El lema de “por el bien de todos, primero los pobres” se vuelve un sinsentido, una consigna vacua si analizamos lo que sucede en México.
Cargando, por favor espere...
Desde comienzos de la década de los setenta, la economía de Estados Unidos (EE. UU.) ha experimentado una aceleración en su proceso de desindustrialización. Este retroceso del sector manufacturero coincidió con la ralentización de la productividad del trabajo que siguió a la “edad de oro” de la posguerra (1950-1970). Sin embargo, más que una mera transición económica, este fenómeno podría ser el síntoma de una decadencia estructural más profunda, tal y como analiza el demógrafo e historiador Emanuel Todd en su incisivo libro La derrota de Occidente.
La desindustrialización de la principal economía occidental – EE. UU.– fue el resultado de las contradicciones internas del capitalismo en su fase imperial. Dos factores la impulsaron: por un lado, la automatización y la tecnología, que remplazaron trabajadores por maquinaria; y por otro, las conquistas salariales de la clase obrera durante la llamada edad de oro. La combinación de estas fuerzas comprimió la tasa de ganancia, lo que impulsó al capital a buscar nuevos horizontes. El remedio fue la fuga de inversiones hacia países con menores costos laborales y derechos más débiles, donde la tasa de ganancia pudo restaurarse al menos temporalmente.
Para Todd, el síntoma más claro de la derrota estructural es la escasez de ingenieros en los países occidentales; por ejemplo, señala una discrepancia alarmante: mientras que en Rusia un 25 por ciento de los estudiantes universitarios se gradúa en ingeniería, en EE. UU. esta cifra es de apenas un siete por ciento. Esta brecha no es un dato trivial, sino un indicador crucial. Revela un “drenaje cerebral interno”, donde los jóvenes estadounidenses más talentosos se inclinan masivamente por ocupaciones en finanzas, consultoría o derecho.
La preferencia de los jóvenes por las finanzas no es sólo cultural, sino una migración racional de la fuerza de trabajo hacia los sectores donde el capital se concentra y se apropia el valor, aunque no lo cree. Estas profesiones, dedicadas con frecuencia a la transferencia de valor o a la especulación, prosperan en claro detrimento de campos técnicos y de producción.
Ante esta escasez interna, EE. UU. ha intentado suplirla importando talento, reclutando ingenieros principalmente de India y China. Si bien esta solución paliativa mantiene a flote la innovación tecnológica, genera una peligrosa dependencia en sectores estratégicos. Así, EE. UU. queda en la posición paradójica de depender del personal técnico de sus principales competidores geopolíticos. Por eso, la falta de ingenieros no es un problema coyuntural, sino un indicador estructural de que la hegemonía estadounidense está en un declive hegemónico irreversible.
Las consecuencias de esta carencia de ingenieros se manifiestan con crudeza en el ámbito estratégico. Un claro ejemplo es la incapacidad de EE. UU. para suministrar municiones a Ucrania al mismo ritmo que Rusia. Una potencia que no puede formar suficientes cerebros para sostener su propio complejo industrial-militar y que depende de sus rivales para mantener su ventaja tecnológica, es una potencia cuyo liderazgo global tiene los días contados.
Éste no es un simple problema logístico, sino la manifestación tangible de una base manufacturera erosionada desde hace décadas. La economía estadounidense se reconfiguró pasando de ser un centro industrial a ser el centro del capital financiero y el control del sistema monetario y comercial global. Su hegemonía ya no se basa en la superioridad manufacturera, sino en el dominio financiero que le permite drenar valor del resto del mundo.
Al trasladar la producción a países con salarios bajos, el capital logró aumentar drásticamente la plusvalía mediante la superexplotación de la clase obrera de los países pobres. Por tanto, la desindustrialización de EE. UU. no es un error, sino la manifestación geográfica e histórica de la ley del valor en la era de la globalización y la financiarización. Muestra que el capitalismo, en su fase superior, prioriza el dominio del capital financiero sobre el desarrollo de las fuerzas productivas reales, incluso cuando esto socava la base material de su propia hegemonía. Éste es un signo claro de la senilidad del sistema y de sus crecientes contradicciones, que lo llevan a generar su propia ruina.
El lema de “por el bien de todos, primero los pobres” se vuelve un sinsentido, una consigna vacua si analizamos lo que sucede en México.
Pensiones, apoyos sociales y bajo crecimiento complican el equilibrio de las finanzas públicas del país.
Los recursos asignados al organismo regulador bajarán en 3.1 por ciento en 2027.
Especialistas urgen a crear nuevos esquemas de protección social.
Las autoridades también mantendrán el apoyo financiero para Pemex
Analistas prevén que el índice de precios cerrará el año en 4 por ciento
El organismo pidió fortalecer los ingresos públicos en el Paquete Económico 2027.
El organismo consideró necesario priorizar recursos para salud, seguridad y educación.
Expertos consultados por Citi esperan una expansión del PIB de 1.8 por ciento.
La búsqueda de argumentos complacientes conduce a una justificación inútil que no está a la altura de los cambios que México, América Latina y el mundo están experimentando.
México destaca en servicios y consumo, mientras que EE. UU. concentra dinamismo en la industria tecnológica.
El encarecimiento de energía, combustibles y alimentos podría prolongarse mientras continúen las hostilidades en la región.
Apenas 28 por ciento de estos negocios cuenta con acceso a crédito.
La empresa contempla cerrar 12 sucursales en lo que resta de 2026.
La empresa destinará más recursos para proyectos de inteligencia artificial
Escrito por Samira Sánchez
Maestra en Estudios Urbanos por El Colegio de México. Realiza estudios de doctorado en la misma institución.