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Poesía
Rudyard Kipling
Nació el 30 de diciembre de 1865 en Bombay, de la India Británica.


Nació el 30 de diciembre de 1865 en Bombay, de la India Británica. Perteneció a una familia de origen inglés y pasó en la India los primeros tiempos de su infancia. A los seis años fue enviado a Inglaterra, donde estudió en el United Services College de Westward Ho, en Devonshire, ambiente que luego describió en la novela Stalky C. A su regreso a la India (1882) fue subdirector del The Lahore Civil and Military Gazette y después de The Pioneer. A los 21 años publicó su primer libro, Departmental Ditties (1866), una colección de versos y canciones; un año después, escribió su primer volumen de narraciones, Cuentos simples de las colinas (1887).

Se caracterizó por un estilo directo, ágil y profundamente visual. Su prosa reutilizó un tono casi oral, heredado de la tradición del cuento contado en voz alta, lo que hizo que sus relatos sean fáciles de seguir, aunque estén llenos de capas simbólicas. Uno de sus rasgos más distintivos es la descripción de ambientes exóticos –especialmente de la India colonial– con un gran detalle sensorial; alternó momentos de aventura con reflexiones morales o sociales, presentadas de forma sutil o mediante parábolas. Como parte de su tradición oral, integró con naturalidad canciones, poemas o refranes dentro de sus obras, lo que contribuye a ese tono mítico-popular. Rechazó el Premio Nacional de Poesía Poeta Laureado, la Orden de Mérito del Reino Unido y el título de “sir” de Caballero de la Orden del Imperio Británico en tres ocasiones. Sin embargo, aceptó el Premio Nobel de Literatura en 1907; fue el primer escritor en lengua inglesa, así como el ganador más joven hasta la fecha, con 41 años.

Su reputación posterior cambió con el clima político y social de la época. A finales del Siglo XIX y principios del XX, sus poemas y relatos fueron extraordinariamente populares, pero tras la Primera Guerra Mundial su reputación como escritor serio se resintió al ser considerado por muchos como un imperialista patriotero. 

Traducción de Laura di Verso y Luis Cremades

 

El vampiro

Un idiota había que rezaba

(igual que tú y yo)

a un trapo y a un hueso y a un mechón de pelo

(le llamábamos la mujer despreocupada)

pero el idiota te llamaba su dama perfecta

(igual que tú y yo).

 

Oh, los años perdidos, las lágrimas perdidas

y el trabajo de nuestra cabeza y mano

pertenece a la mujer que no sabía

(ahora sabemos que no podía nunca saber)

y no comprendíamos.

 

Un idiota había que sus bienes gastaba

(igual que tú y yo)

honor, fe, una tentativa segura

(y no sólo era eso lo que la señora quería decir)

pero un idiota debe seguir su instinto natural

(igual que tú y yo).

 

Oh, el trabajo perdido, los tesoros perdidos

y las mejores cosas planeadas

pertenecen a la mujer que no sabía por qué

(ahora sabemos que no sabía nunca por qué)

y no comprendíamos.

 

El idiota reducido fue a su pellejo idiota

(igual que tú y yo)

lo que puede ella haber visto que le dejó de lado-

(pero no recuerda nadie cuando la dama lo intentó)

así algunos de ellos vivieron, la mayoría han muerto

(igual que tú y yo).

 

Y no es la vergüenza ni la culpa

que hiere como un tizón al rojo,

se llega a saber que ella nunca supo por qué

(viendo, al fin, que no pudo nunca saber por qué)

y nunca pudimos comprender.

 

Si

Si logras conservar intacta tu firmeza

cuando todos vacilan y tachan tu entereza;

si a pesar de esas dudas mantienes tus creencias

sin que te debiliten extrañas sugerencias;

si esperar puedes inmune a la fatiga

y fiel a la verdad, reacio a la mentira

el odio de los otros te deja indiferente

sin creerte por ello muy sabio o muy valiente.

Si sueñas, sin por ello rendirte ante el ensueño;

si piensas, mas de tus pensamientos sigues dueño;

si triunfos o desastres no menguan tus ardores,

y por igual los tratas como a dos impostores;

si soportas oír tu verdad deformada

para trampa de necios por malvados usada;

o mirar hecho trizas de tu vida el ideal

y con gastados útiles recomenzar igual.

Si el total de victorias conquistadas

arriesgar puedes en audaz jugada,

y aun perdiendo, sin quejas ni tristezas

con nuevos bríos reiniciar puedes tu empresa,

si entregado a la lucha con nervio y corazón

aun desfallecido persistes en la acción,

y extraes energías, cansado y vacilante

de heroica voluntad que te ordena ¡adelante!

Si hasta el pueblo te acercas sin perder tus virtudes,

o con reyes alternas sin cambiar de actitudes;

si no logran turbarte ni amigos ni enemigos

pero en justa medida contar pueden contigo;

si alcanzas a llenar el minuto sereno

con sesenta segundos de un esfuerzo supremo

lo que existe en el mundo en tus manos tendrás

y además, hijo mío, un hombre tú serás.

 

Epitafios de la guerra 1914-1918

1. Igualdad en el sacrificio

A. “Yo era un tengo”. B. “Yo era un ´no-tengo´”.

(Juntos) “¿qué habéis dado que no haya dado yo?”.

 

2. Un sirviente

Estábamos juntos desde que la Guerra comenzó.

El era mi sirviente –y el mejor de los dos–.

 

3. Un hijo

Mataron a mi hijo mientras de alguna broma se reía. Me hubiese gustado saber

qué era, pues tal vez pueda servirme el día en que las bromas falten.

 

4. Un hijo único

A nadie he matado salvo a mi madre. Ella

(bendiciendo su asesinato) murió de dolor por mí.

 

5. Exoficinista

¡No haya tristeza! El Ejército dio

libertad a un tímido esclavo:

en el que la Libertad encontró

fuerza en el cuerpo, el alma y la voluntad:

por esa fuerza llegó a probar

la Alegría, el Compañerismo y el Amor:

por ese Amor a la Muerte partió:

y en esa Muerte yace contento.

 

6. El milagro

Cuerpo y Espíritu rendí enteros

a los severos instructores y recibí un alma...

Si el hombre mortal puede cambiarme por completo

de todo lo que era, ¿qué no podrá el Creador hacer?

 

7. Hindú cipayo en Francia

Este hombre en su propia tierra rezaba

no sabemos a qué Poderes.

Nosotros le rezamos para pagarle

por su bravura en la nuestra.

 

8. El cobarde

No podía mirar a la Muerte, cuando fue sabido,

a ella los hombres me condujeron

solo y con los ojos vendados.

 

9. Conmoción

Mi nombre, mis palabras, de mí me había olvidado.

Vinieron mi esposa e hijos –no los conocía–.

Morí. Mi Madre después. A su llamada

y entre sus pechos lo recordé todo.

 

10. Una tumba cerca de El Cairo

Dioses del Nilo, debería este joven fuerte

irse –¡Irse!– No conoce el miedo o la vergüenza.


Escrito por Redacción


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