El sistema que explota a México, América Latina y a todo el sur global no ha cambiado de naturaleza. Sólo ha perfeccionado sus instrumentos, aseguró el líder nacional de Antorcha.
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Hace 110 años, en 1916, desde el exilio en Suiza, Vladimir Ilich Uliánov, mejor conocido como Lenin, escribió El imperialismo, fase superior del capitalismo; este texto fue concebido para entender las causas profundas de la Primera Guerra Mundial. La tesis principal es que la guerra no era un accidente, sino la consecuencia inevitable del desarrollo mismo del modo de producción capitalista: el paso inicial de empresas en competencia relativamente libre a una fase monopolista y parasitaria. En el fondo ésta fue la causa de la guerra imperialista de 1914-1918, es decir, “una guerra anexionista, depredadora y de rapiña, por la división del mundo, por la partición y el reparto de las colonias y de las esferas de influencia del capital financiero”.
Hoy, más de un siglo después, en medio de guerras prolongadas (Ucrania y Gaza), crisis financieras recurrentes, desigualdad de ingresos galopante, un mundo capitalista que sobrepasa cada vez más los límites de las reglas que ellos mismos impusieron después de la Segunda Guerra Mundial, la pregunta es inevitable: ¿el análisis de Lenin sigue siendo útil para interpretar los acontecimientos de nuestro tiempo? Éste artículo responde que sí y tratará de mostrar datos que lo evidencien. Los rasgos económicos fundamentales del imperialismo identificados por Lenin no sólo persisten, sino que ahora la crudeza con que necesitan implementarse para seguir operando la lógica del capitalismo lleva al vecino país del norte a invadir el territorio venezolano para secuestrar a su presidente y apropiarse del petróleo que necesita para seguir operando su estructura productiva.
La concentración de la producción y los monopolios es la primera de las características de esta fase del capitalismo. Lenin señaló que la libre competencia genera inevitablemente, en el transcurso de su desarrollo, su contrario: la concentración de la producción y del capital en un pequeño número de grandes monopolios u oligopolios que acaban dominando ramas enteras de la industria. Este proceso empezó desde el nacimiento del capitalismo y no se ha detenido, sino todo lo contrario, se fue acelerando en la medida en que las fuerzas productivas se desarrollan. Un estudio del Instituto Federal Suizo de Tecnología de Zúrich, en 2011, analizó la red que generan 43 mil 60 empresas trasnacionales mediante datos de propiedad accionaria y control corporativo; el resultado fue contundente: 147 de ellas altamente interconectadas (sobre todo financiera) concentraba alrededor de 40 por ciento de toda la red que generaban las 43 mil 60, ampliando el mismo indicador, 737 controlaban el 80 por ciento. El estudio mide la capacidad que tienen de controlar los flujos de valor, inversión y decisiones estratégicas, más o menos en los mismos términos que Lenin describió en este apartado. En este mismo sentido, la OCDE, en 2025, en un estudio que se llama Concentración y dinámica empresarial en los mercados de productos, dijo que, desde los años noventa, la concentración de los mercados y los márgenes de ganancia han aumentado sostenidamente en sectores como energía, tecnología, farmacéutica y finanzas, especialmente en Estados Unidos y Europa, países donde se han concentrado los monopolios más grandes.
El nacimiento del capital financiero, que es la fusión del capital bancario y el industrial, es la segunda característica. Esto trae como consecuencia que exista una oligarquía financiera que controla la fusión de los dos anteriores. Hoy, el poder del capital financiero es inmensamente mayor al que Lenin conoció. Los mayores accionistas de empresas productivas clave (Apple, Exxon Mobil, Microsoft, Tesla, etc.) no son individuos ni familias, sino grandes gestores de activos financieros como BlackRock, Vanguard y State Street, los llamados Big Three; son, conjuntamente, el principal accionista en aproximadamente 88 por ciento de las empresas del índice S&P 500. En 2025, BlackRock administraba 14 billones de dólares en activos, Vanguard 12 billones y State Street 4.5 billones. Las ganancias de este tipo de empresas no vienen de la producción directa, sino de rentas financieras, deuda, derivados, valorización de activos, etc. De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, el volumen de derivados financieros supera 10 veces el PIB mundial, una señal clara de la forma parasitaria en que obtienen sus ganancias. No está de más decir que el poder político que estas empresas tienen sobre los países del mundo es inmenso.
Una vez que los países capitalistas desarrollados se saturan de la producción y no encuentran dónde más invertir dinero, la tercera característica que describió Lenin fue la exportación de capitales a otros países que se refleja como inversión directa, control de infraestructura y endeudamiento sistemático de países pobres. De acuerdo con la ONU Comercio y Desarrollo, en 2023, los flujos mundiales de Inversión Extranjera Directa (IED) alcanzaron 1.3 billones de dólares, de los cuales 867 mil millones (un siete por ciento menos que el año anterior) se dirigieron a países en desarrollo, lo que muestra que una porción sustancial del capital originado en economías desarrolladas se coloca en países con menor grado de industrialización, buscando mayores tasas de ganancias. En cuanto al control de infraestructura, basta observar cómo el Canal de Panamá es un estrecho altamente disputado por los países comerciales porque les permite mover de mejor manera sus mercancías, además de ello, la reciente invasión a Venezuela es reflejo de esta misma disputa, pues EE. UU. quiere el petróleo para su producción, pero también como un medio para privar a Rusia y a China del acceso estratégico a este recurso, pues con el dominio de las reservas de Venezuela, EE. UU. estaría acaparando un poco más del 50 por ciento de la producción mundial del oro negro. En cuanto al pago de deuda de países pobres a los ricos, en 2023, con cifras del Banco Mundial, por servicio de la deuda externa, los países en desarrollo destinaron un récord de 1.4 billones de dólares, con pagos de intereses que alcanzaron los 406 mil millones (el nivel más alto en 20 años).
La asociación de capitales y capitalistas en grandes monopolios internacionales es la cuarta característica que observó Lenin (en parte ya ejemplificada con la primera característica en este trabajo). Éstos, en un momento del desarrollo ya no compiten, sino que se ponen de acuerdo para repartirse mercados, fijar precios y controlar recursos estratégicos. Por ejemplo, la OPEP, que controla del 55 al 60 por ciento de la producción mundial de petróleo, hasta antes de la invasión de EE. UU. a Venezuela, influye directamente en precios, inflación y estabilidad macroeconómica global. Otro caso sería el del sector farmacéutico, donde diez grandes empresas concentran más del 60 por ciento del mercado mundial, protegido por estrictos regímenes de patentes. En el ámbito digital, cinco empresas estadounidenses (Google, Apple, Meta, Amazon y Microsoft) dominan segmentos completos del mercado global. Estos acuerdos no son eternos y, cuando llegan a romperse, las guerras se hacen evidentes; a eso parece que nos está llevando el desarrollo actual del capitalismo.
La conclusión a la que Lenin llegó es que el comportamiento del capitalismo, en su fase superior de desarrollo, lleva a los monopolios a buscar repartirse el mundo; así explica, coherentemente, los hechos profundos que llevaron al mundo a la Primera Guerra Mundial. Para nadie es un secreto que los países ricos de hoy tuvieron colonias, a mediados del Siglo XX se fueron destruyendo esos lazos en su forma clásica, pero se transformaron en neocolonialismo, pues en el fondo, si bien ya no tenían el poder político, han seguido expoliando el trabajo y los recursos naturales de esos países con mecanismos como deuda externa, influencia en la toma de decisiones con la amenaza de las armas (como lo hace EE. UU.), con organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio, Banco Mundial, etc. No está de más aclarar que la organización militar más grande del mundo, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), es parte de esos organismos para coaccionar en algunos casos o guerrear en otros, para someter a los países a la voluntad del capitalismo mundial con sede en EE. UU.
Es evidente que el imperialismo es una categoría que sigue siendo útil para analizar la realidad económica mundial. Los rasgos que Lenin describió no sólo persisten, sino que se manifiestan con mayor intensidad apoyados en un entramado de estructuras económicas, financieras, jurídicas y militares de alcance global. La economía mundial está dominada por un puñado de grandes empresas monopólicas; si bien ya no existen colonias clásicas como las del Siglo XIX, el neocolonialismo de ahora se caracteriza por el hecho de que las formas de extracción de ganancias son más sofisticadas y más recientemente, como consecuencia de la necesidad de seguir operando la lógica del capital, esta expoliación se ha hecho más transparente, llegando a usar la fuerza militar declarando, por ejemplo, “que fueron por el petróleo que les pertenece”
Por ello, la política exterior agresiva de EE. UU. no debe entenderse como la decisión individual de un loco en la Casa Blanca, sino como una respuesta estructural a las contradicciones del propio capitalismo, es decir, a la necesidad de seguir produciendo para extraer plusvalía y, así, seguir acumulando capital; es una bola de nieve que crece con cada vuelta. Las guerras actuales, la expansión de alianzas militares, el uso de sanciones económicas y la disputa por recursos estratégicos expresan la lucha feroz, que ha iniciado un imperialismo decadente pero no por eso menos peligroso, por la redivisión del mundo.
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Desde la conquista española, la nuestra es una historia de lucha de clases, donde los poderosos en cada etapa han impuesto su dominio económico y político.
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Escrito por Rogelio García Macedonio
Licenciado en Economía por la UNAM.