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Tribuna Poética
Un poeta fusilado en la Cuba colonial
Nacido el 18 de marzo de 1809, fruto de la unión libre de una bailarina española y un barbero afrocubano, Plácido fue entregado a la “Casa Cuna del Patriarca San José”.


Corre el año 1943 y la oligarquía negrera, junto a las autoridades coloniales españolas, inquietas por la creciente rebeldía de los esclavos, desata una cruel campaña represiva cuyos destinatarios son esclavos negros, mulatos libres y blancos abolicionistas; Conspiración de la Escalera, llamaron a esta masacre por las escaleras donde ataban a los esclavos negros para azotarlos hasta morir, obligándolos a confesar un alzamiento cuya existencia nunca pudo probarse. Gabriel de la Concepción Valdés, que en las lides poéticas adoptara el seudónimo de Plácido, fue una de las víctimas de esta campaña, acusado de ser uno de los principales cabecillas de la “rebelión”; numerosas fuentes coinciden en que se trató de una acusación totalmente infundada, pero que sirvió a los fines de los amos y sus representantes: sembrar el terror entre los rebeldes para disuadirlos de cualquier alzamiento. El 28 de junio de 1944 finaba la breve trayectoria de este poeta popular, fusilado a los 35 años por órdenes de Leopoldo O´Donell, el nuevo Capitán General de La Isla.

Nacido el 18 de marzo de 1809, fruto de la unión libre de una bailarina española y un barbero afrocubano, Plácido fue entregado a la “Casa Cuna del Patriarca San José”. Luego tuvo una breve estadía en la casa paterna, que terminó cuando su progenitor perdió todo en el juego; su condición de hijo ilegítimo y mestizo impactó en su vida, dificultando su formación escolar y obligándolo a desempeñar varios oficios, entre los que destacan el de carpintero, retratista, tipógrafo y peinetero, en la pujante industria de los accesorios de carey. Para sobrevivir, a menudo escribía composiciones de ocasión en los diarios La Aurora de Matanzas, El pasatiempo y el Eco de Villaclara a cambio de un mezquino estipendio.

Autodidacta y hábil versificador, hoy se le reconoce como uno de los más importantes poetas del Romanticismo en Cuba y figura entre los iniciadores del Criollismo y el Siboneyismo.

Varias de las características del primer Romanticismo pueden identificarse en Jicoténcal, una de sus más logradas composiciones: el metro octosílabo, que rinde homenaje al Romancero; el retorno a un deslumbrante y heroico pasado; el exotismo (el Cacique Tlaxcalteca Xicoténcatl es un elemento externo a la cultura de Plácido); y una ilustrada reflexión sobre justicia, libertad, rebeldía, heroicidad, valentía en el combate, el indulto a los guerreros vencidos y la visión decimonónica de las civilizaciones prehispánicas y sus contradicciones.

Dispersas van por los campos

las tropas de Moctezuma,

de sus dioses lamentando

el poco favor y ayuda,

mientras, ceñida la frente

de azules y blancas plumas,

sobre un palanquín de oro

que finas perlas dibujan,

tan brillantes que la vista

heridas del sol, deslumbran

entra glorioso en Tlascala

el joven que de ellas triunfa.

Himnos le dan de Victoria

y de aromas le perfuman,

guerreros que le rodean

y el pueblo que le circunda,

a que contestan alegres

trescientas vírgenes puras:

Baldón y afrenta al vencido,

loor y gloria al que triunfa.

Hasta la espaciosa plaza

Llega donde le saludan

los ancianos senadores

y gracias mil le tributan.

Mas, ¿por qué veloz el héroe,

atropellando la turba

del palanquín salta y vuela

cual rayo que el éter surca?

Es que ya del caracol

que por los valles retumba

a los prisioneros muerte

el eco sonante anuncia.

Suspende a lo lejos hórrida

la hoguera su llama fúlgida

de humanas víctimas ávida

que bajan sus frentes mustias.

Llega. Los suyos al verle

cambian en placer la furia

y de las inhiestas picas

vuelven al suelo las puntas.

¡Perdón!, exclama y arroja

su collar. Los brazos cruzan

aquellos míseros seres

que vida por Sél disfrutan.

Tornad a Méjico, esclavos

nadie vuestra marcha turba.

Y decid a vuestro amo,

vencido ya veces muchas,

que el joven Jicoténcal

crueldades como él no usa

ni con sangre de cautivos

asesino el suelo inunda.

Que el cacique de Tlascala

ni batir ni quemar gusta

tropas dispersas inermes

sino con armas y juntas.

Que arme flecheros más bravos

y me encontrará en la lucha

con sólo una pica mía

por cada trescientas suyas.

Que tema el funesto día

que mi enojo a punto suba,

entonces ni sobre el trono

su vida estará segura;

y que si los puentes corta

porque no vaya en su busca,

con cráneos de sus guerreros

calzada haré en la laguna,

dijo y marchose al banquete

do está la nobleza junta

y el néctar de las palmeras

entre vítores se apura.

Siempre vencedor después

vivió lleno de fortuna.

Mas como sobre la tierra

no hay dicha completa nunca,

vinieron atrás los tiempos

que eclipsaron su ventura.

Y fue tan triste su muerte

que aún hoy se ignora la tumba

de aquel ante cuya clava

farreada de áureas puntas

huyeron despavoridas

las tropas de Moctezuma. 

 


Escrito por Tania Zapata Ortega

Correctora de estilo y editora.


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