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La indignación ante la mercantilización de las mujeres –reflejo de una sociedad decadente– no puede ni debe ser nimia. El caso de los archivos de Jeffrey Epstein (magnate financiero, delincuente sexual y violador en serie, de acuerdo con Wikipedia), recientemente sonado una vez más a nivel global y que operó de 1990 a 2019, muestra el lado siniestro del capitalismo: cómo se trafica a las mujeres.
Los archivos de Epstein revelan atroces crímenes sexuales en donde mujeres eran reclutadas y violentadas, las cuales debían cumplir un perfil específico: el equipo reclutador buscaba activamente a menores de edad o que lo parecieran. La mayoría de las víctimas provenía de entornos desfavorecidos o eran de escasos recursos; la vulnerabilidad económica era una razón fundamental para reclutarlas fácilmente.
El trato indigno a través de la cosificación de las mujeres no es un tema nuevo ni ajeno a nuestra área geográfica. En México, por ejemplo, ha sido documentado y analizado por pensadoras como Rita Segato. Su análisis de los feminicidios en Ciudad Juárez, Chihuahua, donde la autora realizó un estudio de caso, da cuenta de la relación entre el capitalismo y los feminicidios, donde las mujeres mayormente torturadas eran de extracción pobre y racializadas, subsumidas por la articulación entre el control de recursos y de poder y lo inhumano. Otro caso igualmente espeluznante es la red de trata de personas en Tlaxcala y Puebla, documentado en diversos reportajes que hacen eco de los testimonios de las sobrevivientes del crimen.
No es fácil digerir, es quizá indigerible, escuchar y leer sobre estos casos, pues es evidente la objetualización de las mujeres como una mercancía más en el engranaje del capitalismo, en donde los compradores y beneficiarios son los grandes magnates –los Epstein, como señala Andrea Zhok–.
Así como no es un tema ajeno ni nuevo en nuestro país, tampoco es un tema poco visitado ni reciente en la historia del pensamiento humano. El lugar de las mujeres en la sociedad a través de la historia ha sido debatido innumerables veces, no es irrelevante y, por ello, vale detenernos a pensarlo por varias razones: por los tratos aberrantes cometidos contra miles de mujeres; por el hecho mismo de su papel en la sociedad; o incluso por algo más básico: porque son seres humanos.
Una visión crítica del papel de las mujeres en la historia del capitalismo puede estudiarse en la literatura de finales de la década de 1990 y principios de los 2000, a cargo de escritoras marxistas (Leopoldina Fortunati, Silvia Federici, Nancy Fraser, Cinzia Aruzza, etc.). Fue en ese periodo, en el auge de la crisis del neoliberalismo, que los movimientos de mujeres cobraron relevancia y el corpus teórico al respecto volvió a nutrirse, si bien hallamos importantes obras anteriormente (de Aleksandra Kollontai y Rosa Luxemburgo, por ejemplo).
Gayle Rubin ofrece un análisis importante debido a su visión crítica sobre la opresión de las mujeres. En Tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo, Rubin utiliza el método de Federico Engels para estudiar las relaciones del género y las relaciones de producción. La autora apunta que la perspectiva de Engels sobre la mujer en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado es revolucionaria y brinda una piedra angular para rastrear el origen de su opresión. Dicho sea de paso, el método de Engels referido por Rubin es el análisis de los sistemas de parentesco, los cuales reproducen formas concretas de sexualidad; en este sentido, Engels analiza las formas materiales concretas de las relaciones sociales (en otras palabras, aplica el materialismo histórico).
Así pues, Engels se detiene a estudiar las relaciones de parentesco, lo que él denomina “el segundo aspecto de la vida material”. Su hipótesis establece que los hombres se enriquecieron a través de la propiedad privada de rebaños y transmitieron esa riqueza a sus hijos anulando el “derecho materno”, lo cual favoreció la herencia patrilineal. Cuando esto ocurrió, el hombre pasó a ser la cabeza del hogar y la mujer comenzó a hacerse cargo de las tareas domésticas o de cuidados, en palabras de Engels: “se convirtió en esclava de la lujuria del hombre y mero instrumento para la producción de hijos”.
Como se observa, Federico Engels explica que la explotación de las mujeres no es privativa del capitalismo, sino que tiene su origen en estadios históricos anteriores. Engels no aborda las relaciones de las mujeres y hombres como subsumidas completamente al modo de producción, sino que afirma que históricamente hay dinámicas culturales que se van arrastrando de un estadio histórico a otro y que no responden de forma automática a la organización de la economía, sino sólo en última instancia. De manera que la tesis engelsiana radica en que la opresión de las mujeres ocurre antes del capitalismo. Y es bajo este sistema que la opresión se refuerza a través del trabajo doméstico que las mujeres cargan sobre sus hombros, adicional al trabajo fuera del hogar (ya sea en la fábrica o en su centro de trabajo). Ésta es la expresión mínima de la opresión; la expresión máxima es cuando sus cuerpos son vendidos, violentados, prostituidos.
Esta expresión máxima de la opresión, confirmada recientemente a través de los archivos de Epstein, implica preguntas importantes: ¿qué fuerzas políticas y sociales están involucradas y de qué manera?, ¿cómo es posible que las instituciones estatales observen estos hechos, en los cuales Donald Trump está directamente involucrado, y no se le condene con todos los recursos de la ley? Estas preguntas pueden trasladarse a los ámbitos específicos en que las mujeres son objeto de violencia y ésta se normaliza.
Epstein, Trump o los hombres involucrados en estos delitos son la máscara o la personificación de un poder económico que se ha consolidado desde el Siglo XVII y, en esa medida, la denuncia y la lucha contra estas figuras debe ser implacable: no ya sólo porque su sola persona es aberrante por sus acciones, sino también porque son figuras que representan a un sistema genocida, explotador y opresor en diversos ámbitos. Por otro lado, la indagación sobre los procesos sociales y económicos que sostienen estos actos debe ser profunda, de modo que permita proponer modos de superar este sistema. Esto es: denunciar y enjuiciar no solamente a las personificaciones del capital, sino también simultáneamente erradicar al capital mismo, que posibilita y funda los crímenes.
Gayle Rubin señala que la opresión de las mujeres está arraigada en la sociedad, incluso en el ámbito moral, prácticamente desde el inicio de la civilización humana, lo cual permite cuestionar si la liberación de la mujer llegará con la erradicación del capitalismo. En otras palabras: considerando que la opresión de las mujeres está inscrita en el código moral y cultural de la humanidad, desde que se instauró el patriarcado analizado por Morgan y Engels, independientemente del modo de producción existente, ¿cómo podríamos tener certeza si bajo un sistema no capitalista (comunista, por citar un ejemplo) las mujeres serán realmente libres? Es difícil contestar esta pregunta, no hay certeza al respecto, pues de acuerdo con Marx, no podemos establecer una receta de cómo será un sistema comunista exactamente, sino delinear las bases para construir una sociedad menos injusta y más próspera, pero en dicha delineación debe caber un programa que establezca una lucha en contra de la mercantilización de los cuerpos y de la opresión y humillación en todas sus expresiones.
Y lo que es más urgente: denunciar desde todos los sitios, incansablemente y con perseverancia, a través de organización, lucha y estudio profundo de la realidad, que el capitalismo y sus representantes políticos y económicos profundizan la mezquindad y las prácticas humanas más viles, y por ello es clara la necesidad de combatirlos.
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Escrito por Betzy Bravo García
Investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales. Ganadora del Segundo Certamen Internacional de Ensayo Filosófico. Investiga la ontología marxista, la política educativa actual y el marxismo en el México contemporáneo.