Años y años y montañas de dinero en propaganda para fomentar el individualismo y la indiferencia ante el dolor ajeno no han surtido los efectos deseados por las élites dominantes.
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El pasado tres de noviembre, Zoé Robledo, director del IMSS, declaró ufano: “Alcanzamos 22.6 millones de puestos de trabajo, la cifra más alta de que se tenga memoria”. Se refiere, obviamente, a empleos en el sector formal, registrados en el Seguro Social. Relativizando la alegre cifra y calificándola de engañosa, el portal Animal Político advirtió que se oculta la poca creación de nuevos empleos. Argumentó: “De enero a octubre (fueron creados) 400 mil puestos, la cifra más baja desde 2015”. Y abunda: “Llevamos tres años a la baja en creación de empleos”.
Para poner estas cifras en contexto debemos recordar que anualmente 1.4 millones de jóvenes ingresan a la Población Económicamente Activa (PEA) y buscan trabajo. Tal es el número de empleos que deben crearse para atender la demanda (sin hablar del rezago ya existente). Sin embargo, en los mejores años de los tiempos recientes, la cifra oscila entre 700 mil y 900 mil, y con caídas como la antes referida.
Para satisfacer la demanda de las jóvenes generaciones se requiere un mayor crecimiento económico, alrededor de 4.5 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) (algunos estiman seis por ciento). Pero estamos lejos de esa meta: el crecimiento promedio del PIB entre 2018 y 2025 (durante los gobiernos morenistas) ha sido de apenas 1.4 por ciento anual, la tercera parte de lo necesario, dando lugar así a un rezago acumulado que crece constantemente.
A este respecto, el indicador “Elasticidad empleo-PIB” correlaciona el aumento del empleo formal por cada punto porcentual de aumento en el PIB. En México es muy bajo: si el PIB crece un punto, el empleo formal lo hace escasamente en medio punto. Ello se explica por los procesos de automatización, robotización y, en los tiempos que corren, de creciente aplicación de la Inteligencia Artificial, mecanismos que permiten producir más, pero con menos trabajadores. Es la lógica implacable del capital y su divisa de acrecentar la plusvalía a costa del sacrificio de la clase trabajadora.
Pero el problema no es sólo cuantitativo, es decir, la bajísima creación de empleos. Es también cualitativo, y esto se refiere a la precarización del empleo, entre otros factores por los miserables salarios, que empujan a los ya ocupados (en general de todas las edades), a buscar un segundo empleo; pero refiriéndonos sólo a los jóvenes, el año pasado, cuatro de cada 10 tenían o buscaban un segundo empleo, “el doble que en 2024, que fue el 22 por ciento”. Por igual razón, 36 por ciento busca “ampliar la jornada” para percibir un poco más de ingreso, “porcentaje superior al registrado en 2024, cuando sólo un 20 por ciento de las personas lo contemplaba” (El Economista, 28 de enero). He aquí el saldo del régimen actual.
Y todo esto trae a su vez consecuencias sociales y económicas. Como efecto directo aumenta el número de personas que busca refugio en el sector informal. En 1980, antes del neoliberalismo, la informalidad estimada era de 30 por ciento de la población ocupada (Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, ENOE), aunque había estimaciones mayores. En aquellos años el crecimiento económico era significativamente mayor. Como consecuencias asociadas, por la precarización del empleo y el aumento de la informalidad, los jóvenes son empujados a la delincuencia y también aumenta el consumo de drogas.
En lo que atañe a las causas del fenómeno, en un plano inmediato están las fallidas políticas públicas de los gobiernos anteriores, y también del actual, y sus programas sociales, que pretendidamente elevarían el bienestar social. Además, los trabajadores están indefensos ante los abusos de los patrones, lo que agudiza la precarización del empleo. La caída en la sindicalización y la lucha sindical ha sido brutal. Con la implantación del neoliberalismo, el porcentaje de trabajadores organizados en sindicatos se desplomó: en 1980 se estimaba entre 40 y 50 por ciento; esto sin mencionar la muy limitada eficacia de los sindicatos (hasta hoy) como instrumento de lucha y defensa de los trabajadores.
En 2018, el porcentaje de sindicalización de los asalariados rondaba el 12 por ciento, y el año pasado, fue de 12.08 (ENOE). Y no se vislumbra un cambio significativo. Es decir, la “Cuarta Transformación” no ha cambiado las cosas, siendo así congruente con su principio de rechazar a las organizaciones sociales. Además, ahí donde existen sindicatos, en la inmensa mayoría de los casos son de todo punto inútiles para mejorar las condiciones laborales y el ingreso de los trabajadores, toda vez que se hallan, como tradicionalmente ha sido, controlados por los patrones y el gobierno, por diferentes medios, incluyendo el sometimiento gansteril. El sindicalismo charro, aunque ya la izquierda tradicional no lo menciona, en realidad lo ha cooptado, sigue tan pujante como antes.
En correspondencia con eso, las leyes laborales se endurecen progresivamente para someter a los trabajadores a un régimen de sobreexplotación rayana en niveles de semiesclavitud, con jornadas de trabajo extenuantes, prestaciones cada vez menores y salarios que ni de lejos cubren las necesidades de las familias.
Pero la causa más profunda que subyace a estos fenómenos es la implantación del modelo neoliberal que, hasta hoy, con la “Cuarta Transformación”, rige la economía. Todo está subordinado al gran capital, nacional y extranjero. Toda la legislación laboral está implacablemente diseñada para extraer el máximo de plusvalía, para ahorcar a la clase trabajadora quitándole toda posibilidad de mejorar su vida. Como suele decirse, los trabajadores no trabajan para vivir, viven para trabajar.
Y es que, como establece la teoría económica, el capital sólo paga al trabajador su fuerza de trabajo estrictamente en su valor, que no es otro que la suma de los valores de los medios de consumo necesarios para la estricta sobrevivencia; y se ha vuelto algo común que se les pague incluso por debajo de su valor, y no más. Para que el capital se reproduzca y aumente, los trabajadores deben vivir necesariamente con el agua al cuello.
Así pues, ante la debilidad de la lucha sindical, y sin dejar de utilizarla y ampliarla, la verdadera y única solución de fondo frente a la explotación laboral es construir una organización política nacional; insisto, política, que eduque y discipline a los trabajadores, preparándolos para la defensa inmediata de sus derechos pero, sobre todo, que vaya más allá y se proponga como meta suprimir el modelo económico depredador e implantar uno diferente, más humano, que garantice realmente (no en el discurso oficial como hoy) altos niveles de bienestar para todos.
A esto llegaremos sólo cuando la clase trabajadora, verdadera y única creadora de riqueza, asuma el gobierno del país. Para ello, invito a todos los explotados a unirse al Movimiento Antorchista Nacional, organización genuinamente perteneciente y defensora de los trabajadores del campo y la ciudad. Aquí encontrarán todos una herramienta de defensa de sus derechos inmediatos y de solución definitiva a la agobiante explotación.
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Escrito por Abel Pérez Zamorano
Doctor en Economía por la London School of Economics. Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo.