Fue la única mujer que formó parte del grupo de poetas surrealistas argentinos, en una sociedad en que las mujeres no votaban ni podían ser votadas.
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Nació en Londres, Gran Bretaña, el 30 de agosto de 1797. Fue una escritora, dramaturga, ensayista y biógrafa, conocida por ser la autora de la novela gótica Frankenstein o El moderno Prometeo (1818), considerada por varios críticos la primera novela de ciencia ficción moderna. También editó y promocionó las obras de su esposo, el poeta, filósofo romántico Percy Shelley, uno de los seguidores políticos de su padre, con quien comenzó, en 1814, una relación sentimental a pesar de que ya estaba casado.
Los dos vivieron en Francia y viajaron por Europa; a su regreso a Inglaterra se enfrentaron al ostracismo social, a las deudas constantes y al fallecimiento de su primera hija, nacida prematuramente. Se casaron a finales de 1816, tras el suicidio de la primera esposa de Percy Shelley, Harriet.
Ese mismo año, la pareja pasó un verano con George Gordon Byron, John William Polidori y Claire Clairmont cerca de Ginebra, Suiza, donde ella concibió la idea para su novela Frankenstein. Los Shelley se mudaron a Italia en 1818, donde su segundo y su tercer hijo murieron antes de que diese a luz a su último hijo, el único que sobrevivió, Percy Florence. En 1822, su esposo se ahogó al hundirse su velero durante una tormenta en la Bahía de La Spezia.
Un año después, Mary Shelley regresó a Inglaterra y desde entonces se dedicó a la educación de su hijo y a su carrera como escritora profesional. La última década de su vida estuvo plagada de enfermedades, probablemente vinculadas al tumor cerebral que acabaría con ella a los 53 años. Hasta la década de 1970 fue reconocida por su novela Frankenstein, también escribió las novelas Valperga (1823), Perkin Warbeck (1830), El último hombre (1826), Lodore (1835) y Falkner (1837). Los estudios de sus trabajos menos conocidos, como el libro de viajes Caminatas en Alemania e Italia (1844) y sus artículos biográficos incluidos en la obra de Dionysius Lardner Cabinet Cyclopaedia (1829-1846) apoyan el punto de vista de que fue una política radical a lo largo de su vida; sus obras a menudo argumentan que la cooperación y la compasión, particularmente las practicadas por las mujeres en sus familias, son las formas de reformar a la sociedad civil. Esta visión constituyó un desafío directo al romanticismo individual de su esposo y a las teorías políticas educativas articuladas por su padre.
Traducción de Victoria León.
UN CANTO FÚNEBRE
Esta mañana, amor, tu galante navío
se lanzaba a la mar bajo un cielo radiante.
Pocas horas después, una negra tormenta
lo ha hecho naufragar.
¡Dolor! ¡Dolor! ¡Dolor!
En las profundidades,
acunan los espíritus
tu sueño ahora eterno.
Sobre la arena yaces, amor mío,
mientras baten las olas,
y las ninfas del mar
entonan un eterno canto fúnebre.
¡Venid! ¡Venid! ¡Venid!
¡Oh, espíritus marinos!
Junto a su lecho de algas,
velo su cuerpo a solas.
A lo lejos, amor,
y mar adentro, en las profundidades,
un lamento salvaje el eco arranca
en las grutas marinas.
¡Oíd! ¡Oíd! ¡Oíd!
Son ellos, los espíritus del mar,
que hacen oír su pena sin consuelo
y acompañan mi llanto interminable.
CUANDO YO ME HAYA IDO,
ESTA ARPA QUE SUENA
Cuando yo me haya ido, esta arpa que suena
con las notas profundas de las viejas pasiones,
enmudecida y rota, colgando de una lápida,
quedará en mi sepulcro. Cuando al llegar la noche,
la brisa se haga dueña de su armazón en ruinas,
buscará en él la música de los tiempos pasados
y querrá que de nuevo su canción acompañe.
Pero en vano la brisa rozará con su soplo
las cuerdas oxidadas. Muda, igual que la forma
que yace bajo tierra, dormirá eternamente.
¡Oh, Memoria, bendito por siempre tu consuelo!
Viértelo junto a mí como si fuera el bálsamo
que conservan las rosas aun después de marchitas.
OLVIDARÉ TUS OJOS CARGADOS DE TERNURA
Olvidaré tus ojos cargados de ternura;
tu voz que me llenaba de dulces emociones;
tus promesas perdidas en este laberinto;
la presión turbadora de tu mano, tan suave,
y hasta lo más querido: el intercambio diario
de nuestros pensamientos, que tanto nos unía,
pues los dos corazones fundía en una mente
sin miedo ni esperanza más que en nosotros mismos.
Olvidaré las flores con las que me adornaba.
¿No son ya flores muertas las que ayer te ofrecí?
Olvidaré la cuenta de las horas del día.
Aunque sea de noche, tú no regresarás.
Pero, si he de olvidarme incluso de tu amor,
quiero cerrar los ojos, anegados de lágrimas
desde el amanecer, y buscar el reposo
para mi pensamiento que la tumba le brinda.
Quién fuera como aquella que, transformada en árbol,
ya no puede llorar ni seguir lamentándose,
o aquella solitaria que, temblando de frío,
siente que arde su pecho al volverse de piedra.
Quién pudiese beber el agua del Leteo,
que aniquila igualmente la tristeza y la dicha.
Aunque puede que ni ella, al cabo, me sirviese.
Esperanza, amor, tú, ¿cómo voy a olvidaros?
TRISTEMENTE ARRASTRADOS POR LAS OLAS
Tristemente arrastrados por las olas,
escucha los susurros de esas voces
que salen de las tumbas y me dicen:
“Mucho tiempo llevamos esperándote.
Corre ya sin demora a nuestra casa”.
Y la voz del que es dueño de mi vida,
la voz que en cuanto oí empecé a adorar,
sin cesar me repite: “¡Ven conmigo!
Ya no puedes quedarte, oh, dulce novia mía,
sin tenerme a tu lado en nuestra casa.
Sombrío fue este mundo para ti
hasta que me escuchaste, como en éxtasis,
llamarte. ¡Ven conmigo! ¡Ven conmigo!
Alegremente, entonces, huimos juntos
y cruzamos el mar buscando nuestra casa.
Constancia y amor fueron, de ese modo,
nuestra única fiesta de boda y bienvenida.
¡Qué pronto se marcharon esos tiempos
y llegó el día del forzoso adiós!
El mar y la tormenta me trajeron
aquí, y tú tan lejos te quedaste…
Pero ven ya conmigo, pues la vida
es un sueño febril, querida Mary.
Cruza ya el turbio río que lleva hasta mi casa.
Ya nunca más las penas del amor
humano te pondrán de nuevo a prueba.
¿Por qué tardas? Ya nunca construirás
en el sereno bosque nuestra casa”.
VEN A VERME EN MIS SUEÑOS, AMOR MÍO
Ven a verme en mis sueños, amor mío.
No habría para mí mayor regalo.
Ven, mi amor, con la luz de las estrellas
y acaricia mis ojos con tus besos.
Así fue, según fábulas antiguas,
como Amor visitó a una joven griega
hasta que ella rompió el sagrado hechizo
y vio desvanecida su esperanza.
El dulce sueño velará mi vista;
la lámpara de Psique se hará sombra
cuando, entre las visiones de la noche,
vengas a renovar así tus votos.
Ven a verme en mis sueños, amor mío.
No habría para mí mayor regalo.
Ven, mi amor, con la luz de las estrellas
y acaricia mis ojos con tus besos.
Fue la única mujer que formó parte del grupo de poetas surrealistas argentinos, en una sociedad en que las mujeres no votaban ni podían ser votadas.
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Escrito por Redacción