El empleo en Tamaulipas ha sufrido, en lo que va del año, la pérdida de más de cuatro mil plazas y son ya siete las empresas que han cerrado.
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Los recientes despidos en la planta automotriz de General Motors (GM), en Ramos Arizpe, Coahuila; la conducta omisa del sindicato, que no estuvo presente para tomar en sus manos la defensa de los obreros, así como el clima de inseguridad laboral y el silencio de los trabajadores, que por temor a represalias han tenido que callarse ante arbitrariedades como la precarización salarial o el cambio de turnos y áreas sin consentimiento, vuelven a poner sobre la mesa la necesidad de un sindicalismo de base que haga una verdadera defensa de la clase obrera en México.
La versión de que muchas empresas de la industria maquiladora y automotriz en el país despedirán a más trabajadores este año no se sustenta únicamente en rumores, sino en la realidad.
Al término de 2025, un millón 600 mil trabajadores mexicanos se quedaron sin empleo, según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).
El jueves 16 de enero, Berenice, trabajadora en la planta automotriz de GM en Ramos Arizpe, Coahuila, alertó: “van a correr gente. Yo temía; todos teníamos miedo; nos sentíamos en la cuerda floja. Andábamos con dolor de cabeza, de oídos, de estómago, hasta con diarrea. Sabías que te podían correr”.
Reveló también que en la empresa el temor se sentía y que casi era palpable debido al silencio incómodo, extendido e inusual en todas las áreas. Nada funcionaba con normalidad.
A las 10 de la mañana, los trabajadores se fueron a desayunar; al regreso, los supervisores llamaron a los primeros y empezó el despido. Berenice no fue llamada, pero la incertidumbre la invadió porque su madre y sus amigos habían sido despedidos. Ese día, fueron despedidos de la planta mil 900 trabajadores.
Hoy, el impacto social, económico y emocional en la clase trabajadora de la región se comenta en las calles, tiendas y colonias de Ramos Arizpe, incluso en la zona metropolitana de Saltillo. Esto se debe a que el despido masivo en la GM produjo un efecto dominó, pues las empresas proveedoras de piezas automotrices, como Martinrea, Utility, Rassini yLear se vieron obligadas a despedir personal.
En varios testimonios anónimos recabados por buzos se denuncia que los salarios y las prestaciones ya resultaban bajas y que el sindicato poco o nada hizo para proteger a los trabajadores.
La industria automotriz es uno de los sectores más importantes de la economía mexicana. En 2024 alcanzó un récord histórico en producción y exportación de vehículos ligeros. En 2025 contribuyó con 4.5 por ciento al Producto Interno Bruto (PIB) y representó alrededor del 30 por ciento de la producción manufacturera nacional, según datos del Inegi.
Pero al cierre del año pasado se comenzaron observar señales de desaceleración: en diciembre, las exportaciones se contrajeron 14.5 por ciento, a decir de la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz (AMIA).
Desde entonces, los empleos de esta industria se redujeron mensualmente. En junio de 2025, según el Inegi, se registraron 848 mil 52 empleos y en agosto se perdieron 70 mil 583 puestos de trabajo debido a los despidos.
Esto se debió a la disminución de las exportaciones de unidades y, entre otras razones, a la imposición de aranceles del gobierno de Estados Unidos (EE. UU.). Sin embargo, los trabajadores opinan sobre la introducción de tecnología, cuyo uso está reconfigurando y automatizando varias plantas en México a costa de la mano de obra.
Frente a este panorama, la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STyPS) no se ha pronunciado. En su página institucional no aparece ningún mensaje, plan o estrategia para enfrentar los despidos en la industria automotriz y la maquiladora.
La situación se agrava, pues el desempleo está vapuleando a los mexicanos. En enero se perdieron ocho mil 104 puestos de trabajo registrados en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), que se sumaron a más de un millón que fueron eliminados el año pasado. Este incremento del desempleo formal ha provocado el aumento del empleo informal.
Coahuila, entidad ubicada en la frontera norte, produce cerca del 20 por ciento de los vehículos automotores y lidera la producción nacional de autopartes. Sin embargo, los recientes ajustes en la producción de las empresas automotrices y las maquiladoras están convirtiendo esa primacía en un golpe directo al empleo y la economía de miles de familias.
El despido masivo de la GM obedece a la reconfiguración productiva internacional. En los últimos meses se han registrado cierres y ajustes en múltiples empresas automotrices y maquiladoras.
Sólo en Coahuila se prevé la pérdida de nueve mil empleos en el sector automotriz en los próximos meses. En Morelos, la compañía Nissan anunció el año pasado la eliminación de dos mil 400 puestos de trabajo y el cierre de su planta este año.
La Volkswagen despidió a 200 trabajadores en el primer trimestre de 2025 en Puebla. En Ciudad Juárez, el pasado 26 de enero, la empresa de autopartes First Brands Group cerró y despidió a cerca de 10 mil trabajadores de 15 maquiladoras.
Las empresas buscan mantener e incrementar sus ganancias de cara a los cambios de política económica de EE. UU.: eliminación de estímulos fiscales a vehículos eléctricos, imposición de aranceles y la creciente competencia internacional, particularmente con los autos chinos, más baratos y con mejor confección tecnológica.
La respuesta de las armadoras estadounidenses en México ha consistido en trasladar plantas, bajar la producción y despedir a los trabajadores. Los sindicatos mexicanos optan por guardar silencio.
Berenice es madre soltera con tres hijos. Ha trabajado en GM durante varios años. Ingresó como secuenciadora: organizaba y preparaba las piezas para su envío a la línea de ensamble. Su salario base era de 410 pesos diarios.
Este ingreso, sin embargo, no es suficiente para cubrir las necesidades básicas de su familia, por lo que, cuando le es posible, trabaja horas extra. “A veces se me junta todo: servicio eléctrico, gas, material para las clases, el pago del transporte, las enfermedades, entre otras cosas. No me alcanza”, cuenta.
La estabilidad de un empleo formal en una empresa multinacional es sólo aparente y contrasta con la realidad debido a la precariedad de los salarios.
La GM dispone de nueve categorías salariales, que van de los poco más de 400 pesos a cerca de mil; pero en la práctica, muchas trabajadoras realizan tareas de categorías superiores sin recibir el salario correspondiente. Es el caso de Berenice. En cambio, tiene compañeros varones que ejecutan las mismas actividades. pero que perciben ingresos mayores.
Esta desigualdad salarial carece de sustento físico, como se evidencia en el área “varonil” de la GM: la de montacargas, en la que, hasta hace pocas semanas, se desempeñaba Josefina, trabajadora que fue despedida.
La operación de montacargas consiste en levantar, transportar y acomodar contenedores, tarimas y autopartes. Es una labor de alto riesgo, porque el peso de las cargas y el movimiento constante pueden convertir un pequeño error en un accidente mortal.
Josefina lo expresó así: “manejar es un riesgo; es pesado y peligroso. La primera vez que lo hice, la sangre me bajó hasta los tobillos porque sentí que el montacargas se inclinó mucho hacia adelante”.
Este puesto resulta clave porque las labores se efectúan en esquemas de producción que deben ejecutarse “muy a tiempo”, ya que cualquier retraso puede detener la línea completa. La responsabilidad es enorme y los trabajadores deben contar con salud física y emocional óptimas.
“No era justo que realizara ese trabajo y me pagaran menos de lo que correspondía. Ni siquiera podía ir al baño, porque todo el tiempo era cargar y descargar, me tenía que aguantar y muchas veces tuve infecciones urinarias por esa razón”, relató.
Tal situación no solamente revela la desigualdad de género que viven las mujeres en el ámbito laboral; también pone de manifiesto la ausencia de asesoría laboral y respaldo del sindicato, cuyos dirigentes deberían intervenir para modificar las condiciones laborales y defender a los trabajadores.
Berenice no fue despedida, pero vivió el “ajuste” como una advertencia y no como un alivio o un triunfo momentáneo. “Antes del despido reclamé el salario que me correspondía, pero ya no puedo hacer eso porque me da miedo que me corran”, lamentó.
El silencio del sindicato se ha convertido en la respuesta ante las injusticias hacia los trabajadores, que ahora se hallan más temerosos de perder su empleo. Es así como el despido opera como un mecanismo de control y disciplina: reduce la disposición a exigir derechos y permite “ajustes” como la eliminación de bonos o cambios arbitrarios de área sin resistencia organizada.
Armando, quien trabaja en la línea de producción, así lo precisa cuando revela a buzos que “las líneas de producción funcionan mucho más lento. Paran media hora y trabajan media hora; no hay horas extras disponibles; y eso nos afecta porque no podemos ganar más. Además, nos mueven de área sin nuestro consentimiento”.
En otras palabras, el despido no solamente elimina puestos de trabajo, sino que precariza los existentes. En la GM esto ya había ocurrido. En enero de 2025 fueron despedidos 800 trabajadores, con lo que se suprimió el tercer turno de producción y se creó consecuencias similares a las actuales.
Ahora la planta opera con un solo turno y los trabajadores permanecen a la expectativa de lo que pueda ocurrir después. La incertidumbre de los trabajadores no proviene solamente de los despidos, sino también de la conducta omisa del sindicato y la nula actividad para asesorar, convocar y organizar a los obreros.
Berenice lo expresa claramente: “aquí nadie nos explicó nada. Sólo llamaron a la gente. El sindicato no habló con nadie y nunca apareció”. Armando coincide: “los del sindicato nunca avisaron. Ni siquiera sabemos quiénes son. Únicamente los vemos cuando hay votaciones o hay que firmar hojas”.
El Sindicato Único de Trabajadores Planta Ensamble de General Motors, que representa legalmente a los trabajadores de la GM en Ramos Arizpe, fue denunciado por suscribir contratos de “protección patronal”.
Esto significa que los líderes sindicales privilegian los intereses empresariales por encima de las decisiones obreras. Este tipo de sindicatos predomina en el ámbito laboral del país, como lo evidencia la extrema vulnerabilidad de la clase trabajadora mexicana.
Algunas decisiones tomadas en el ámbito internacional coadyuvan a la precariedad laboral de los obreros mexicanos. Berenice, por ejemplo, no sabe si podrá pagar la renta, el servicio eléctrico o el gas. Aunque ella no fue despedida, su vida quedó marcada por la incertidumbre y el endurecimiento de las condiciones laborales.
Para los despedidos, el panorama luce aun más duro: sin ingreso fijo ni ahorros y con deudas acumuladas, algunos ahora deben aceptar empleos con salarios más bajos y sin prestaciones; otros ingresan a la informalidad laboral o emigran a otras ciudades en busca de empleo.
El despido masivo en GM muestra la creciente fragilidad laboral en el capitalismo. En la investigación El Panorama Laboral del Observatorio de Trabajo Digno (OTD), difundido en días pasados por la organización no gubernamental Acción Ciudadana Frente a la Pobreza, se confirma esta realidad persistente en México:
“Las condiciones estructurales del derecho al trabajo apenas se han movido en 20 años. Aunque la recuperación del salario mínimo ha tenido un efecto positivo en los ingresos más bajos, la exclusión y la precariedad laboral siguen siendo el corazón del problema.
“Este reporte periódico, basado en información robusta y comparable, ofrece una mirada de largo plazo para visibilizar el incumplimiento sistemático del derecho humano al trabajo. La precariedad no es un residuo del pasado, sino la regla del presente, y el crecimiento del empleo no ha sido sinónimo de expansión de derechos”, subraya el texto.
Alude a la población potencialmente productiva (PPP), es decir, a las personas mayores de 15 años que trabajan o están excluidas del empleo y que tienen condiciones y necesidad de trabajar; y explica que su número ascendió en 2025 a 83.3 millones, cifra equivalente al 81 por ciento de la población nacional.
Pero la tenencia de este tipo de empleos “no es sinónimo de trabajar con derechos”, puntualiza el informe de Trabajo Digno. Así, de los 59.6 millones de personas ocupadas, la mayoría lo hace en condiciones precarias. Y eso no ha cambiado mucho en 20 años; ahora lo padecen Berenice y los miles de trabajadores de la industria maquiladora.
Frente a la creciente precariedad laboral dominante en México surge, entre los trabajadores, esta pregunta cada vez más enfática: ¿qué pueden hacer para enfrentar esta situación de manera individual y aislada?
Cada vez más voces coinciden en que los trabajadores deberían conformar nuevos sindicatos o incorporarse a los ya existentes para defender sus derechos e intereses; pues de otra manera seguirán expuestos a despidos como los que recientemente sufrieron los trabajadores de la GM y otras empresas que vulneran los derechos laborales.
Es decir, deben recuperar el sentido de la organización obrera: la defensa colectiva frente al capital, pues no deben permitir que los sindicatos se queden, en el mejor de los casos, a gestionar liquidaciones, pues su deber es defender los derechos laborales.
Berenice entra cada mañana a la fábrica con un vacío emocional. No es la fábrica que conoció durante más de una década, donde compartió turnos, cansancio y risas con amigos, incluso con su madre.
Ahora quedan líneas de producción semivacías, un comedor al que acude sola y un pensamiento constante: “el trabajo no es seguro”. Su historia muestra la experiencia cotidiana de la clase trabajadora sometida a un sistema económico que la explota y que la desecha a su conveniencia.
La organización colectiva se convierte hoy en una tarea urgente para los trabajadores de GM y las demás empresas automotrices: romper con un sindicalismo que sólo existe en papel y construir uno capaz de enfrentar los despidos, la precarización, las injusticias al interior de la fábrica y el temor como látigo de disciplina laboral.
En la construcción del sindicalismo de base se juega el futuro no sólo de los empleados que permanecen trabajando en la planta, sino el futuro de la clase obrera.
El empleo en Tamaulipas ha sufrido, en lo que va del año, la pérdida de más de cuatro mil plazas y son ya siete las empresas que han cerrado.
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Escrito por Renata Aguilar
Colaboradora de El Informador Obrero