La prosa de Álvaro Mutis tiene tanto de poética como su poesía roza la narración.
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Nació en Boston, Estados Unidos, e l 27 de octubre de 1932. Considerada una de las cultivadoras del género de la poesía confesional, sus obras más conocidas son sus poemarios El coloso, Ariel y su novela semiautobiográfica La campana de cristal, publicada bajo el seudónimo de Victoria Lucas cuatro meses antes de su suicidio. En 1982 ganó un Premio Pulitzer de poesía póstumo por sus Poemas completos.
Sus primeros poemas fueron recopilados en su primer libro, El coloso; aunque bien recibido por la crítica, ha sido descrito como convencional y carente del drama de sus obras posteriores. En Tres mujeres, poema narrado para la BBC en 1962, dio una nueva visión a su poesía; a partir de ese momento concibe los poemas para ser leídos en voz alta, se plantea como un poema feminista y antibelicista que narra la maternidad desde el punto de vista de tres mujeres. Los poemas en Ariel marcan el punto de una poesía más confesional, el impacto de la obra fue muy dramático por sus francas descripciones “del descenso hacia la locura”.
La publicación casi completa (excluyendo los ejemplares destruidos) de sus diarios de vida, tras la muerte de Hughes en 1998, ha servido para aclarar muchos puntos de especulación, y para dirigir el interés de los lectores hacia una comprensión más profunda del método y la sensibilidad en el genio creativo de Plath. Estuvo clínicamente deprimida durante la mayor parte de su vida adulta y fue tratada varias veces con terapia electroconvulsiva (TEC). Se suicidó el 11 de febrero de1963.
LADY LÁZARO
Lo he hecho otra vez.
Una vez cada diez años
lo consigo.
Una especie de milagro andante, mi piel
brilla como una pantalla de lámpara nazi,
mi pie derecho
un pisapapeles,
mi rostro, una fina y lisa
tela judía.
Arráncame la servilleta,
oh, mi enemigo.
¿Te doy miedo?
¿La nariz, las cuencas, la dentadura completa?
El aliento agrio
desaparecerá en un día.
Pronto, pronto la carne
que devoró la cueva tumba
se sentirá en casa sobre mí,
y yo, una mujer sonriente.
Tengo apenas treinta.
Y como el gato, tengo nueve vidas para morir.
Ésta es la Número Tres.
Qué desperdicio
aniquilarse cada década.
Qué millón de filamentos.
La multitud que cruje maní
se empuja para ver
cómo me desenvuelven pies y manos.
El gran striptease. Damas, caballeros:
Éstas son mis manos,
mis rodillas.
Puedo ser puro hueso y piel,
pero sigo siendo la misma mujer, idéntica.
La primera vez ocurrió a los diez.
Fue un accidente.
La segunda vez quise
resistir, no volver en absoluto.
Me cerré como
una concha de mar.
Tuvieron que llamarme y llamarme
y arrancarme los gusanos como perlas pegajosas.
Morir
es un arte, como todo.
Y yo lo hago de maravilla.
Lo hago para que se sienta como el infierno.
Lo hago para que se sienta real.
Podría decirse que tengo talento.
Es fácil hacerlo en una celda.
Es fácil hacerlo y quedarse quieta.
Lo difícil es
el regreso teatral,
a plena luz,
al mismo lugar, la misma cara, el mismo bruto
gritando divertido:
“¡Un milagro!”
Eso me tumba.
Hay un precio
por mirar mis cicatrices, hay un precio
por escuchar mi corazón,
de verdad late.
Y hay un precio, un precio muy alto,
por una palabra o un roce,
o una gota de sangre,
o un mechón de cabello, o un trozo de mi ropa.
Así que, Herr Doctor.
Así, Herr Enemigo.
Soy tu opus,
soy tu valiosa,
la niñita de oro puro
que se derrite en un grito.
Giro y ardo.
No creas que subestimo tu noble preocupación.
Ceniza, ceniza.
Hurgas y revuelves.
Carne, hueso, ya no queda nada.
Una pastilla de jabón,
un anillo de bodas,
una incrustación de oro.
Herr Dios, Herr Lucifer,
cuidado,
cuidado.
Desde la ceniza
me alzo con mi cabellera roja
y devoro hombres como el aire.
AL BORDE
La mujer se perfecciona.
Su cadáver
muestra la sonrisa del triunfo,
la ilusión de una Griega necesidad
flota en los pliegues de su toga,
sus desnudos
pies parecen decir:
hemos llegado muy lejos, se acabó.
Cada niño muerto se enrosca una blanca serpiente,
cada quien con su pequeño
tazón de leche, ahora ya vacío.
Ella se los envuelve
en su cuerpo como los pétalos
de una rosa cerrada cuando el jardín
sofoca y sangra olores
desde la suavidad, profundas gargantas de la flor de la noche.
La Luna sin entristecerse de nada
observa desde su capucha de hueso.
Ella la usa para estas cosas.
Su crujido negro y arrastrado.
La prosa de Álvaro Mutis tiene tanto de poética como su poesía roza la narración.
Su inspirada poesía aborda temas universales como el amor, el odio, el dolor, la muerte, la naturaleza y el sentimiento patriótico, dando importancia especial a las imágenes.
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Escrito por Redacción