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Cultura
Regresen como las golondrinas
Terminan las Espartaqueadas Nacionales Deportivas 2026 en Tecomatlán


Llegué caminando bajo un sol que partía la tierra, de esos que a las doce del día ya no calientan, sino que pesan sobre los hombros como una losa de mica. Las calles de este parvo municipio, la “Atenas de la Mixteca”, que se empeña en ser grande a fuerza de voluntad, eran un río revuelto y gozoso. A un lado, el grito enaltecido de una porra en la final de voleibol —Chiapas contra Puebla, 12:30 del día y el partido aún sin decidir—, se colaba entre los autobuses estacionados en doble fila. Del otro, el sonido seco de un bat conectando en el diamante de beisbol era el latido que anunciaba el final de la justa.

Y en medio de la algarabía, la imagen más conmovedora: los equipos, con el polvo de la cancha aún incrustado en los talones, hacían sus maletas. Familias enteras y risueñas, amontonaban maletas y trofeos en las cajuelas de las combis y autobuses. El ambiente tenía esa textura agridulce de las despedidas, ese enternecedor caos donde la fatiga muscular se mezcla con la satisfacción del deber cumplido. 

Los comerciantes de Tecomatlán, esos que durante nueve días vieron aumentar la demanda de pan, tortillas y huevo en un 300 por ciento, levantaban ya sus puestos, plegando lonas como velas de barco tras una larga travesía. Pero algunos, los más tercos, aún ofrecían lo suyo: un raspado de hielo para mitigar el calor, un recuerdo de la Espartaqueada, un último olor a tortilla recién hecha que envolvía la plaza como un abrazo. Era el éxodo gozoso de un municipio que, por una semana, fue la capital del espíritu joven de México.

Pero el verdadero faro, el imán que esa tarde nos llamaba a todos, estaba unos metros más adelante. Imponente, con su frontispicio que es réplica exacta del Partenón ateniense, se alza el Teatro “Aquiles Córdova Morán”. Inaugurado hace apenas un año, es una de las salas modernas más importantes del país, y no es hipérbole. Sus 2 mil 200 butacas, distribuidas en dos niveles, su foso orquestal, su mecánica teatral comparable a la del Palacio de Bellas Artes, lo convierten en un prodigio enclavado en la Mixteca poblana. Pero es su alma escultórica lo que lo eleva a categoría de mito.

En el frontispicio, tallada en la piedra, se despliega la batalla de los lapitas contra los centauros. La Centauromaquia. Cuenta la leyenda que en la boda de Hipodamía y Pirítoo, los centauros —parientes salvajes del novio, mitad hombres, mitad caballos—, cegados por el vino y la lujuria, intentaron violar a la desposada y raptar a las invitadas. Entonces intervino Teseo, héroe de los lapitas, y se libró una batalla sangrienta que terminó con la expulsión de los centauros. Los griegos inmortalizaron esa lucha en el Partenón como símbolo del triunfo de la civilización racional sobre la fuerza bruta de la barbarie. Y ahí está, en Tecomatlán, esa misma advertencia esculpida: la cultura, el arte, el pensamiento, son la única arma para domeñar a la bestia.

Al cruzar el umbral, uno es recibido por las nueve musas: Calíope, Clío, Erató, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Talía, Terpsícore y Urania, hijas de Zeus, inspiradoras de las artes y las ciencias, custodian el lobby con una elegancia serena. Un par de pasos adentro, una escultura de Aquiles, el héroe de los mirmidones, el de los pies ligeros, nos recuerda que la excelencia física y la excelencia espiritual son hermanas. Eso, justo eso, es lo que la Espartaqueada celebra.

Al entrar a la sala —repleta, henchida, a pesar de que yo, tonta de mí, había temido encontrar butacas vacías— el silencio vasto que tanto oprime el corazón del Maestro Aquiles cuando recorre las canchas solitarias, hoy era un murmullo contenido. El teatro, como un organismo vivo, contenía la respiración de miles que esperaban el acto final.

La clausura fue una ceremonia que abrazó la cultura como hermana gemela del deporte. Tania Zapata, con una voz que parecía surgir de la misma tierra de Lorca, rompió el fuego con los versos trágicos y hondos de “La sangre derramada”, del poeta granadino. Fue un instante de una belleza estremecedora que nos sumió en la gravedad del arte, para luego dar paso a la luz del género chico, los Grupos Culturales Nacionales nos regalaron un viaje a la España de principios del Siglo XX con un programa que parecía arrancado de un café cantante de Madrid: pasodobles marciales, zarzuela, chotis y cuplés. Vi las miradas de los jóvenes deportistas, absortos ante aquellos vestuarios —trajes de volantes, peinetas, mantones— celebrando el mismo vigor de la vida que ellos habían desplegado en las canchas.

Pero el momento cumbre, el que grabó a fuego la emoción del día, llegó con las palabras del líder nacional de la organización, el ingeniero Aquiles Córdova Morán, con un discurso magistral sobre la necesidad urgente del pensamiento crítico en un mundo —decía— “bombardeado de mentiras por la inteligencia artificial y las grandes agencias”; habló de la verdad, la primera víctima de las guerras. Habló de la necesidad de romper el cascarón de los fenómenos, de analizar, de sintetizar, de no conformarse con lo que los ojos ven. Y justo cuando el peso de su análisis sobre los conflictos globales —Gaza, Ucrania, Irán— podía hacerse denso, ocurrió el milagro de la poesía.

Agradeciendo la presencia de los periodistas de la agencia Xinhua, esos testigos de excepción venidos de China para cubrir el evento en este rincón de la Mixteca, y mirando a esos miles de jóvenes que habían llenado de vida las canchas, el ingeniero Aquiles lanzó una metáfora que nos desarmó a todos: “—Vuelvan dentro de dos años como las golondrinas de Palmerín y Rosado Vega, vuelvan nuevamente como golondrinas a anidar en nuestras canchas, porque sin ustedes las instalaciones de Tecomatlán se mueren, jóvenes”.

Ahí, en esa súplica apenas velada por la lírica, estaba la verdad más profunda de la Espartaqueada. El hombre que decía no ser romántico, acababa de insuflar de eternidad el esfuerzo de una semana entera. El deportista —dijo—, se va siendo más inteligente, con el cerebro mejor irrigado por el esfuerzo, con una “capacidad mental para resolver los problemas rápidos”. Pero además, se va siendo necesario. Se va sabiendo que en este pueblo, un pueblo que estudia, que trabaja, que tiene que estar listo para responder a las necesidades de los jóvenes, un pueblo entero los esperará como se espera la primavera.

Afuera, la batalla de los centauros y los lapitas, inmóvil en la piedra, parecía cobrar sentido. Aquí, en el interior, se libraba la otra batalla: la de la civilización. La que se gana con el deporte que forja el carácter, con el arte que afina el espíritu, con el pensamiento crítico que rompe el cascarón de las mentiras. La barbarie —la fuerza bruta, la desidia, el individualismo—, había sido vencida una vez más por la gracia de la organización.

Terminó la premiación. Los nombres de los estados, del más pequeño al más grande —el Estado de México, Veracruz, Puebla, Oaxaca, Michoacán y todos los demás— fueron coreados entre aplausos. Al salir, el sol ya no era el mismo; se había suavizado. En la plaza, la gente compartía las últimas tortillas, se tomaban fotos con el teatro de fondo, se prometían verse en dos años. Las nueve musas, desde el lobby, parecían sonreír. Tal vez —pensé—, esto es lo que distingue a este encuentro. No es solo la disciplina deportiva, ni la calidad de una sala con mecánica de Bellas Artes, es la certeza de que, mientras existan jóvenes dispuestos a dar la batalla, y un pueblo que los reciba con los brazos abiertos, la civilización seguirá ganando. Y Tecomatlán, como las golondrinas, volverá a latir.


Escrito por Silvana Mortera

@MorteraOfic


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