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Abel Pérez Zamorano
Tecnología que adormece a los jóvenes y ahonda el individualismo
El avance tecnológico no es malo ni bueno en sí mismo.


El avance tecnológico no es malo ni bueno en sí mismo. Depende de quién y con qué fin lo emplee. Visto positivamente, es necesario fomentar un amplio y sólido desarrollo tecnológico para, primero, conquistar la soberanía nacional y, segundo, crear las bases de una sociedad superior. Pero la tecnología, en lo inmediato, acarrea serios daños para el sector más vulnerable: los niños y los jóvenes.

Bien empleada, la tecnología sirve a la humanidad, pero también, como hoy vemos, en manos del gran capital se convierte en fuerza socialmente destructiva y controla la mente de las personas, mediante la inteligencia artificial (IA) y dispositivos tecnológicos que crean relaciones sociales ficticias en detrimento de las reales, aislando a las personas y reduciendo su capacidad de pensar y actuar colectivamente.

En la medida en que los teléfonos son más “inteligentes”, menguan las capacidades personales de los usuarios. “Según investigaciones recientes, los estudiantes que dependen de dispositivos electrónicos y programas de IA para tomar apuntes o resolver tareas muestran niveles más bajos de actividad cerebral, en comparación con quienes escriben a mano o se enfrentan directamente a los problemas. Este fenómeno, conocido como ‘descarga cognitiva’, implica que, al delegar el esfuerzo mental a las máquinas, el cerebro deja de ejercitarse y pierde su capacidad de formar conexiones profundas entre ideas” (Portal Educación Futura, 24 de junio de 2025). Conduce a la juventud a leer menos, a renunciar a la práctica del arte o del deporte, y limita su capacidad de concentración, al grado de sólo poder fijar la atención en textos brevísimos de unos cuantos renglones o en los reels, videos de un minuto o menos.

Se está perdiendo capacidad de pensamiento, pues el avance tecnológico “ahorra” la necesidad de pensar al resolver con rapidez y comodidad problemas complejos, con lo que paulatinamente se desarrolla un cierto grado de atrofia mental: ya que las tecnologías pueden hacerlo todo y más rápido, se dice, “para qué esforzarse”. Y la inteligencia artificial (IA) ahonda esta tendencia; por ejemplo, sin necesidad de leer una obra, se puede presentar un resumen con sólo pedirlo a la IA.

Y si admitimos que el pensamiento y el trabajo son las cualidades más humanas, la esencia del hombre, perderlas implica perder calidad humana y caer en la robotización. Carlos Marx (y también Aristóteles) dijo que el hombre es un ser social, y, acorde con ello, entre más pobres y limitadas sean sus relaciones e interacciones reales, más pobre y limitada será su conciencia, la integración social, la capacidad de realización y de trascendencia.

Ejemplo de la tendencia a la fragmentación social y al aislamiento de las personas, hoy, jóvenes de Japón (y algunos países de Europa) se recluyen en sus habitaciones, donde viven encerrados, incluso por años, alejados de todo contacto social: son los llamados Hikikomori, cuya única relación social son los videojuegos. Se estima que en tal situación se halla más de medio millón de personas (BBC, tres de marzo de 2019). Son modernos ermitaños, encerrados en su mundo interior, o más bien, atrapados en los dispositivos tecnológicos que los sustraen a la necesaria y sana interacción social y a la acción coordinada.

En México las cosas adquieren un cariz amenazante. La Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH), del Inegi, revela que, “en promedio durante 2023, los jóvenes adultos de 18 a 24 años registraron el más alto uso de Internet en el país, 5.9 horas diarias; es decir, pasan más de dos mil 100 horas anualmente frente a las pantallas de sus smartphones o computadoras” (Informador.MX, 24 de diciembre de 2024). Igualmente preocupante es que muchos padres, inconscientes del daño que ocasionan a sus pequeños hijos, emplean las tablets para mantenerlos “entretenidos” durante horas.

Aumenta el número de jóvenes dependientes de los “consejos” de la IA, que hablan con avatares o personajes de ficción, o se mensajean con chatbots. “Una encuesta del Pew Research Center, publicada este diciembre, revela que el 64 por ciento de los adolescentes estadounidenses de entre 13 y 17 años utiliza chatbots de IA y casi el 30 por ciento lo hace a diario (…) La literatura científica reciente y reportes periodísticos han documentado que un uso frecuente de esta alternativa, puede asociarse a mayor sensación de soledad (…) El bot puede ofrecer algún consejo erróneo o peligroso en un momento de crisis. Y el adolescente, confiando en lo válido de la inmediatez, puede asumir la recomendación y llevarla a vías de hecho, incluso a riesgo de su propia vida (o la de otros, agrego yo, APZ)” (Vladia Rubio, CubaSí, 13 de diciembre de 2025).

En fin, este coctel de ideas y prácticas ha creado un nicho altamente rentable para empresas del sector de IA que lucran con la soledad y la fragmentación social, llenando de manera ficticia el vacío existencial de los jóvenes. Ha acentuado una crisis social, que es expresión superficial de la fase degenerada del capitalismo.

En lo que hace al tratamiento del problema, por su gravedad, a nivel mundial se ensayan medidas de control inmediato. Cada vez más países incorporan regulaciones al uso de celulares en las aulas entre niños y jóvenes, mediante prohibición total o restricciones. China, Francia, Holanda y Brasil lo han prohibido, con diferentes matices. “Al menos 79 países han restringido el uso de teléfonos celulares en sus aulas” (Milenio, 20 de febrero de 2025).

Recientemente, el gobierno australiano tomó medidas drásticas. “Niños de toda Australia se despertarán el miércoles sin acceso a sus cuentas de redes sociales debido a una prohibición que es pionera en el mundo, diseñada para proteger a los menores de 16 años de algoritmos adictivos, depredadores en línea y acosadores digitales…” (CNN, nueve de diciembre de 2025). Fueron diez las plataformas prohibidas: Instagram, Facebook, Threads, Snapchat, YouTube, TikTok, Kick, Reddit, Twitch y X. Pero las regulaciones sólo atacan efectos, sin llegar a la raíz del problema.

El individualismo acendrado no se debe a los avances tecnológicos, que sólo han venido a catalizarlo: está en la base del modelo capitalista de producción, intercambio y consumo, y se expresa en la conducta, la psicología y la moral. El capital presupone un individuo que busca sólo su provecho personal, la máxima acumulación de riqueza, “prepararse para alcanzar el éxito individual”, sin pensar en el bien social. Excluye la visión y la acción colectiva, el bien común como valor supremo y prioriza el beneficio individual, incluso a costa de los demás.

El desarrollo de la IA y otros progresos tecnológicos es un instrumento empleado calculadamente por el gran capital para modelar ideológicamente al hombre que necesita, adormecer su conciencia y evitar que las grandes masas razonen correctamente su realidad y, en consecuencia, luchen organizadamente por transformarla. El individualismo es exactamente la antípoda de la organización, de la acción colectiva consciente y disciplinada, que integra al hombre en su comunidad y le permite compartir con ella objetivos y anhelos y sumar sus fuerzas en pro de una meta común.

Hay que aprender a dominar la tecnología en lugar de que ésta nos domine a nosotros, rechazando la perniciosa y reaccionaria idea de que las máquinas son superiores al hombre y que terminarán desplazándolo de su lugar protagónico en el pensar y en el proceso productivo, tesis que constituye la base de las distopías modernas. Pero no olvidemos que, al final, las decisiones fundamentales son tomadas por hombres concretos, con base en el análisis de su situación concreta en función del interés social y dotados de voluntad y objetivos claros.

Así pues, mientras no se ataque su causa fundamental, el individualismo seguirá perturbando las mentes de los jóvenes y sustrayéndolos a la vida y la lucha sociales. Mientras predominen la propiedad privada y el afán patológico de ganancia individual, inevitablemente el desarrollo tecnológico redundará en daño social. Sólo la clase trabajadora, como dueña de los medios de producción, podrá garantizar que el desarrollo tecnológico sea socialmente benéfico. Ésa y no otra es la verdadera y única solución de raíz, sin descartar la utilidad, aunque limitada, de las medidas de control legal. 


Escrito por Abel Pérez Zamorano

Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.


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