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Historia
Capitalismo, división del trabajo y deporte
La sociedad capitalista es una sociedad basada en la ciega lucha de intereses egoístas, una sociedad cuyo desarrollo está sujeto exclusivamente a la “presión de las carencias”; por eso, es –como decía Marx– el verdadero “reino de la necesidad”.


La sociedad capitalista es una sociedad basada en la ciega lucha de intereses egoístas, una sociedad cuyo desarrollo está sujeto exclusivamente a la “presión de las carencias”; por eso, es –como decía Marx– el verdadero “reino de la necesidad”. En tales condiciones, el auténtico desarrollo deportivo no encuentra un terreno fértil: las relaciones sociales burguesas no constituyen una base propicia para un desarrollo deportivo auténtico. Por el contrario, el deporte se ha transformado, en la mayoría de los casos, en una actividad alienante, enajenante para las grandes mayorías.

En esta medida, el deporte se convierte en un reflejo del capitalismo: tanto su estructura como su espíritu están, en líneas generales, determinados por los intereses de la clase dominante. De ahí que el deporte haya pasado a ser, frecuentemente, un instrumento de reproducción de las relaciones sociales capitalistas. Precisamente por ello es crucial no separar el deporte de la lucha social, de la política; no situarlo en una supuesta neutralidad ideológica que, en última instancia, resulta imposible. Porque aunque el deporte ha servido como medio de reproducción de las relaciones sociales dominantes, no está enteramente subsumido bajo las fuerzas del capital ni completamente determinado por ellas.

Aún hoy, el deporte sigue siendo un espacio de disputa, de control, de resistencia: un verdadero campo de batalla. No es, en sentido estricto, una práctica enteramente alienante ni puede reducirse a un mero mecanismo compensatorio o distractor. Como objeto de lucha, el deporte conserva un cierto grado de autonomía; y es precisamente esa autonomía relativa lo que habilita sus potencialidades emancipatorias, por lo cual no contribuye en forma mecanicista a la reproducción de las relaciones sociales dominantes. La existencia del deporte como un medio autónomo de expresión produce efectos que sirven no sólo para apuntalar, sino también para transformar, la realidad social.

Ahora bien, la sociedad capitalista ha producido seres humanos mutilados. El ser humano es una totalidad creadora, una totalidad en pequeño. Sin embargo, la sociedad actual ha desarrollado un sistema de división del trabajo que, en la misma medida en que ha hecho a la sociedad más rica y compleja, ha empobrecido al individuo en el desarrollo de sus disposiciones, fuerzas y capacidades humanas. La sociedad moderna ha alcanzado grandes progresos en la técnica, en la ciencia y en las artes mecánicas gracias a la especialización y a la división del trabajo; pero mientras el conjunto social aparece como una totalidad rica, el individuo ha dejado de ser una totalidad creadora. En lugar de esto, como decía un poeta alemán, encontramos en los seres humanos sólo “fragmentos”; y, en consecuencia, “hay que ir buscando entre individuo e individuo para encontrar reunida la totalidad de la especie”. Hoy cada uno entiende sólo de una actividad particular, ya sea material o intelectual; el ser humano, como añadía el mismo poeta, eternamente atado a un pequeño fragmento del todo, se forma sólo como fragmento y nunca llega a desarrollarse integralmente.

En este sentido, vemos –como dijo otro poeta alemán– trabajadores, pero no seres humanos; pensadores, pero no seres humanos. El mundo se asemeja a un campo de batalla donde yacen despedazados manos, brazos y todos los miembros: el ser humano aparece fraccionado, mutilado. Esto ocurre porque la sociedad capitalista ha producido una separación entre el disfrute y el trabajo, entre el medio y el fin, entre el esfuerzo y la retribución. La división del trabajo y la mecanización han tenido efectos paralizantes para el ser humano, pues en la sociedad capitalista se impone un proceso donde la calidad desaparece en la cantidad. No se trata de una unión para la ayuda recíproca; no permite que cada individuo desarrolle lo que es y lo que puede llegar a ser.

En este punto, el deporte tiene un papel de primer orden. Puede compensar, e incluso superar, el problema de una sociedad basada en la división del trabajo que convierte a los seres humanos en “fragmentos”. El deporte anima al ser humano a jugar con todas sus fuerzas y capacidades: la razón, el sentimiento, la imaginación, el esfuerzo. Redime así al individuo astillado de las limitaciones impuestas por la especialización y le permite, aunque sea en el instante y en el ámbito restringido de la práctica deportiva, convertirse en un todo, en una totalidad creadora, en una totalidad en pequeño. En el deporte, el humano tiene un gusto anticipado de una plenitud que aún no existe en la vida práctica y en el mundo histórico. Las y los deportistas ofrecen, en este sentido, imágenes de la emancipación humana, del hombre liberado de su enajenación histórica y económica: en ellos se proyecta una prefiguración de lo que podría ser el ser humano emancipado.

El mundo del deporte no es sólo un campo de prácticas para el fortalecimiento y embellecimiento del cuerpo, sino también un espacio en el que el ser humano se convierte explícitamente en lo que ya es de manera implícita. Por supuesto, el deporte debe estudiarse históricamente y, como toda superestructura, posee una autonomía relativa. Es decir, aunque por sí mismo sea impotente para emancipar a los humanos que se debaten en la sociedad de clases, abre sin embargo espacios de libertad: transforma al ser humano no sólo físicamente, sino, sobre todo, espiritualmente. 


Escrito por Miguel Alejandro Pérez

Maestro en Historia por la UNAM.


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