Gracias al exhaustivo trabajo realizado, la autora logra dibujar el clima de la época y las grandes fuerzas que dieron origen a las políticas de austeridad, políticas que han azotado a la clase trabajadora durante más de un siglo.
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El conflicto es endémico en el sistema capitalista y concierne a todos los aspectos de la vida económica: las técnicas de producción que deben utilizarse, la duración e intensidad de la jornada laboral y la distribución del ingreso (Rowthorn, 1977). De una u otra forma, las tensiones que subyacen en la organización de la producción y en la distribución de la riqueza terminan reflejándose en la evolución del nivel general de precios. En esta ocasión, resulta de particular importancia hablar de cómo el conflicto en torno a la distribución del ingreso entre trabajadores y empresarios influye en la inflación, un aspecto que suele permanecer oculto, toda vez que ésta se presenta como el resultado natural de fuerzas impersonales del mercado.
Toda economía produce un conjunto de bienes y servicios en un periodo dado, por ejemplo, un año. Una primera parte de esta producción repone los costos de producción, el desembolso en materias primas, energía, maquinaria, transporte y otros insumos. En general, estos costos son pagos entre empresas, pues éstas compran bienes y servicios a otras para poder producir. Aquí aparece ya un primer nivel de conflicto. Los precios que se establecen entre las empresas incorporan, o mejor dicho, anticipan, un determinado margen de ganancia. Sin embargo, ese margen no está garantizado. Puede realizarse o no dependiendo de las condiciones del mercado, de qué tan competido esté, del nivel de la demanda y del poder de negociación de cada empresa.
Una vez descontados esos costos, lo que queda es el nuevo valor que efectivamente se reparte entre salarios, que reciben los trabajadores, y ganancias, que obtienen los dueños del capital. Conviene señalar aquí el papel de un tercer actor importante, el Estado.El conflicto distributivo se mantiene en la decisión de a quién gravar más, si a los trabajadores o a las empresas, y también en qué se decide gastar los recursos públicos, ya sea en políticas sociales, en subsidios empresariales u otros fines. Estas decisiones influyen de manera significativa en cómo se reparte la riqueza en la economía y pueden agudizar o atenuar las tensiones entre las demandas salariales de los trabajadores y las aspiraciones de ganancia de las empresas.
Habiendo tomado en cuenta los pagos entre empresas y los descuentos por gravámenes, el conflicto central se da entre capitalistas y trabajadores por su participación en el ingreso nacional, es decir, entre ganancias y salarios. Para las empresas, las ganancias son fundamentales porque financian la inversión en nuevas tecnologías y capacidad productiva, lo que impulsa el crecimiento y la productividad, además de constituir el ingreso de los propietarios del capital. Para los trabajadores, los salarios representan el principal medio para sostener o mejorar su nivel de vida. En este sentido, el conflicto distributivo no es arbitrario. Los reclamos de cada parte responden a condiciones materiales, pues de ellos dependen tanto la acumulación del capital como la reproducción de la fuerza de trabajo.
El problema surge porque las aspiraciones de cada grupo sobre su participación en el ingreso resultan incompatibles entre sí. Las empresas buscan preservar o ampliar sus márgenes de ganancia, mientras que los trabajadores intentan proteger o mejorar sus salarios reales. Cuando los costos aumentan o cuando los trabajadores logran incrementos salariales, las empresas pueden intentar trasladar esos aumentos a los precios para sostener sus márgenes de ganancia. Si esto ocurre de manera generalizada, el resultado es un aumento del nivel general de precios. A su vez, cuando los precios suben, el poder adquisitivo de los salarios se reduce, lo que puede llevar a los trabajadores a demandar nuevos aumentos. De esta forma, el conflicto distributivo se traslada al terreno de los precios y los salarios. La inflación aparece entonces como la expresión de tensiones persistentes en torno a cómo se reparte la riqueza que produce la economía.
La capacidad de cada parte para ampliar su participación en el ingreso depende, no obstante, de ciertas condiciones económicas. El nivel de desempleo, por ejemplo, puede debilitar o fortalecer el poder de negociación de los trabajadores, mientras que el nivel de demanda influye en la capacidad de las empresas para elevar precios. Estos factores pueden acotar el conflicto distributivo, pero no determinan por sí mismos la inflación.
Rowthorn, R. E. (1977). Conflict, inflation and money. Cambridge Journal of Economics, 1(3), 215–239. https://www.jstor.org/stable/23596632.
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Escrito por Tania Rojas
Maestra en Economía por El Colegio de México. Estudia un doctorado en Economía en la Universidad de Massachusetts Amherst, en EE.UU.