como defensor de la paz y el rechazo repetido contra cualquier ambición armamentística. En contraste, la amenaza nuclear comprobada en la región proviene precisamente de Israel: un arsenal estimado en 90 ojivas (no declarado oficialmente, fuera del Tratado de No Proliferación Nuclear y sin inspecciones, IAEA), lo que genera una asimetría flagrante ignorada por los atacantes.
En este sentido, resultan ridículos los argumentos que pretenden enmarcar esta intervención como una especie de “guerra santa” moderna, donde supuestos valores cristianos se enfrentan a “infieles” islamistas fanáticos. Esta propaganda se apoya en una islamofobia barata que reduce una religión con más de dos mil 60 millones de fieles (según estimaciones globales a 2026) a estereotipos extremistas y terroristas inherentes. En realidad, tal estirpe de intolerancia es heredera de la misma lógica sustentada por la Santa Inquisición o el fanatismo que, en nombre de Dios, justificó el exterminio de comunidades negras e indígenas en el pasado. Se trata de una instrumentalización de la fe para validar la barbarie, cuyo trasfondo es puramente económico.
Más absurda aún es la pretensión de que la maquinaria bélica estadounidense actúa motivada por un celo democrático contra un gobierno teocrático. Si el objetivo fuera realmente la “liberación” frente al oscurantismo religioso, estos esfuerzos se dirigirían con igual o mayor contundencia hacia Arabia Saudita. El reino saudí sostiene un régimen wahabí que impone una tutela masculina asfixiante y ha ejecutado en Yemen una de las campañas militares más sanguinarias del Siglo XXI –marcada por el uso deliberado del hambre como arma y crímenes de guerra ampliamente documentados por la ONU y Human Rights Watch–. Sin embargo, Riad jamás enfrenta sanciones ni “intervenciones humanitarias”, por el contrario, está blindada como un aliado estratégico, proveedor fundamental de petróleo y comprador masivo de armamento.
Finalmente, si alguien acusa a Irán de ser una potencia que fomenta el extremismo islámico, hay que recordar las pruebas ya documentadas financiadas indirectamente por EE. UU. a los precursores de grupos yihadistas modernos durante la Guerra Fría. La Operación Cyclone (1979-1989) de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) canalizó miles de millones de dólares y armas a los mujahideen afganos contra la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), cuya distribución estuvo a cargo de los servicios paquistaníes (ISI) y apoyo saudí. Este blowback histórico desmonta la hipocresía: Occidente condena a Irán por respaldar al “eje de resistencia” (Hezbolá, hutíes, etc.), pero olvida convenientemente su propio rol en haber armado a islamistas radicales cuando convenía geopolíticamente contra la URSS.
Demonizar a Irán por su no alineación mientras se toleran o financian abusos aliados, revela que la intervención actual no responde a principios universales de derechos humanos o no proliferación armamentística, sino a intereses geopolíticos, control de recursos y contención de rivales como China.
En efecto, en términos geopolíticos, el Estado iraní representa una “anomalía” para el imperialismo: un régimen que ha logrado sostener una política exterior de no alineación absoluta en una región históricamente tutelada. Para descifrar esta postura es necesario remitirse a la Revolución Islámica de 1979, que no debe entenderse meramente como un arrebato religioso, sino como la culminación de un proceso de catarsis nacionalista frente a décadas de intervencionismo. El derrocamiento del Sha, aquel monarca cuya autoridad fue restaurada por la CIA en el golpe de 1953 (Operación Ajax), selló el divorcio definitivo entre la sociedad iraní y las potencias occidentales, transformando la soberanía herida en el motor de su nueva identidad estatal.
Un factor determinante en la fisonomía actual de Teherán es la naturaleza de su liderazgo fundacional. A diferencia de otros movimientos del Sur Global, donde las vanguardias de izquierda solían capitalizar el sentimiento antiimperialista, en Irán, el proceso fue capitalizado por las fuerzas nacionalistas islámicas bajo la figura de Jomeini. Si bien los sectores socialistas y comunistas fueron aliados tácticos en la caída de la monarquía, su incapacidad para articular una identidad nacional tan profunda como la del clero chiita permitió que el nuevo Estado adquiriera un carácter teocrático, pero estrictamente antiimperialista.
Esta configuración nacionalista explica por qué Irán percibe la presión de Occidente no como una discrepancia diplomática, sino como una amenaza existencial. La política exterior de Teherán está cimentada en la memoria histórica: desde el derrocamiento de Mosaddeq hasta el apoyo occidental a la invasión sobre Irán de Saddam Hussein en los años ochenta, pasando por el sabotaje de su infraestructura civil y el asesinato selectivo de sus científicos; y desde luego, décadas de sanciones económicas y medidas políticas para crear inestabilidad interna desde Occidente. Para el mando iraní, la desconfianza no es paranoia, sino una lectura pragmática de un historial de agresiones que busca su desarticulación como potencia regional.
A esta dimensión histórica se suma la estratégica importancia energética de Irán. El país posee la tercera reserva probada de petróleo más grande del mundo, con aproximadamente 208 a 209 mil millones de barriles (alrededor del 11-13 por ciento del total global, según estimaciones de EIA y de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, actualizadas a 2025-2026), y las segundas de gas natural, con cerca de mil 200 billones de pies cúbicos (aproximadamente 34 billones de metros cúbicos, o cerca de 16-17 por ciento mundial). Además, controla el Estrecho de Ormuz, por donde transita alrededor del 20 por ciento del petróleo y aproximadamente el 25 por ciento del gas natural licuado mundial. Su plena reintegración al mercado global sin sanciones podría reconfigurar flujos energéticos, reducir precios y fortalecer la influencia de China, que absorbe más del 80 por ciento de las exportaciones iraníes de crudo (representando del 10 al 13 por ciento de las importaciones totales chinas en 2025-2026).
Por ello, para EE. UU. e Israel, mantener a Irán bajo presión significa asegurar el control de recursos vitales en un contexto de competencia mundial con potencias emergentes; de allí que en el conflicto actual busquen mantener intacta la infraestructura petrolera clave para beneficiar a aliados como Arabia Saudita.
Recordemos que, aunque la consigna fundacional “Ni Este ni Oeste, República Islámica” propugnaba neutralidad durante la Guerra Fría, tras la caída del socialismo real y el avance implacable del neoliberalismo –con el empoderamiento agresivo de Occidente y de Israel en la región–, Irán se ha acercado progresivamente a intereses geopolíticos coincidentes con Rusia y China. Con aquel país, la alianza es diplomática y militar: cooperación estrecha en inteligencia, contención de fuerzas hostiles occidentales y lucha contra el terrorismo. Con China, predomina la dimensión económica: Irán ocupa un puesto privilegiado en la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Belt and Road), como nodo para conectar Asia, África y Europa mediante redes de infraestructura, comercio e influencia.
Esta convergencia explica por qué el incremento de hostilidades bajo Donald Trump, que responde, en buena parte, a presiones de élites económicas estadounidenses conscientes de la severa competencia contra China. Analistas destacan el relativo estancamiento de EE. UU. (crecimiento débil, deuda alta, pérdida de cuota manufacturera), frente al ascenso chino, en un escenario que algunos describen como “Trampa de Tucídides”: la pugna por la hegemonía podría culminar en confrontación militar, aunque no inmediata, sí como algo estructuralmente inminente.
De allí que las actuales acciones militares imperialistas parezcan cínicas: evidencian que el derecho internacional es papel mojado al servicio de los poderosos, sin reparo humanitario genuino. El debilitamiento de Irán no persigue fines democráticos ni humanitarios, como la destrucción de hospitales, escuelas para niñas o campos de refugiados lo demuestran, sino afianzar el control energético ante esta pugna global. En última instancia, esta flagrante agresión de las potencias occidentales contra Irán representa el recurso desesperado de un imperio en declive por frenar la transición hacia un orden multipolar. La maquinaria propagandística fabrica prejuicios maniqueos que ocultan la realidad cruda: defender el mundo unipolar equivale a consolidar el poder de una élite económica a expensas de miles de millones de trabajadores. Resulta paradójico que, frente a una era en condiciones económicas sobradas para garantizar la satisfacción plena de todas las familias, el capital opte por la destrucción para preservar su tasa de ganancia.
La soberanía de los pueblos está en juego ante la impunidad imperialista. Para México y el resto de América Latina, este suceso constituye una alerta existencial: la historia demuestra que la violencia, la desarticulación sanitaria y el genocidio que hoy presenciamos a distancia, pueden replicarse en nuestras comunidades si permitimos que el derecho internacional se convierta en ficción. La defensa de Irán no es la defensa de un régimen, sino la resistencia contra un modelo donde la vida humana es sacrificable en el altar de la acumulación milmillonaria. Si hoy guardamos silencio frente al asedio de ellos, mañana no habrá quién alce la voz por nosotros.
La codicia del capital trasnacional por los “minerales críticos”, imprescindibles en la gran industria, especialmente la militar, obliga cada vez más al gobierno de Donald Trump a promover guerras para garantizar este suministro.
Los servicios de inteligencia, y sus análisis, son clave en la geopolítica imperial y ya emergen como actores influyentes.
Desde diciembre pasado, Washington pretendió derrocar al régimen iraní mediante una revolución de colores.
La situación es complicada y el tiempo apremia, ya que otras economías del mundo, señaladamente la China, producen mucho más y mucho más barato.
Los aspectos y la estrategia de Irán señalan que es muy inteligente; y si logra sus objetivos, afectará enormemente a EE. UU. y sus aliados en el Golfo Pérsico, en Medio Oriente y en Europa.
Tanto Estados Unidos como China son los principales usuarios del Canal de Panamá, una ruta de 80 kilómetros.
Teherán mantiene su compromiso de preservar relaciones constructivas con los países vecinos de la región.
Teherán reporta más de mil víctimas desde el inicio de la ofensiva; denuncian daños a hospitales, escuelas y centros de emergencia.
Aviones de combate, buques de guerra, sistemas de defensa antimisiles y antidrones son parte del despliegue militar.
Las compras externas de este hidrocarburo crecieron 3.4 por ciento en un año.
La portavoz del Ministerio chino de Exteriores, Mao Ning, insistió en que los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán “violan el derecho internacional”.
Irán puede sostener una confrontación prolongada, evocando la llamada “Defensa Sagrada”.
Mediante una carta, 69 colectivos empresariales respaldaron la extensión del T-MEC.
La moneda doméstica se depreció 3.2 por ciento y la Bolsa Mexicana de Valores cayó más de cinco por ciento.
El 20 por ciento del consumo de crudo mundial transita por esta vía marítima.
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Salomón de la Selva, un poeta sandinista en México
Escrito por Marco Aquiáhuatl
Licenciado en Historia por la Universidad de Tlaxcala y Licenciado en Filosofía y Letras por la UNAM.