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Tenemos que construir una sociedad en la que sufrir tanto y tan frecuentemente no sea la regla cotidiana. El modelo socioeconómico actual desgasta los cuerpos, tritura el planeta y produce dolor permanentemente, por ello este modelo obliga a que la gente se medique regularmente o a que intente buscar remansos en pasatiempos o en coaches de vida, no como una forma de cultivar su espíritu, sino como una forma de distracción o escape a las duras condiciones de vida, incluso más allá de las condiciones materiales –a veces los problemas de salud mental no son consecuencia directa de las carencias de servicios básicos o de condiciones apropiadas de vida: recordemos los casos de suicidios cometidos por personas millonarias–.
El ámbito individual está profundamente marcado por las huellas del capitalismo. Así, los problemas emocionales, aunque aparentan ser puramente individuales, poseen un origen económico y cultural que trasciende a la o a las personas involucradas; en el fondo hay contradicciones sociales amplias que hallan su punto de ebullición en un espacio íntimo.
En las circunstancias capitalistas, quitarse la vida es una opción lógica que sobreviene después de fuertes periodos críticos en la estabilidad emocional. El suicidio, aunque trágico, es un acto comprensible una vez que se le despoja de las mistificaciones morales y religiosas. Así se ve por ejemplo en la comprensión de la vida que tomaron las hijas de Karl Marx, Eleanor y Laura, ambas suicidas, despojadas por anticipado de la estigmatización del suicidio, pues su padre analizó la cuestión desde una perspectiva objetiva,[1] considerando el contexto histórico y el tipo de relaciones sociales existentes en el capitalismo, si bien es cierto que se trata de una respuesta individual que tiene sus raíces en una estructura colectiva y que, por tanto, la salida que ofrecería Marx es la superación del sistema capitalista: una lucha colectiva que revolucione radicalmente la estructura del mismo.
El análisis de Marx sobre el suicidio eliminó el estigma del suicidio como una transgresión moral o divina, en donde el suicida comete un acto que atenta contra el mandato de Dios o bien contra su deber como elemento activo de la sociedad. Desde una perspectiva materialista-histórica, el suicidio es comprendido dada la crisis personal inscrita en un sistema social opresivo. No haré apología del suicidio, este escrito sólo trata de exponer el interesante y valioso análisis que ofrece una visión marxista para dicho problema, tan delicado y profundo. Ya Albert Camus afirmaba que el verdadero problema de la filosofía es ése: cómo explicar la decisión que toma alguien para seguir vivo o no, pues en el fondo lo que pone en cuestión es cuál es el sentido de la vida (una pregunta importante que ha sido tratada durante siglos).
El cuestionamiento filosófico de Albert Camus,[2] llevado al territorio concreto donde se decide realmente seguir viviendo o no, atañe a las condiciones económicas, a la materialidad de cuerpos desgastados y mentes exhaustas. Tanto en las zonas rurales como urbanas se ha vuelto imperativo luchar por la vida. Las relaciones sociales han sido transgredidas, pues los individuos se han visto obligados a entrar en el ritmo de competitividad que dicta el sistema económico. Tal lucha se libra en condiciones paupérrimas: hogares hacinados, extrema precarización laboral y largos trayectos hacia el trabajo en un transporte público bajo el riesgo de enfrentar directamente la violencia. Estas condiciones de vida no son simplemente un contexto o telón de fondo, sino la causa de una atomización cotidiana que se da en el capitalismo, es un suelo fértil para la frustración y la violencia que se filtra y se magnifica dentro del hogar. Por ello es posible afirmar que la explotación no se instala en la fábrica nada más; se extiende insidiosamente en el hogar. Aquí cabría una acotación al respecto sobre el caso particular de las mujeres, quienes en innumerables casos sufren violencia doméstica, lo cual está ligado directamente a escenarios de depresión, ansiedad y suicidio, ésta es una de las formas en las que el malestar social se metaboliza en tragedia personal. La competitividad y la lucha por la vida: conseguir empleo, servicios médicos, vestimenta, etc., tienen imbricadas serias cuestiones emocionales. La razón económica de las mismas es diversa, pasa por las injusticias sociales pero también por la enajenación del trabajo. En este escenario, el ser humano deviene un extraño para sí mismo, se enajena de su producción para el gran capital, se enajena de sí mismo y se enajena de su familia, de sus compañeros del trabajo. “A mayor valoración del mundo de las mercancías es menor la valoración del mundo humano.”[3] Es una lógica deshumanizante donde incluso la burguesía queda atrapada, lo cual complementa el círculo de la alienación que no conoce las fronteras de las clases sociales.
La alienación y la explotación capitalistas, con su farsa de asignar la responsabilidad de la lucha por la vida únicamente a cada individuo, convierte las necesidades básicas en inestabilidad emocional. No se trata solamente de injusticias en los ámbitos económico y moral, sino que desde luego afecta el bienestar mental. Por eso es importante luchar en contra de la enajenación: analizar que, en última instancia, no se trata de adaptarse a los malestares de esta forma de vida, sino en crear espacios donde los problemas psicológicos puedan ser atendidos.
En este punto, la psicología tiene un lugar fundamental. Si el conflicto es inherente a lo humano, como lo han señalado Hegel[4] y Heráclito,[5] la solución no está en negar tales conflictos. sino en crear espacios para expresarlos y darles el tratamiento adecuado. Ésta es una apuesta en contra de tiránicas consignas como “¡Échale ganas!” o ”¡sé optimista!”, que no son más que parte de la lógica mercantil capitalista disfrazada de superación personal. Necesitamos una sociedad que permita tratar los conflictos psíquicos, no para alcanzar una felicidad artificial ni para pretender eludir problemas económicos urgentes, como la cobertura de servicios básicos, sino para superar dichos malestares sin estigmatización. Además, como se ha dicho, los malestares psicológicos van más allá del ámbito económico, y por otro lado, supongamos que se ha construido un sistema que establece beneficios para toda la sociedad, ¿eso garantiza que desaparecerá todo sufrimiento? Desde luego que no. La revolución no elimina las angustias, envidias o contradicciones psicológicas. Como señala Freud, el malestar es inherente a la civilización. Pero la revolución sí que puede ofrecer un contexto donde los malestares psicológicos no sean agravados por las injusticias estructurales, un mundo en el que, con los satisfactores humanos asegurados, las tensiones y los sufrimientos emocionales no sean un infierno, sino un conflicto tratable.
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Escrito por Betzy Bravo García
Investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales. Ganadora del Segundo Certamen Internacional de Ensayo Filosófico. Investiga la ontología marxista, la política educativa actual y el marxismo en el México contemporáneo.