Sobre la falsedad del origen “natural” de los fenómenos sociales, la historia nos ilustra.
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Las enfermedades neurodegenerativas, como Alzheimer y Parkinson, son un desafío creciente para la salud pública. Aunque no existe una cura, la evidencia indica que la alimentación puede ayudar a prevenirlas y a hacer más lenta su evolución. Lo que comemos influye directamente en la salud neuronal, en la inflamación del cerebro y en su capacidad de reparación.
La nutrición influye directamente en la salud cerebral porque proporciona los compuestos necesarios para formar las membranas de las neuronas, como los ácidos grasos esenciales presentes en pescados (sardina, salmón, atún), frutos secos (nueces, almendras, pistaches, avellanas) y semillas (chía, girasol, calabaza). Asimismo, los alimentos ricos en antioxidantes –incluyendo frutas como fresas, arándanos, moras, frambuesas, naranjas, limones, cerezas, uvas o sandía; verduras de colores intensos como nopales, espinacas, zanahoria, calabaza, jitomate y betabel; y diferentes tipos de té como el verde, blanco y negro– contribuyen a disminuir el estrés oxidativo. Por otro lado, alimentos con propiedades antiinflamatorias, como el aceite de oliva, la cúrcuma y los vegetales frescos, ayudan a reducir la inflamación que afecta al tejido nervioso. La dieta también participa en la comunicación intestino-cerebro mediante el consumo de fibras y prebióticos que favorecen una microbiota intestinal saludable.
En conjunto, una alimentación equilibrada mejora la salud del sistema cardiovascular, protege la regulación de energía del cerebro y ralentiza el deterioro neurológico. Así se refuerza la idea de que los hábitos alimenticios cuidan al corazón, además de proteger y nutrir al cerebro. (Gómez-Pinilla, 2008).
Diversos estudios muestran que la dieta mediterránea –basada en frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, aceite de oliva, frutos secos y pescado — reduce significativamente el riesgo de Alzheimer y otras demencias. Sus compuestos bioactivos, como los polifenoles, presentes en frutas rojas (fresas, arándanos, moras, frambuesas), uvas, manzanas, aceitunas, té (verde, blanco y negro), café, cacao puro y aceite de oliva, ayudan a disminuir la inflamación cerebral. Por su parte, los ácidos grasos omega-3, abundantes en pescados azules como salmón, sardina y atún, así como en nueces, semillas de chía y linaza, fortalecen la envoltura externa de las neuronas y fortalecen la capacidad del cerebro para adaptar y mejorar sus conexiones. Además, estos nutrientes mejoran la función mitocondrial y reducen el daño oxidativo, procesos esenciales para mantener vivas y funcionales a las neuronas (Scarmeas et al., 2018; Joseph et al., 2009). En contraste, una dieta rica en ultra procesados, (refrescos, embutidos, galletas, botanas industriales y comida rápida); azúcares refinados (bebidas azucaradas, pasteles, dulces y cereales endulzados); y grasas saturadas que predominan en carnes rojas, mantequilla, embutidos, frituras y productos con aceite de palma o coco. Incrementa la inflamación sistémica. mientras que las grasas saturadas predominan en carnes rojas, mantequilla, embutidos, comida frita y productos con aceite de girasol, canola o palma incrementa la inflamación sistémica, altera el metabolismo energético del cerebro y acelera el deterioro cognitivo, aumentando el riesgo de demencia. (Mattson, 2015). Por lo que es importante conocer estrategias a través de la alimentación para proteger al cerebro.
Las dietas saludables benefician al cerebro a través de varios mecanismos complementarios. Primero, sus antioxidantes –presentes en frutas, verduras, especias y frutos secos– reducen el estrés oxidativo, evitando que los radicales libres dañen a las neuronas. También ayudan a regular la inflamación, ya que alimentos como el aceite de oliva, el pescado o las legumbres disminuyen la producción de moléculas inflamatorias que aceleran el deterioro cerebral. Además, una buena nutrición favorece la eliminación de proteínas tóxicas, como beta-amiloide y alfa-sinucleína, mejorando mecanismo de depuración celular (autofagia) y sistema de degradación de proteínas (proteosomas) en el cerebro, esenciales para prevenir la acumulación de agregados dañinos.
La dieta también influye en el microbiota intestinal que produce sustancias neuro protectoras (como ácidos grasos de cadena corta) capaces de modular la inflamación y reforzar la barrera hematoencefálica, fortaleciendo así la comunicación intestino-cerebro (Caracciolo et al., 2014). Finalmente, ciertos nutrientes como los polifenoles, vitaminas del grupo B y omega-3 pueden influir en los mecanismos que activan o desactivan genes sin cambiar el ADN (epigénetica), regulando la expresión de genes implicados en la plasticidad, la memoria y la reparación neuronal (Moreira et al., 2010). Sabiendo esto, vale la pena realizar cambios sencillos en la alimentación que favorezcan estos procesos.
Adoptar hábitos alimenticios que protejan al cerebro implica priorizar alimentos de alta calidad nutricional. Esto incluye incrementar el consumo de frutas, verduras y legumbres para asegurar antioxidantes y fibra, así como comer pescado, varias veces por semana para obtener omega-3. El aceite de oliva debe ser la principal fuente de grasa, ya que sus compuestos antiinflamatorios benefician las neuronas. También es importante reducir al mínimo las carnes rojas, los azúcares añadidos y los productos ultraprocesados, que favorecen la inflamación y el deterioro cognitivo. A estas prácticas se suman hábitos complementarios: realizar ejercicio regular para mejorar el flujo sanguíneo cerebral, dormir lo suficiente para favorecer la reparación neuronal y mantener actividades que estimulen la mente, como lectura, aprendizaje o juegos cognitivos. Aunque los efectos no son inmediatos, la constancia en estos cambios fortalece la salud cerebral y contribuye a un envejecimiento cognitivo más saludable. Y mientras estos hábitos son una herramienta poderosa, la ciencia sigue explorando nuevas respuestas.
La evidencia científica señala que la alimentación es una herramienta valiosa para proteger la función cerebral a lo largo de la vida. Nutrientes como los antioxidantes, los ácidos grasos omega-3 y los compuestos antiinflamatorios han dejado de considerarse sólo elementos del metabolismo general y hoy se reconocen como actores clave en procesos neuronales tan importantes como la plasticidad sináptica, el control del estrés oxidativo y la regulación epigenética (Cederholm et al., 2013). Así, la nutrición se integra cada vez más en el núcleo de la neurociencia moderna como un factor preventivo con impacto significativo en la longevidad cerebral. Con esto en mente, podemos cerrar con una idea esencial.
Cuidar nuestra alimentación es una de las decisiones más poderosas para proteger el cerebro. Una dieta rica en alimentos frescos, antioxidantes y grasas saludables no cura las enfermedades neurodegenerativas, pero sí puede retrasar su avance, defender a las neuronas y mejorar de manera notable la calidad de vida. La prevención comienza con acciones simples: elegir alimentos naturales, evitar ultraprocesados y mantener un estilo de vida activo. Cuando estos hábitos se sostienen en el tiempo, fortalecen la energía del cerebro, ayudan a la memoria y se convierten en un pilar fundamental para un envejecimiento cognitivo saludable.
Referencias.
•Caracciolo, B., Xu, W., Collins, S., & Fratiglioni, L. (2014). Cognitive decline, dietary patterns and dementia: A population-based study. Journal of Alzheimer’s Disease, 39(4), 871–882.
•Cederholm, T., Salem, N., & Palmblad, J. (2013). Omega-3 fatty acids in the prevention of cognitive decline in humans. Advances in Nutrition, 4(6), 672–676.
•Gómez-Pinilla, F. (2008). Brain foods: The effects of nutrients on brain function. Nature Reviews Neuroscience, 9(7), 568–578.
•Joseph, J. A., Shukitt-Hale, B., & Casadesus, G. (2009). Reversing the deleterious effects of aging on neuronal communication and behavior: beneficial properties of fruit polyphenolic compounds. American Journal of Clinical Nutrition, 89(5), 1673S–1679S.
•Mattson, M. P. (2015). Lifelong brain health is a lifelong challenge: From evolutionary principles to empirical evidence. Ageing Research Reviews, 20, 37–45.
•Moreira, P. I., Smith, M. A., Zhu, X., & Perry, G. (2010). Therapeutic implications of oxidative stress associated with Alzheimer’s disease. Antioxidants & Redox Signaling, 13(4), 623–639.
•Scarmeas, N., Anastasiou, C. A., & Yannakoulia, M. (2018). Nutrition and prevention of cognitive impairment. The Lancet Neurology, 17(11), 1006–1015.
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