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Tecomatlán es un municipio sobresaliente y muy seguro porque su pueblo está profundamente organizado. En nuestra comunidad, si alguien percibe un movimiento extraño o una situación fuera de lo común, la gente lo comunica de inmediato a la autoridad correspondiente. Esto se debe a que compartimos una convicción fundamental: todos debemos ser vigilantes activos para garantizar el cuidado, la paz y el bienestar del colectivo. Cuando un vehículo sospechoso ingresa al municipio, es denunciado sin demora; la autoridad local, apoyada en un sistema de vigilancia constante, llega en poco tiempo al lugar de los hechos y realiza de forma expedita las indagatorias pertinentes. Asimismo, cuando se comprueba que alguien ha incurrido en faltas graves, los infractores deben salir de Tecomatlán, pues, al ser descubiertos, la comunidad entera asume el problema con responsabilidad y se mantiene vigilante para evitar la impunidad. El resultado se muestra en que, durante décadas, la incidencia delictiva ha sido cercana a cero en este municipio.
Existen ejemplos claros de esta efectividad comunitaria en la vida diaria. En una ocasión, una joven que era acosada por un individuo de la zona, denunció el hecho ante la autoridad municipal. De inmediato, una patrulla acudió al sitio y abordó al agresor, con lo que se puso fin definitivo al acoso.
En otro acontecimiento, un joven buscó el auxilio de la policía municipal tras haber perdido su cartera. Es importante destacar que no fue víctima de robo ni sufrió un asalto con lujo de violencia; simplemente había traspapelado sus pertenencias. Aun así, la policía activó inmediatamente un protocolo de búsqueda e información dirigido a la comunidad por los mecanismos de comunicación establecidos, y se logró que en poco tiempo apareciera la cartera intacta del muchacho. En Tecomatlán se suele afirmar con orgullo que no debe perderse ni un alfiler; y que, si se detecta a algún responsable de cometer un ilícito, éste será denunciado sin titubeos ante la instancia legal correspondiente.
Sin embargo, recientemente se presentó un hecho atípico y doloroso en Tecomatlán: dos adultos mayores fueron brutalmente asesinados. En cuanto se dio aviso a las corporaciones policiales, éstas iniciaron las indagatorias de rigor, que condujeron con rapidez a señalar al propio hijo de las víctimas como presunto autor material de tan horrendo crimen. El sospechoso fue detenido y se confirmó que ya había sido ingresado en dos ocasiones previas a centros de rehabilitación debido a sus severos antecedentes de consumo desmedido de alcohol. Aunque la causa de fondo aún se encuentra en proceso de investigación judicial, las versiones de los vecinos apuntan a que el sujeto exigió dinero a sus padres para financiar sus vicios; ante la negativa de éstos, actuó completamente fuera de sí y los atacó violentamente hasta quitarles la vida.
Esta trágica situación nos deja varias lecciones profundas sobre las que debemos reflexionar. En primer lugar, este lamentable hecho no puede atribuirse, de ninguna manera, a una falta de vigilancia o a la inacción de la autoridad municipal. La autoridad cumplió con su deber en todo momento, incluso como ya se dijo, en su oportunidad canalizó formalmente al presunto agresor en dos ocasiones a instituciones de rehabilitación.
En segundo lugar, este suceso nos remite a una gran enseñanza literaria y humana. Don Miguel de Cervantes Saavedra escribió, en el prólogo de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (publicado en 1605): “Acontece tener un padre un hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas, y las cuenta a sus amigos por agudezas y donaires”. Este llamado de atención a los padres de familia es sumamente relevante en los tiempos actuales. Nos exige ser profundamente objetivos con la conducta de los hijos.
Ocurre que, en algunos casos, cuando la policía retiene a jóvenes por cometer faltas en flagrancia, los padres acuden a defenderlos de forma irreflexiva, provocando que los problemas de conducta se agraven con el tiempo. La lección es contundente: a los hijos, por muy doloroso que resulte, hay que verlos con total objetividad y, sobre todo, debemos involucrarlos activamente en las tareas de la organización social.
Hemos detectado que algunos ciudadanos prefieren enviar a sus hijos a estudiar a otras preparatorias porque no desean que los jóvenes se sometan a la dinámica de exigencia y trabajo formativo característicos de las escuelas antorchistas de Tecomatlán. Algunos jóvenes y padres me han comentado que evitan inscribirlos en el Centro de Bachillerato Tecnológico Agropecuario (CBTa) argumentando que ahí deben permanecer ocupados durante todo el día. Sin embargo, hemos observado que los jóvenes que no estudian en esta escuela pasan buena parte de la tarde perdiendo el tiempo en los videojuegos, adquiriendo adicciones digitales. Dado que la ociosidad es la madre de todos los vicios, la falta de supervisión y de tareas constructivas convierte a estos jóvenes en esclavos del tiempo libre. Se les ve aislados de la realidad con los audífonos puestos y, en los casos más graves, caen gradualmente en el consumo de drogas y alcohol.
Aunque esto no sucede en todos los casos, la tendencia al deterioro social es clara cuando predomina el individualismo, el egoísmo y una libertad mal entendida. La falta de comprensión de los problemas sociales profundos, sumada a la entrega de preciosas horas frente a la pantalla del celular, actúa como la antesala de adicciones más fuertes y degradantes. Todo ello desvía el rumbo de los jóvenes y confirma la advertencia de Cervantes: el amor mal entendido de los padres les impide ver la realidad a tiempo.
La seguridad es una obra colectiva; es tarea de todos. Los ciudadanos de Tecomatlán debemos construirla a diario con decisión, esmero, trabajo, disciplina y sensatez. No toda la labor recae en la policía o en el presidente municipal; se trata, en cambio, de un esfuerzo conjunto de vigilancia colectiva y de una educación rigurosa para nuestros hijos. El planteamiento para los habitantes de Tecomatlán es sencillo: confíen en las escuelas dirigidas por Antorcha, en ellas procuramos vigilar a los estudiantes en colectivo, porque los mantenemos ocupados, disciplinadamente, en las tareas académicas por las mañanas y en actividades culturales, deportivas y políticas durante las tardes.
Esta formación integral hace falta a los jóvenes en todo México; y podemos consolidarla si nos organizamos bajo la premisa de que el trabajo comunitario es la clave para garantizar la paz del pueblo. Próximamente, la videovigilancia con inteligencia artificial se sumará como una herramienta tecnológica de apoyo, inspirada en modelos de seguridad que hoy se instrumentan con éxito en países como China. Aunque nuestras condiciones son distintas, ciudades como Shenzhen han logrado pasar años sin registrar delitos a transeúntes, robos a casa habitación o robos de vehículos. Ese nivel de seguridad se alcanza cuando todos se hacen responsables de la vigilancia mutua y cuando los padres confían la enseñanza de sus hijos a escuelas comprometidas con el desarrollo social. Como bien señaló Carlos Marx: “Necesitamos otra educación para otra sociedad y otra sociedad para otra educación”, construyámosla juntos y cerremos el paso a la descomposición social, hija del sistema actual; y si nuestros hijos cometen faltas, que se hagan responsables de ellas, por muy doloroso que esto sea.
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Escrito por Brasil Acosta Peña
Doctor en Economía por El Colegio de México, con estancia en investigación en la Universidad de Princeton. Fue catedrático en el CIDE.