Cargando, por favor espere...

Reportaje Especial
El fracaso del plan neocolonial en Ucrania
La evidente derrota bélica y ética del imperialismo en Ucrania exhibe sus lacras.


La evidente derrota bélica y ética del imperialismo en Ucrania exhibe sus lacras. Militarizó y alentó el neofascismo regional contra Rusia, a la que no deja de ver como amenaza geopolítica. Para perpetuar el orden capitalista, Occidente intentó convertir en base militar contra Rusia a la más rica de las exrepúblicas soviéticas y controlar sus recursos y territorio. Su derrota estratégica y ética es indudable, además de que refleja –como en un espejo– las lacras del imperialismo.

Al 24 de febrero de 2026, habrán transcurrido mil 462 días del inicio de la Operación Militar Especial de Rusia en Ucrania. Ya desde 2004, fue transformada en un Estado cooptado por Estados Unidos (EE. UU.), la Unión Europea (UE), Reino Unido (RU) y otros de sus aliados, de la mano de las fuerzas más violentas del radicalismo neofascista.

Sin atender al interés de sus pueblos, ese puñado de países –de entre 193 miembros de Naciones Unidas– aliados de EE. UU., escalaron la agresión al hacer de Rusia su enemigo.

Con labor de zapa intentaron socavar la creciente influencia regional y mundial del Kremlin, su centro histórico, político y económico hasta 1994, e hicieron de una puja local un conflicto global.

Detrás de esa operación estaba la intención de enriquecer a las élites del Occidente Colectivo, liderado por EE. UU. Y fue así que mientras se convertía a Ucrania en campo de batalla de intereses intra-capitalistas, se intentó aislar y sofocar la economía rusa con sanciones multi-sectoriales y propaganda falaz.

Cambio de era

A cuatro años de alentar el belicismo global, la necropolítica de la Casa Blanca decidió “retirarse” de Ucrania y proseguir su acumulación de capital con su estrategia neocolonizadora global. Y así, ya saquea el crudo de Venezuela y veta todo acceso a firmas de Rusia, China, Irán, Cuba e India a esa energía, además de controlar los minerales críticos de México.

En cuatro años de aventura este-europea, el imperialismo estadounidense explotó las divisiones entre Occidente –con Nuestra América en su esfera de influencia–, Eurasia, Medio Oriente y África, hasta hacer de Ucrania y Rusia laboratorio del más avanzado arsenal en la historia de la Humanidad.

En esa nueva era de violencia e inseguridad, la UE hoy es pálida sombra de la idea de integración que el mundo vio nacer en 1993. Ahora, sus 27 miembros se reconocen débiles en lo militar y energético; sobre todo que su región no está en paz, describe la periodista especializada Sylvie Kauffmann.

De sus aliados en esa acometida colonialista, hoy Donald Trump afirma que Europa está en proceso de desaparición y “borrado de civilización”. Y aunque intentaron rezongar a ese concepto, las mujeres clave de la Unión Europea, Ursula von der Leyen y Kaja Kallas, optaron por seguir respaldando el aventurerismo de Washington.

Los otros líderes callaron ante el agresivo mensaje del secretario de Estado, Marco Rubio, en la Conferencia de Seguridad de Munich 2026, cuando espetó: “No queremos aliados que racionalicen el statu quo roto; porque en EE. UU. no tenemos interés en ser cuidadores educados y ordenados del declive controlado de Occidente”.

Por ello, su único escenario es la militarización contra Rusia, explica el coronel ruso Andrey Serdyukov.

Agresión neocolonial

El plan neocolonizador del Occidente Colectivo en Ucrania lanzó una ola expansiva de muerte y destrucción que empobreció a las clases medias y trabajadores europeos. Su contienda rebasó el calificativo de guerra, pues se libró en un tercer territorio y en un campo de batalla siempre difuso.

Por ello, Rusia habla de una Operación Militar Especial, que fue la expresión geopolítica ante la dinámica neocolonial de expolio y violación ucraniano a los derechos de los casi nueve millones de rusoparlantes de Lugansk y Donetsk en el Donbás.

Esa región, con las ahora repúblicas de Donetsk y Lugansk, es la más industrializada de Ucrania. Fábricas y empresas de tecnología son alimentadas por trabajadores especializados formados en la antigua Unión Soviética, todos ruso-parlantes.

Desalojarlos y saquear su espacio fue el centro del plan occidental, que se puso en marcha al estallar la crisis capitalista de 2008. Para Occidente, Ucrania significaba un mercado para sus excedentes y territorio idóneo para desplegar fuerzas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) frente a Rusia.

Para consumar esa trama imperialista, la Unión Europea y EE. UU. contaron con fuerzas neofascistas a las que alimentaron desde tiempo atrás, como White Hammer, Black Committee, el Tryzub de Stepan Bandera, la Hermandad Korchinsky, el Ejército Insurgente Ucraniano y la Organización de Nacionalistas Ucranianos; todos ellos, marcados por su rusofobia y acusados de violar derechos civiles en la población de origen ruso. Su labor de zapa pasó a primer plano cuando comenzaron a actuar de forma sincronizada en las protestas del Euromaidán y cuya violencia escaló con el golpe al presidente Víktor Yanúkovich que postuló a Petró Poroshenko.

Entonces ese maltrato sistemático se convirtió en política. Ya en octubre de 2004, un sondeo de la Organización Internacional Gallup confirmó el fuerte sentimiento antirruso en todo Occidente.

Ese rechazo al otro oxigenó el acoso y violencia multidimensionales, que se extendieron a prohibirles hablar su idioma (que practica 81 por ciento de la población), se vetó el periodismo independiente, el acceso a libros de historia y hasta a películas.

Miles de rusoparlantes huyeron en un desplazamiento forzoso de su territorio histórico, que en 20 años se redujo al 20 por ciento. Entre 2004 y 2014 ONG’s y prensa corporativa optaron por el silencio ante esos abusos, mientras los centros de poder y de pensamiento presentaron la escalada como lucha entre democracia y autocracia.

Alemania, Francia y Reino Unido, impulsaron la idea –falsa– de la amenaza rusa, y usaron sus recursos para fortalecer el rearme, que se soslayó en medios, recuerda el exsecretario del partido Podemos, Iosu del Moral.

Ante el escenario de avance neocolonial y de amenaza a su seguridad, Rusia desplegó la Operación Militar Especial. Y el imperialismo estadounidense respondió con su guerra proxy.

Recuento de daños

Para perpetuar el orden capitalista, los halcones de EE. UU. impulsaron la campaña para falsificar la realidad, amplificar emociones, manipular voluntades y socavar la confianza ciudadana en sus Estados. El objetivo final fue el saqueo neocolonial.

Una prioridad fue usurpar el rol de protagonista energético que Rusia detenta desde que Vladimir Putin llegó al poder en 1999. Tanto Joseph Biden como Donald Trump coaccionaron a la rendida Europa para que les compre su carísima energía fracking, en lugar de adquirir los baratos gas y crudo rusos.

Tras el fracaso de la contraofensiva ucraniana de 2024, llegó el desastre. Las fuerzas rusas ganaron terreno en una exhibición magistral de combate estratégico contra la OTAN y el espionaje de las corporaciones de la comunicación.

Ésa ha sido una derrota estratégica para la superpotencia bélica mundial, que incluso recurrió a mercenarios y terroristas de toda laya contra la determinada Operación Militar Especial rusa, sin alcanzar su objetivo. Fue difícil de entender para la cúpula estadounidense, hasta que Donald Trump y sus élites corporativas dieron un giro y decidieron retirarse de Ucrania.

Ahora, tras empantanar a sus aliados en Ucrania, EE. UU. decidió expoliar otros territorios y fungir como “mediador” de un acuerdo. A todas luces se trata de una humillante derrota estratégica, que se suma a la larga serie de chascos infligidos por la resistencia antihegemónica; como la de Vietnam, que hace 55 años logró la caída de Saigón.

Es paradójico que, con ese saldo negro a cuestas y su prestigio perdido, hoy EE. UU. se aliste a conmemorar este 2026 los 250 años de su independencia de Inglaterra.

De ello es consciente la delegación estadounidense que atiende el diálogo Moscú-Kiev en Ginebra y no logra convencer al excomediante Volodímir Zelenski para que acepte el urgente cese al fuego ante su evidente derrota.

En todo caso, hoy la bandera rusa ondea sobre gran parte del territorio ucraniano, incluidos Crimea y el Donbás, con lo que el Kremlin ya se aseguró estratégicos corredores en el Mar Negro. En 2022, Rusia logró su mayor avance territorial en la exrepública soviética, con más de 60 mil kilómetros cuadrados (km2); y desde inicios de 2026 ocupó no menos de dos mil 500 km2; tres veces más que en 2024.

Estimaciones –no del Kremlin, sino de la agencia francesa AFP, con datos del Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW)– prevén que Rusia ya sumó otros cinco mil 600 km2 con lo que logró en 2025. Y se estima que el próximo trimestre avanzará a ritmo similar –o incluso más–.

Como acostumbra, el imperialismo recurre a la opacidad y no aporta cifras que exhiban el impacto de su aventura. El prooccidental Centro para Estudios Estratégicos Internacionales (CSIS) sostiene –sin probarlo– que Rusia ha perdido cerca de 1.2 millones de soldados (entre muertos, heridos y desaparecidos), que su economía zozobra y que su ofensiva es tan lenta que en Pokrovsk sólo avanzó 70 metros al día.

Es claro que, en esa batalla contra la OTAN y sus adeptos, Rusia sufrió numerosas bajas, heridos, daños en infraestructura y altos costos económico-comerciales. El terrorismo y la acción mercenaria cobraron víctimas importantes.

Otra víctima fue la confiabilidad y prestigio político de EE. UU., que aspira resarcirse de la “ayuda” a Kiev al lucrar con sus minerales y venta de hidrocarburos. De ello no se beneficiará el pueblo estadounidense, sino sus élites.

Ucrania y su población están conscientes de haber sido usados como peones en su enfrentamiento con Rusia; hoy han perdido todo en favor del capitalismo imperialista que pretende imponerles un procónsul para administrar el saqueo de sus recursos.

El excomediante Volodímir Zelenski, que aún oficia como presidente, aunque su mandato expiró oficialmente el 20 de mayo de 2024, alega que no puede convocar a elecciones por la vigente Ley Marcial y ha pedido cambios legislativos para que voten las fuerzas en servicio.

Aunque silenciada y en segundo plano, la resistencia popular a la neocolonización, expresada en las izquierdas, está activa. Mujeres y hombres en todos los continentes se organizaron para revelar ese intento de absorción.

Por cuatro años ese enfoque engañoso encubrió la trama neocolonial de Occidente en Ucrania para saquearla y traspasarla al mejor postor. Sin embargo, a febrero de 2026, la que fue cuna de la nación rusa está exhausta, en ruinas, fragmentada, sin instituciones viables y sin Ejército. En síntesis: es un simple tapón entre sus explotadores, el Occidente colectivo y Rusia.

ENTREVISTA AL EMBAJADOR DE LA FEDERACIÓN DE RUSIA EN MÉXICO, NIKOLÁY V. SOFÍNSKIY

Nydia Egremy (NE).- Este 24 de febrero se cumplen cuatro años de la Operación Militar Especial de Rusia en Ucrania, que se propuso desnazificar y desmilitarizar esa exrepública. Según reportes en el terreno, se ha desnazificado gran parte del Donbás, pero ¿qué pasará con el resto de Ucrania, aún cautiva de intereses occidentales y bajo mandato de Volodímir Zelenski?

Nikoláy V. Sofínskiy (NS).- Rusia no puede aceptar la presencia de una amenaza existencial en sus fronteras. Las exigencias de desmilitarización y desnazificación de Ucrania permanecen inalterables.

Partimos de la necesidad de coexistir con una Ucrania neutral, no alineada y desnuclearizada; no necesariamente aliada, pero que respete las normas del Derecho Internacional y su propia Constitución.

En todo el territorio que quede bajo su jurisdicción debe garantizarse el respeto a los derechos humanos fundamentales –al idioma, a la educación y a la religión–, debe ponerse fin a la discriminación de los ciudadanos rusoparlantes y de otras minorías étnicas, entre ellas la húngara, la búlgara y la eslovaca; y deben cesar las persecuciones contra la Iglesia Ortodoxa Canónica Ucraniana.

Precisamente tales principios quedaron consignados en la Declaración sobre la soberanía estatal de Ucrania del 16 de julio de 1990. Cuando en 1991 Rusia reconoció la independencia de Ucrania, reconoció exactamente ese Estado: no alineado, neutral y sin armas nucleares. Todos lo reconocieron en tal condición, incluido Occidente.

NE.- El mapa global cambió en 2022 con la operación en Ucrania; hay nuevos eventos: el conflicto en Gaza, el retorno de Donald Trump a la presidencia de EE. UU., la salida del presidente Bashar al Ásad en Siria y el secuestro del presidente Nicolás Maduro en Venezuela. ¿Rusia sigue firme en mantener su relación con países de esas regiones del mundo, o adoptará una actitud pragmática y se retirará de ahí ante el avance de EE. UU.?

NS.- Los enfoques de Rusia son firmes y no se ven afectados por vaivenes coyunturales. Nuestra política exterior no está ideologizada: se fundamenta en los principios del Derecho Internacional y no en unas “reglas” impuestas por Occidente. Desarrollamos relaciones estrechas con los Estados de la Mayoría Global.

En el centro de nuestra atención se halla la lucha contra las prácticas neocoloniales. En este contexto, reafirmamos nuestra solidaridad con los pueblos de Irán, Venezuela y Cuba; sólo ellos pueden determinar su propio destino. Somos plenamente conscientes de la inconsistencia de los enfoques de la administración de EE. UU. y no esperamos una coincidencia absoluta de posiciones con ella. Cuando los intereses nacionales no coinciden, no debe permitirse que deriven en confrontación. A Rusia y a EE. UU. les corresponde una responsabilidad especial en el mantenimiento de la paz y la estabilidad internacionales.

NE.- Tras la Operación Militar Especial, Rusia fue objeto de masivas sanciones multisectoriales para aislarla y destruir su economía. En el balance se ve a una Rusia fortalecida al interior y el exterior por su asertiva geopolítica multipolar y energética. ¿Esa capacidad de resistir las sanciones del Occidente Colectivo influyó para que hoy se vea a Rusia como actor global más consolidado?

NS.- Rusia no tiene intención de ceder ante esta presión ilegal. Sin duda, la imposición de restricciones ilícitas impulsó a nuestro país a adoptar medidas de independencia tecnológica, económica y financiera.

Al mismo tiempo, son los propios Estados occidentales los que hoy afrontan serias dificultades. Al renunciar a la cooperación con Rusia, han socavado su competitividad y su crecimiento económico, han provocado la quiebra de numerosas empresas y el despido masivo de trabajadores.

El empresariado ruso no tardó en hacerse con los nichos que quedaron vacantes tras la retirada de compañías extranjeras.

Somos conscientes de que no podemos producirlo todo de manera autónoma; sin embargo, el punto álgido de las dificultades asociadas a las restricciones ya ha sido superado, y la economía rusa se desarrolla sobre una plataforma estable y soberana.

En el ámbito exterior, Rusia ha ampliado de forma significativa la cooperación con los Estados que no se han adherido a las “sanciones” ilegales. Valoramos altamente la posición de principio adoptada por los países de América Latina en favor del desarrollo de vínculos bilaterales en un amplio espectro de temas, entre ellos el comercio de recursos energéticos, fertilizantes, equipamiento, metales y productos agrícolas.

No reconocemos las medidas unilaterales e ilegítimas impuestas contra Estados soberanos y las consideramos una grave vulneración del Derecho Internacional.

NE.- Recién se conmemoró el 83 aniversario de la liberación de Stalingrado, quizás el asedio nazi más cruento en la historia. Es paradójico que hoy se fortalezca el neofascismo en Europa, que aumente su presupuesto militar y que se insista en calificar a Rusia de “amenaza” ¿Cómo ve Rusia ese auge del neofascismo y que se le considere una amenaza?

NS.- Los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial hacen eco con procesos que se desarrollan en la actualidad. En numerosos países europeos, sobre todo en Ucrania y en los Estados bálticos, observamos un derrotero hacia la rehabilitación del nazismo, que se manifiesta en la destrucción de monumentos dedicados a quienes combatieron el fascismo, en la glorificación de criminales nazis y de sus colaboradores condenados por el Tribunal de Núremberg, así como en la discriminación y represión de los grupos étnicos rusohablantes.

Constatamos, asimismo, que las élites europeas han adoptado un rumbo hacia una acelerada militarización. La burocracia de Bruselas continúa evocando la aspiración de infligir una “derrota estratégica” a Rusia; como pretexto para invertir miles de millones de euros en su industria militar se invoca una falsa amenaza rusa.

Al mismo tiempo, los dirigentes europeos incurren en contradicciones evidentes: por un lado, afirman que “Rusia es débil”, que “tras cuatro años de guerra, ni siquiera puede vencer a Ucrania”, que “sufre enormes pérdidas” y que “su economía está devastada”; por otro, sostienen que Rusia se prepara para atacar y conquistar toda Europa. No parecen sentirse incómodos ante esta contradicción.

Europa ha sido en múltiples ocasiones origen de tragedias devastadoras para la Humanidad, desde los crímenes del colonialismo hasta las dos guerras mundiales.

Rusia percibe los acontecimientos actuales como una amenaza grave y ve como su deber impedir una reedición de esas tragedias.

NE.- Desde el inicio de la Operación Militar Especial en Ucrania se ideó una colosal campaña de desinformación sobre Rusia y su gobierno. Con el tiempo, se perfeccionaron las técnicas de engaño virtual en el campo de batalla y se extendió a distorsionar expresiones del liderazgo ruso. ¿Cómo ganar también la guerra mediática?

NS.- Desde el inicio de la Operación Militar Especial se desplegó una agresiva y falaz campaña de difamación contra Rusia. Los medios de comunicación subordinados a Occidente derramaron mares de tinta para sembrar odio contra nuestro Estado. Cabe señalar que en los medios occidentales no existe pluralismo de opiniones ni intentos de analizar los acontecimientos desde otra perspectiva; su único enfoque es antirruso.

En violación de los principios de libertad de expresión y del derecho de los ciudadanos al libre acceso a la información, en la Unión Europea se prohibió la actividad del canal ruso Russia Today (RT). En la práctica, se trata de un régimen de censura.

No obstante, todas estas acciones de mala fe, orientadas a ocultar la verdad a la población, han fracasado. Las personas sensatas no desean ser objeto de manipulación y buscan por sí mismas información veraz.

La verdad penetra cualquier barrera. En ello radica la popularidad del canal RT y de otros medios rusos; y es precisamente por ello que son temidos y prohibidos en Occidente. En ello reside también el afianzamiento de la victoria en la contienda informativa.

Toda la desmesurada maquinaria de propaganda occidental se estrella contra la verdad que transmite Rusia.

Reconocemos y valoramos la labor de la revista buzos por no temer a transmitir información fidedigna a sus lectores. Los medios de comunicación responsables e independientes como éste contribuyen a la preservación del pluralismo de opiniones. 

 

TRES ESCENARIOS

La perspectiva de un acuerdo duradero entre las élites europeas y la ultraderecha de Kiev con Rusia, es incierta. El retiro táctico de EE. UU. del campo de batalla no implica el fin de su injerencia, como su omnipresencia en las negociaciones de Ginebra.

Rusia exige garantías a su seguridad, lo que Europa le niega. Se da la paradoja de que los pueblos europeos no quieran más esa guerra de desgaste y sus líderes se saben marginados por EE. UU. en las decisiones clave; además de que la superpotencia obtuvo lucrativas concesiones. Y, sin embargo, insisten en seguir armando a Ucrania para recoger las migajas del conflicto.

Por eso, el experto Loïc Simonet estima que el conflicto podría quedar en un limbo entre la guerra y la paz.

Se ven tres escenarios: uno, la derrota de Ucrania, porque Occidente no movilizará a sus efectivos contra Rusia; otro, es la ocupación de Ucrania ante el rechazo de la cúpula de Kiev de reintegrarse a Rusia; y el tercero, que se susciten eventos imprevistos que provoquen que ceda uno de los combatientes.

Es improbable que fallezcan Trump, Putin, Zelenski, o que sus ejércitos se rindan, señalan los expertos en Defensa Donald Stoker y Michael Campbell.

Por ello, es vigente la sentencia del estratega prusiano Carl von Clausewitz: “En el pensamiento estratégico es todo un desafío esbozar cómo terminará un conflicto antes de iniciarlo, por ello las naciones deben considerar seriamente cómo terminarlo”.

 

LA PAZ TRUNCADA

Hoy Rusia dialoga, cortés pero con diplomacia gélida, con el patrocinador del desastre, pues ambos saben que la suerte del conflicto está echada. Destino amargo le espera al país cuya capital fue el germen de Rusia. A cuatro años de ese choque armado, Ucrania está exhausta, a merced de sus enemigos y acreedores, pues en términos militares el conflicto ya terminó.

Esa debacle no debió ocurrir, pero sus élites truncaron todo esfuerzo de paz, como la diplomacia en segundo plano que Rusia desplegó desde el 28 de febrero de 2022, a días de que su aviación, infantería y blindados penetraran en la exrepública soviética.

Ese diálogo, que pretendía alcanzar un acuerdo de paz, empezó en una residencia del presidente de Bielorrusia, Aleksandr Lukashenko, quien fungió como mediador. Lideró la misión rusa un asesor de Putin, Vladimir Mendinski, con viceministros de Defensa y Asuntos Exteriores. Al frente de los ucranianos estuvo el líder del partido de Zelenski, David Arakhamia, con el ministro de Defensa, Oleksii Réznikov y el asesor Mijailo Podoliak.

Los rusos presentaron condiciones muy duras, que los ucranianos definieron como una solicitud de capitulación total. Tras otras dos rondas en Turquía y Bielorrusia, a fines de marzo, se alcanzó el llamado Comunicado de Estambul.

Los encuentros siguieron vía Zoom y ya hablaban del fin de la guerra; el ministro ucraniano de Exteriores, Dmitró Kuleba habló con su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, de una “solución duradera”, recuerda Sergey Radchenko.

Sin embargo, Occidente alentó a Ucrania a no aceptar ese proyecto de acuerdo a cambio de prometerle armas y la derrota rusa.


Escrito por Nydia Egremy

Internacionalista mexicana y periodista especializada en investigaciones sobre seguridad nacional, inteligencia y conflictos armados.


Notas relacionadas

El aparente crecimiento de la clase media en México, mostrado por las estadísticas oficiales, se enfrenta a una realidad mucho más compleja.

Frente a una crisis habitacional que se agrava cada día, Puebla ocupa un sitio destacado entre las entidades con mayor número de inmuebles deshabitados o subocupados.

La urbanización en torno a la presa El Rejón y a lo largo de la ampliación de la Avenida Teófilo Borunda, desde El Reliz y, hacia el poniente, rumbo a la presa Chihuahua, ha experimentado un crecimiento intenso y acelerado en los últimos años.

Bajo la lógica del capital, las redes sociales operan como el nexo definitivo entre consumo y subjetividad.

El presupuesto federal destinado a universidades e institutos de educación superior públicos se redujo 40 por ciento entre 2015 y 2026, lo que ha provocado la disminución de sus matrículas y el crecimiento de las escuelas privadas.

En Michoacán, como en todo el país, miles de adultos mayores buscan ingresos adicionales porque carecen de una pensión o la que tienen no les alcanza para sobrevivir.

Información estadística del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) revela que en Oaxaca la violencia delictiva permanece al alza, destacan robo y homicidio.

Claudia Sheinbaum Pardo presumió hace unos días que ya se habían aplicado un millón de vacunas contra el sarampión en Chiapas; aún así, el avance de esta epidemia tiene todavía en alerta a la población.

La economía de la entidad se halla en severa crisis desde 2025 y en enero pasado continuó el cierre de las micro, pequeñas y medianas empresas (Mipymes), cuyos dueños y los consumidores son quienes más la resienten.

El registro obligatorio de las líneas celulares solicitado por el gobierno de México, que incluye datos personales, genera “más desconfianza que seguridad”, reveló una usuaria.

Detrás de las grandes concentraciones públicas realizadas principalmente en el Zócalo de la Ciudad de México, se teje una operación de Morena.

Desde hace varias décadas, una bebida ha acompañado a los mexicanos en las tradicionales taquerías o en las tortas de la esquina, el jugo Boing!, producido por Cooperativa Pascual.

En 2025, un reducido grupo de personas en el mundo, apenas 12, concentraron la riqueza equivalente a la mitad más pobre, es decir, cuatro mil millones de personas.

Los Polos de Desarrollo Económico para el Bienestar (Podecobis) propuestos por el Gobierno de México como una estrategia para activar inversiones, generar empleos, ordenar el crecimiento urbano y promover un modelo de desarrollo industrial ecológico, van a paso lento.

Las carencias persisten en la calidad del servicio, la infraestructura hospitalaria, la atención médica y el abasto de medicamentos que sitúan al estado ante retos administrativos y una exigencia de mejorar el cuidado y el respeto a los derechos de los pacientes.