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Happycracia: la tiranía de la felicidad
Si hoy no eres feliz es porque no te esforzaste lo suficiente. No meditaste, no tomaste dos litros de agua, no hiciste ejercicio, no vibraste alto o, peor aún, te quejaste, y ya sabemos que quejarse arruina la energía del Universo.


Si hoy no eres feliz es porque no te esforzaste lo suficiente. No meditaste, no tomaste dos litros de agua, no hiciste ejercicio, no vibraste alto o, peor aún, te quejaste, y ya sabemos que quejarse arruina la energía del Universo.

En un mundo de gatitos, frases cursis y mensajes motivacionales que gritan “¡sé feliz!” como si fuera una orden sanitaria, influencers, coaches, youtubers y tías de WhatsApp han asumido la misión sagrada de recordarnos que la felicidad es obligatoria y que nada debería quitarnos la sonrisa. La razón no es clara, la exigencia, sí.

Crecimos escuchando “no te quejes”, “podría ser peor” y el amenazante “te voy a dar algo para que llores de verdad”. Los años ochenta nos vendieron la promesa de que el trabajo duro garantizaba el éxito y la recompensa, pero recibimos guerras, crisis, contaminación y VIH. Los noventa respondieron con grunge, balazos, recesión económica y una estética que gritaba lo evidente: el futuro pintaba gris. Entre calaveras, rosa, negro y caras tapadas, los emo de finales de los noventa y principios de los 2000 se instalaron en la desesperanza; pero la siguiente década llegó con una solución brillante: si el mundo está mal, el problema eres tú, porque el que quiere, puede y mejorar tu vida está en ti, si lo crees, lo creas.

Encumbrada por la psicología positiva, la autoayuda y el coaching, esta idea se volvió religión. La felicidad dejó de ser una experiencia para ser una decisión obligatoria. Da igual el contexto, la economía, la violencia o la salud mental: todo se arregla con un cambio de actitud. Live, Laugh, Love como respuesta universal a la existencia.

El resultado es lo que Pascal Bruckner llamó “la euforia perpetua” y Franco Bifo Berardi definió como la “felicidad frígida”. Una felicidad forzada, sin placer, sin profundidad y sin alma, una industria dedicada a producir alegría en serie, con manuales sencillos para “hornear sonrisas”: tiende tu cama, ordena tu clóset, haz ejercicio, come sano, medita, escribe metas, elimina pensamientos negativos, haz tu vision board, manifiesta y, por favor, no te enojes, no te quejes, no cuestiones, porque eso sólo atrae las malas vibras.

Como ya lo dijo la reconocida filósofa norteamericana Lisa Simpson, esto “solo vende un montón de soluciones obvias” y ¡vaya que vende! El truco es simple: si cualquiera puede ser feliz, entonces aquel que no lo logra es flojo, mediocre, negativo o carece de amor propio y nadie quiere ser ese infeliz que “no supo aprovechar las oportunidades”, así que la presión social hace el resto. Byung-Chul Han lo advierte sin rodeos: el discurso del “tú puedes” no motiva, aplasta con culpa, frustración y vergüenza.

Empeora cuando esta lógica se extiende a todo: riqueza y pobreza, salud y enfermedad, amor y desamor. Desde la trinchera de “el cáncer es rencor atorado” hasta la premisa de “el pobre es pobre porque quiere”, la responsabilidad y la obligación del bienestar es sólo tuya. Los sistemas injustos, las economías desiguales y las realidades distintas quedan absueltas, el problema eres tú.

Esto es una happycracia: un régimen donde, como dice Byung-Chul Han, la nueva fórmula de dominación es ‘sé feliz’. El pensamiento positivo derrotando al pensamiento crítico.

Sin embargo, esta felicidad eterna, además de imposible, es profundamente insana. El dolor, la tristeza y la incomodidad no son errores y es humanamente indispensable sentirlos. Como dijo Adorno: “La necesidad de prestar voz al sufrimiento es condición de toda verdad”.

Pero no estés triste, descarga una app de felicidad, manifiesta abundancia, cárgate de energía y no olvides sonreír. 


Escrito por Andrea Morán Rosales

@AndreaM32687121


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