Este extenso poema escrito en sánscrito y que consta de casi ocho mil versos repartidos en ocho libros o secciones es a la vez una epopeya y un documento de gran valor sobre el pasado.
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“Me piden con urgencia un poema para / Palestina / y no tengo el poema / (nunca le he escrito un poema a Palestina)”. Los versos del poeta cubano Jesús Sama Pacheco resuenan como un reconocimiento de urgencia, o quizá de una obligación moral, escribir sobre el genocidio en Gaza. A los poetas ya no se les exige, como antaño, que esculpan imágenes en favor de las realezas Bizantinas, aquellos artesanos de la palabra cuyo arpón estaba para legitimar gobiernos y participar en las luchas políticas a través de la propaganda cultural. La pregunta, hoy, es otra: ¿qué impele al poeta a escribir: la sombra del traje verde olivo tocando a su puerta o el peso de una conciencia que busca redimirse?
La historia humana es un palimpsesto de violencia, sometimiento, saqueo y genocidio. Y sobre esa carnicería, siempre se ha elevado un canto. Desde Homero –y antes de él– hasta la sentencia lapidaria de Theodor Adorno, la poesía ha sido el testigo incómodo. En 1951, Adorno declaró que escribir poesía después de Auschwitz “era un acto de barbarie”. Tenía, en el fondo, una razón profunda: la poesía no es consuelo, como bien apunta Raúl Zurita; su mera existencia es la prueba de una derrota inconmensurable. La auténtica tarea, se insinúa, no era escribir poemas, sino “haber hecho del mundo un lugar decente”.
Sin embargo, quince años después el mismo Adorno enmendó su pensamiento. Comprendió que el silencio era otra forma de complicidad con el verdugo. La poesía, para sobrevivir a sí misma, necesitaba romper el rodeo retórico frente a la crueldad y gritar desde dentro del abismo. Parafraseando a Huidobro, la nueva consigna sería: no hables del dolor, hazlo gritar en el poema. Adorno, en otras palabras, corrigió: “La perpetuación del sufrimiento tiene tanto derecho a expresarse como el torturado a gritar”.
Pero con escuchar ese grito no se refería a un estruendo cualquiera, al ruido de motos a punto de derraparse; se trataba de forjar un lenguaje, nutrido por la nueva y terrible realidad, que fuera un soporte de expresión diamantina, capaz de tallar la verdad sin ambages. Con precisión, el poeta cubano nos previene del peligro: “temo que losversos se malogren / con las mismas palabras del periodista, / del político, / de la gente sencilla”.
Y, aun así, después de Auschwitz, el mundo siguió su marcha violenta. Después del napalm en Vietnam, después de la masacre de Nankín, del bombardeo al Palacio de La Moneda, de la invasión a Irak, ahora Gaza, después de todo el escudriño, una veracidad: la barbarie no cesó, y la poesía tampoco. Paul Celán demostró a Adorno que “era posible respirar” –es decir, escribir– incluso estando muertos por dentro. Brecht, desde el exilio, apremiaba: en los tiempos oscuros, ¿acaso no se ha de cantar? Cantar no por alegría, que es nuestro deber, sino por la razón de que la poesía es el descomunal testimonio de la violencia, el sonido de la vida bramando contra su aniquilación. Volviendo a Zurita, sería expresar lo justo: “mientras haya un solo ser que sufra, la poesía seguirá siendo el arte del futuro”.
¿Qué le impide a Jesús Sama Pacheco escribir algún verso para Palestina? Tiene la palabra:
y no tengo el poema;
pero amo la paz,
aborrezco el odio,
sufro por el pueblo palestino;
y como gente sencilla,
soldado que estuvo en la guerra
y conoce del rencor y la metralla,
subo a las tribunas
y esgrimo mis sentimientos.
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Escrito por Gerardo Almaráz
Autor del libro Vestigios (Esténtor, 2022), actualmente es becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA, Oaxaca), 2025 en el área de poesía.